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Wallbox: de prometer 1.500 millones a negociar con sus acreedores
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Javier García

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Wallbox: de prometer 1.500 millones a negociar con sus acreedores

Si inviertes como si el mercado ya existiera, y el mercado llega más lento de lo que esperabas, puedes quedarte con las gallinas… y sin clientes

Foto: Sede de Wallbox en Barcelona. (EP)
Sede de Wallbox en Barcelona. (EP)
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Barcelona, 2015. En algún punto entre la ingeniería y la intuición, dos emprendedores empezaron a mirar un enchufe como algo más que un accesorio del coche. Lo vieron como una puerta al futuro.

Mientras gran parte de la industria aún dudaba de si el vehículo eléctrico llegaría de verdad, ellos imaginaron otra cosa: que el coche acabaría siendo una batería con ruedas, conectada al hogar, a la red eléctrica y a un nuevo sistema energético.

Así nació Wallbox, fundada por Enric Asunción y Eduard Castañeda. Su ambición no era vender cargadores. Querían situarse justo en el punto donde se cruzan movilidad eléctrica, energía doméstica y digitalización.

La intuición era potente. Y durante un tiempo el mercado pareció confirmarla. En pocos años, Wallbox levantó capital, atrajo a inversores tecnológicos, creció internacionalmente y terminó dando el salto a Wall Street en 2021, con una valoración de empresa de unos 1.500 millones de dólares. Durante un tiempo encarnó exactamente el tipo de historia que entusiasma a los mercados: tecnología, transición energética y crecimiento global.

La promesa era extraordinaria. En las proyecciones presentadas a los inversores, la compañía anticipaba que sus ingresos pasarían de 79 millones de dólares en 2021 a 1.173 millones en 2025, con un resultado operativo positivo de más de 120 millones.

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Wallbox no se presentó como una empresa que buscaba crecer poco a poco, sino como uno de los futuros ganadores globales de la nueva infraestructura energética del coche eléctrico. Era la narrativa perfecta para una salida a bolsa. Escala, márgenes, software, crecimiento internacional y una industria —la del vehículo eléctrico— que parecía destinada a expandirse durante décadas. Pero la historia tomó otro rumbo.

Apenas unos años después, Wallbox terminó 2025 con 145 millones de euros de ingresos, más de 500 millones de pérdidas acumuladas entre 2021 y 2025 y una situación financiera tan tensionada que la obligó a empezar a negociar con sus acreedores una reestructuración y un preconcurso. La empresa que un día se presentó como futura líder de una nueva industria hoy pelea, sencillamente, por mantener sus constantes vitales.

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La pregunta, entonces, es inevitable. ¿Cómo una compañía con tecnología real, producto real y un mercado que existe ha terminado atrapada en una encrucijada financiera?

Responderla exige desmontar Wallbox pieza por pieza. Entender qué vende, cómo gana dinero, qué parte del negocio realmente funciona, dónde se rompen las cuentas y por qué una empresa capaz de generar margen bruto termina quemando caja a una velocidad de vértigo.

Qué vende exactamente Wallbox

Empecemos por lo básico: Wallbox no es una empresa sin producto ni una historia puramente especulativa. Vende tecnología real, en un mercado real y a clientes reales. El negocio existe. La pregunta, por tanto, no es si hay mercado. La pregunta es otra: cómo es posible que una empresa que factura 145 millones de euros al año sea capaz de perder más de 100 millones.

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El corazón de Wallbox es el cargador doméstico, el equipo que se instala en el garaje de una vivienda, en el aparcamiento de una empresa o en una comunidad de vecinos.

Cuando alguien compra un vehículo eléctrico, tarde o temprano necesita uno de estos dispositivos. Cargar el coche en un enchufe convencional es posible, sí, pero lento e ineficiente. El cargador doméstico permite hacerlo de forma más rápida, más segura e inteligente.

Ese fue el primer mercado de Wallbox. Modelos como Pulsar, Commander o Copper nacieron con una idea muy clara: desarrollar cargadores compactos, conectados y capaces de interactuar con el hogar y con la red eléctrica. No se trataba solo de suministrar energía al coche. Se trataba de convertir el punto de carga en una plataforma energética doméstica. Y ese sigue siendo hoy el núcleo del negocio.

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En 2025, Wallbox vendió 144.000 equipos, en su mayoría cargadores domésticos, que aportan casi el 70 % de los ingresos, unos 700 euros por unidad. Ese sigue siendo el verdadero motor del negocio.

Pero Wallbox nunca quiso presentarse solo como un fabricante de cargadores residenciales. El segundo gran pilar de su relato era la recarga rápida. Es decir, los cargadores instalados en estaciones de servicio, autopistas o aparcamientos públicos. Aquí la lógica cambia. Estos equipos incorporan una electrónica de potencia mucho más compleja y permiten reducir la carga de varias horas a apenas 20 o 30 minutos.

En 2025, Wallbox vendió 536 cargadores rápidos, con un ingreso medio cercano a 27.000 euros por unidad. En teoría, este era el segmento que debía transformar el tamaño financiero de la compañía: menos cargadores, pero mayor ingreso por equipo y, potencialmente, márgenes más atractivos.

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Pero ese negocio apenas representa el 10 % de los ingresos. Y ahí aparece una de las tensiones centrales del modelo. Wallbox vende muchos cargadores domésticos y muy pocos cargadores rápidos. El negocio que prometía cambiar la escala económica de la compañía nunca llegó a tener el peso suficiente.

El tercer bloque es el que más atraía a los inversores: software y servicios digitales. Plataformas de gestión energética, monitorización remota de cargadores, control de flotas, mantenimiento o aplicaciones que permiten gestionar la recarga desde el móvil. Este tipo de negocio tiene una ventaja crucial: escala sin necesidad de fabricar hardware. Una vez desarrollado el software, cada nuevo cliente añade muy poco coste adicional.

Por eso los inversores suelen valorar tanto este tipo de ingresos. Un negocio digital permite que las ventas crezcan mucho más rápido que los costes, porque no necesita levantar nuevas fábricas ni acumular inventarios para atender a cada nuevo cliente.

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Ese era, en parte, el sueño de Wallbox: que el cargador fuese solo la puerta de entrada y que el verdadero valor del negocio se construyera sobre la capa digital que conecta y gestiona todos esos dispositivos. Pero la realidad de 2025 se impone: el software y los servicios apenas generaron 1 de cada 5 euros de sus ingresos.

Y aquí aparece una de las claves de Wallbox: aspirar a ser una plataforma energética global, pero quedarse en que su negocio dependa sobre todo de vender equipos físicos. Y fabricar equipos —con fábricas, logística, inventario, certificaciones y despliegue internacional— responde a una lógica financiera muy distinta a la de un negocio digital.

De hecho, la brecha entre lo que Wallbox proyectó y lo que terminó ocurriendo es enorme. Cuando salió a bolsa en 2021, aseguró a los inversores que en 2025 estaría vendiendo más de 800.000 cargadores y generando cerca de 1.200 millones de dólares de ingresos. Dentro de ese plan, además, esperaba que más de 200 millones procedieran del negocio digital —software y servicios—.

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¿Qué ocurrió finalmente en 2025? Que Wallbox vendió casi 7 veces menos cargadores de los que había prometido, generó 8 veces menos ingresos, y su supuesto motor digital —el negocio de software y servicios— terminó siendo casi 7 veces más pequeño de lo que había anticipado.

El producto existe. El mercado existe. Pero el negocio es muchísimo más pequeño de lo que Wallbox prometió construir. Y ahí empieza la autopsia de verdad.

La promesa del 2021: crecer, escalar y rentabilizar

En su salida a bolsa en 2021, Wallbox acudió a los mercados con un relato muy claro: pedir al mercado que financiara una promesa. Apenas un año antes, en 2020, la empresa generaba menos de 20 millones de euros de ingresos, perdía más de 11 millones y tenía muy poco dinero en la caja. Era, en esencia, una startup industrial que empezaba a abrirse camino en un mercado con gran potencial.

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Pero el relato que presentó a los inversores era mucho más ambicioso. No se trataba simplemente de vender cargadores. La promesa era más sofisticada: convertirse en uno de los grandes ganadores globales de la nueva infraestructura energética del vehículo eléctrico.

La historia era seductora. El coche eléctrico iba a transformar el transporte. Hogares, empresas y ciudades necesitarían millones de puntos de recarga. Y el cargador dejaría de ser un simple enchufe para convertirse en una pieza estratégica del sistema energético.

Sobre esa visión, Wallbox presentó un plan de crecimiento muy agresivo. Los 119.000 equipos que vendía en 2021 se iban a multiplicar por 7 en apenas 5 años. Los ingresos, aún más: de 79 millones de dólares a casi 1.200 millones en 2025, es decir, multiplicarse por 15, ¡atención! Y, según el guion, la rentabilidad también llegaría. El EBITDA seguiría siendo negativo al principio, sí, pero se volvería positivo en 2024 y superaría los 120 millones de dólares en 2025.

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El mensaje era muy claro: Wallbox ‘quemaría’ capital unos años, pero después entraría en una fase de crecimiento rentable.

Y para pagar la fiesta, perdón, para financiar esa expansión, Wallbox acudió varias veces a los inversores. Antes de salir a bolsa ya había conseguido unos 170 millones de dólares en capital riesgo. A esa cifra se sumó la operación de salida a bolsa en 2021, que aportó unos 330 millones de dólares adicionales.

Así, entre las rondas de financiación previas y la operación en Wall Street, Wallbox consiguió movilizar alrededor de 530 millones de dólares de capital de inversores. Con ese dinero prometió acelerar su expansión internacional, reforzar el desarrollo tecnológico y ampliar su capacidad industrial.

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Sobre el papel, la lógica parecía impecable. Si Wallbox alcanzaba la escala prometida, la valoración inicial de 1.500 millones de dólares podía parecer hasta razonable. Pero la realidad empezó a desmentir ese relato muy pronto. En lugar de entrar en rentabilidad, como indicaba, acumularon 500 millones de euros de pérdidas entre 2021 y 2025 y consumieron casi 700 millones de euros entre capital y deuda para construir una empresa que sigue generando pérdidas y negociando su supervivencia con los acreedores.

Lo llamativo no es solo que las previsiones fueran optimistas. Eso ocurre a menudo en los mercados. Lo verdaderamente interesante es que, durante años, los inversores siguieron creyendo. Creyeron que la escala llegaría. Creyeron que las pérdidas iniciales eran el precio inevitable del crecimiento. Creyeron que el mercado maduraría al ritmo necesario para justificar la estructura que la empresa estaba construyendo. Hasta que la realidad se hizo insostenible.

En el fondo, lo que se subestimó fue un riesgo empresarial del que se habla poco porque no es tan visible como el tecnológico o el de mercado: el riesgo de escala. Es el riesgo de construir una empresa demasiado grande antes de que el negocio lo sea.

La tecnología puede funcionar y el mercado puede existir, pero si las ventas no alcanzan el volumen necesario para soportar la estructura —fábricas, ingeniería, expansión internacional— el modelo empieza a devorar caja.

Es un problema silencioso, pero mortal. Cuando operas en contextos de alta incertidumbre —tecnológica, de mercado o de adopción— la lógica estratégica debe ser exactamente la contraria: tomar decisiones pequeñas, trocear las inversiones y minimizar los costes hundidos. Es decir, aquellas inversiones que no tienen marcha atrás.

La regla es simple: primero se prueba el mercado con la mínima infraestructura viable, se aprende y solo entonces se escala. A información nueva, decisiones nuevas.

Wallbox hizo lo contrario. Construyó fábricas, amplió equipos, activó desarrollo tecnológico y desplegó una estructura internacional anticipando un mercado que, según el plan de salida a bolsa, iba a multiplicarse en pocos años. Pero las desviaciones frente al plan fueron abismales desde 2022.

La pregunta estratégica es inevitable: ¿por qué, ante desviaciones tan evidentes, la empresa siguió aumentando su estructura? ¿por qué los accionistas lo permitieron?

Cuando una empresa continúa invirtiendo en una escala que el mercado aún no valida, los activos dejan de ser una ventaja y se convierten en una trampa. La empresa queda sobredimensionada para su propio negocio, la caja se agota y cada ampliación de capital compra tiempo. Pero el capital no crea mercado. Solo aplaza el momento de enfrentarse a la realidad.

Y para entender hasta qué punto esa escala prometida nunca llegó, conviene hacer la autopsia financiera de Wallbox.

La autopsia financiera

Para entender por qué Wallbox termina en preconcurso conviene hacer algo muy sencillo: seguir el dinero con calma. Como indicaba, en 2025 la compañía facturó 145,1 millones de euros. Fabricar sus cargadores —componentes, electrónica, ensamblaje y logística— le costó cerca de 90 millones. Eso deja un margen bruto de unos 55 millones de euros para pagar el resto de los costes.

¿Y qué tiene que pagar con esos 55 millones? Para empezar, el personal. Solo esa partida asciende a unos 71 millones de euros al año. A eso hay que sumar otros 54 millones en gastos operativos: servicios profesionales, marketing, logística, seguros, alquileres, plataformas digitales, viajes, reparaciones y provisiones. En total, la estructura operativa de la compañía ronda los 125 millones de euros. Es decir, con 55 millones de margen hay que pagar una organización que cuesta más del doble. Y todavía hay más...

Durante años Wallbox invirtió en fábricas, software, desarrollo tecnológico, maquinaria y expansión industrial. Eso se traduce en unos 34 millones de euros en amortizaciones.

A cierre de 2025, Wallbox arrastraba unos 165 millones de euros de deuda financiera. Solo en intereses paga cerca de 18 millones de euros al año, lo que equivale a un coste cercano al 11 % anual y refleja con claridad cómo los acreedores perciben su alto riesgo financiero.

Cuando se suman todas esas piezas —estructura, amortizaciones e intereses— la conclusión es difícil de evitar: en 2025 Wallbox generó 145 millones de ingresos, pero perdió cerca de 100 millones.

Y no fue un episodio aislado. Fue un patrón repetido. Entre 2021 y 2025, la compañía vendió alrededor de 500.000 cargadores y acumuló más de 500 millones de pérdidas. La cuenta es tan simple como reveladora: cada cargador vendido generó de media unos 1.000 euros de ingresos… y otros 1.000 euros de pérdidas. Cada equipo que salía de la fábrica aportaba facturación y margen, sí, pero la estructura de la empresa se encargaba de llevárselo —y algo más— por delante.

Con esa estructura, Wallbox necesitaría duplicar sus ventas sin gastar un euro más en su estructura, si quiere tener algo parecido a beneficios. Esto se parece a misión sino imposible, improbable en los próximos meses.

Dónde se fue el dinero

Aquí surge otra pregunta inevitable: ¿en qué se fue todo el capital? La respuesta está en el balance.

A cierre de 2024, Wallbox acumulaba 353 millones de euros en activos: 67 millones en fábricas y maquinaria, 76 millones en intangibles y desarrollo tecnológico, 70 millones en inventarios y más de 30 millones en clientes pendientes de cobro. Es decir, el dinero no desapareció. Se convirtió en activos reales. El problema es que esos activos se construyeron para atender una demanda muy superior a la que realmente llegó.

El preconcurso: ganar tiempo

Llegados a este punto, el preconcurso deja de parecer una sorpresa. Tras años de pérdidas, consumo de caja y acumulación de deuda, Wallbox comunicó al mercado que había iniciado negociaciones formales con sus acreedores para reestructurar su balance. El objetivo declarado era construir una estructura de capital sostenible y evitar que la tensión de liquidez se volviera insostenible.

Los bancos aceptaron inicialmente un acuerdo de espera (standstill agreement) para suspender temporalmente determinadas exigencias de pago mientras se negociaba una solución para el balance de la compañía.

En ese marco participaron varias entidades financieras relevantes que forman el núcleo del pool bancario de Wallbox, entre ellas Banco Santander, BBVA, CaixaBank, el Instituto de Crédito Oficial (ICO), el Institut Català de Finances (ICF), COFIDES, MoraBanc y EBN Banco.

El plan que Wallbox plantea para salir de la situación tiene tres pilares: reordenar la deuda existente, inyectar nueva liquidez y ganar tiempo.

Sobre la mesa aparece una reordenación completa del balance. El plan que negocia Wallbox con bancos y accionistas incluye un nuevo préstamo sindicado de unos 55 millones de euros, que vencería en 2030; una deuda adicional tipo "bullet" de 63,2 millones, que no se amortiza hasta su vencimiento final también en 2030; y una línea de circulante de unos 52 millones para financiar la operativa diaria de la empresa.

A este esquema se añade además una inyección de liquidez cercana a 22,5 millones de euros, de los cuales unos 10 millones procederían de capital nuevo y el resto de compromisos comerciales adicionales.

Cuánto dinero público hay en Wallbox

Para quienes quieran entender el alcance del apoyo público recibido por Wallbox, conviene empezar por los datos. La compañía ha accedido a un préstamo de unos 35 millones de euros de COFIDES, además de distintas líneas de financiación vinculadas al Instituto de Crédito Oficial (ICO) y al Institut Català de Finances (ICF), junto a varias ayudas públicas a la innovación a fondo perdido. En conjunto, el apoyo público identificable se sitúa en torno a los 60 millones de euros entre préstamos y programas de apoyo. Y ahora, en el plan presentado para salvar el preconcurso, buscan una inyección de liquidez de unos 22,5 millones de euros, de los cuales 10 millones quieren que procedan del Institut Català de Finances como entrada en el capital.

El debate de fondo no es si el dinero público debe incentivar la innovación. El verdadero debate es si debe utilizarse para rescatar problemas de gestión privada cuando la escala prometida no llega. Porque en ese momento la lógica cambia.

De incentivar la innovación se pasa a socializar las pérdidas de una estrategia empresarial fallida. Y ahí se entra en un terreno mucho más resbaladizo: el de convertir el capital público en una forma de sostener decisiones privadas que el mercado no ha validado.

Y más cuando Wallbox no tiene un plan de crecimiento. Tiene un plan para comprar tiempo: aplazar vencimientos y aliviar la presión de caja. Tiempo para reducir costes. Tiempo para estabilizar el negocio. Tiempo para que el mercado madure. Esto es respiración asistida...

El problema es que salir del preconcurso no resuelve el problema de fondo. Solo lo aplaza. Porque el verdadero desafío de Wallbox no es renegociar la deuda. Es demostrar que puede convertir su tecnología, sus activos y su presencia internacional en un negocio lo suficientemente grande como para sostener la empresa que ha construido.

La lección de mi abuelo

Estamos haciendo famoso a mi abuelo en El Confidencial, pero es que su sabiduría de pueblo era implacable. Mi abuelo compró, en los años 60, 300 gallinas convencido de que había encontrado un gran negocio. La ciudad crecía, la gente consumía más y los huevos se vendían bien. Hizo sus cuentas, compró las gallinas, compró el pienso y esperó meses a que empezaran a producir.

Cuando llevó el primer cesto al mercado descubrió algo que nadie le había explicado. La gente no quería huevos blancos. No era una cuestión de sabor ni de calidad. Simplemente el mercado prefería huevos marrones.

Mi abuelo ya tenía las gallinas, el pienso y la inversión hecha. Había cometido el error clásico de muchos negocios: invertir antes de entender el mercado. Wallbox hizo algo parecido.

Compró las gallinas. Construyó fábricas. Activó desarrollo tecnológico. Se expandió internacionalmente. Levantó una compañía pensada para vender 800.000 cargadores y facturar más de 1.000 millones.

El problema es que el mercado llegó mucho más lento de lo previsto. Y en los negocios, cuando inviertes como si el mercado ya existiera y ese mercado tarda en aparecer, el tiempo deja de ser un aliado y se convierte en un enemigo.

Por esa razón, el problema de Wallbox no puede entenderse solo mirando sus cuentas; hay que mirar también el tablero en el que juega. El mercado de la recarga eléctrica se ha llenado en pocos años de empresas, capital y expectativas, pero la demanda todavía crece mucho más despacio de lo que se anticipó.

Mientras Wallbox lucha con esa losa de pérdidas y deuda, sus competidores juegan otra liga. El gigante suizo ABB, por ejemplo, factura más de 33.000 millones de dólares al año y genera unos 4.700 millones de beneficio, de modo que su división de recarga —que ingresa alrededor de 460 millones de dólares, pero pierde unos 148 millones— es solo una apuesta estratégica dentro de un grupo industrial imponente.

ChargePoint, uno de los operadores de red de carga más conocidos del sector, generó unos 411 millones de dólares de ingresos en su último ejercicio, pero también registró pérdidas cercanas a 220 millones.

Incluso las empresas con más escala siguen ‘quemando’ caja para mantenerse vivos. Es un sector donde conviven startups con balances frágiles y gigantes industriales con décadas de ventaja y músculo financiero.

En un mercado así —todavía inmaduro, intensivo en capital y con más capacidad instalada que demanda real— levantar una empresa con deuda elevada y sin generación de caja se vuelve extremadamente difícil.

Es el clásico problema de las industrias que se adelantan al mercado: hay más gallinas y más huevos que comensales, y cuando eso ocurre el capital empieza a seleccionar quién puede resistir… y quién no.

La pregunta final es tan simple como incómoda: ¿puede una empresa como Wallbox sobrevivir esperando a que el mercado llegue algún día?

Tal vez sí, si los accionistas siguen financiándola y los acreedores aceptan seguir asumiendo el riesgo. Pero eso significa otra cosa: que alguien tendrá que soportar el peso de los más de 500 millones ya invertidos en una promesa que todavía no ha encontrado la escala necesaria para sostenerse.

Porque en los negocios hay una regla que casi nunca falla. Si inviertes como si el mercado ya existiera, y el mercado llega más lento de lo que esperabas, puedes quedarte con las gallinas… y sin clientes.

Barcelona, 2015. En algún punto entre la ingeniería y la intuición, dos emprendedores empezaron a mirar un enchufe como algo más que un accesorio del coche. Lo vieron como una puerta al futuro.

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