La teoría del tecnofeudalismo
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Kike Vázquez

Perlas de Kike

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La teoría del tecnofeudalismo

La desigualdad está creciendo. Tanto que, de quedar relegada a un segundo plano durante años, ha pasado a convertirse en una de las principales preocupaciones económicas

La desigualdad está creciendo. Tanto que, de quedar relegada a un segundo plano durante años, ha pasado a convertirse en una de las principales preocupaciones económicas y sociales de la actualidad. ¿Estamos predestinados a soportar una élite global que acapare la riqueza, dejando a los demás lo justo para vivir? Martin Wolf, uno de los comentaristas económicos más influyentes del mundo, se plantea dicha pregunta en su último artículo (Enslave the robots and free the poor” Financial Times 11-02-2014). La respuesta corta de su artículo es “no”, la respuesta larga es que el futuro dependerá de lo que hagamos, pues sí existe la posibilidad de que emerja un nuevo sistema: el tecnofeudalismo.

El concepto hace referencia a un feudalismo tecnológico, un sistema en el cual los dueños de la tecnología acaparan las rentas que corresponderían a una clase media y baja golpeada por la competencia de los robots. Esto es, los trabajos sustituibles por tecnología pasan a ser monopolizados por una generación de trabajadores de “cuellos de acero”, por lo que la clase media y baja se ve relegada a luchar por unas remuneraciones cada vez más reducidas en unos puestos laborales cada vez peores. De señor feudal, un grupo de privilegiados y numerosos vasallos, pasaríamos a una clase social formada por los poseedores de la tecnología, por los trabajadores privilegiados o no sustituibles y por último por una mayoritaria clase baja.

Puede parecer un escenario lejano o no realista, pero lo cierto es que cada vez más voces achacan a la tecnología la creciente desigualdad. Véase Ray Dalio, fundador y gestor del mayor hedge fund del mundo, quien en una reciente entrevista (“Charlie Rose Talks to Bridgewater's Ray Dalio” Businessweek 6-02-2014) afirma que la tecnología se encuentra, en su opinión, detrás de la creciente desigualdad en los ingresos, y que una mayor productividad lleva a menores necesidades de personal, lo que incrementa la competencia. No solo eso, cree que el fenómeno irá a más en el futuro alentado por la globalización y los emergentes.

Si bien, que exista casi unanimidad en señalar a la tecnología y a la globalización como protagonistas del cambio que vivimos, no quiere decir que todo el mundo lo considere algo negativo. Depende. Quizá la argumentación más contundente al respecto la firmaron Bill y Melinda Gates (Three Myths on the World's Poor” WSJ 17-01-2014) el pasado mes de enero, pues en su opinión hay varios motivos para pensar que el mundo está mejor hoy de lo que nunca estuvo. Por ejemplo según sus estimaciones en el año 2035 no quedarán países “pobres” en el mundo según los estándares actuales, exceptuando aquellos que puedan sufrir una guerra o que sigan la estela de Corea del Norte.

Claramente no es lo mismo hablar de pobreza que de desigualdad, pero la desigualdad puede llegar a ser algo aceptable, e incluso según algunas voces deseable, si con ello se acaba con la pobreza en el mundo. De hecho, como hemos visto anteriormente (“La desigualdad de los estúpidos” Las perlas de Kike 2-12-2013) hoy no vivimos en un mundo más desigual, sino en países más desiguales, puesto que las diferencias nacionales son mayores por el nacimiento de una “super” clase alta global, pero a nivel planetario somos más homogéneos y existe menos pobreza que nunca.

Ahora bien, ¿cuánto debemos aceptar que aumente la desigualdad a cambio de reducirse lapobreza? ¿Puede llegar a ser aceptable el tecnofeudalismo?Lo cierto es que la pobreza y la desigualdad son dos debates distintos, ya que puede darse un mundo en donde exista una disminución de la pobreza y a su vez una disminución de la desigualdad, ambos objetivos no son excluyentes y por tanto, salvo prueba en contrario, no debemos renunciar al uno por el otro. El verdadero debate por tanto es si existe un límite deseable a las diferencias entre nosotros.

La propia naturaleza determina que no todos somos iguales en lo que la riqueza se refiere, tenemos distintas capacidades, preferencias, oportunidades e incluso distinto azar. La desigualdad está garantizada. No obstante hay quien afirma que si esta desigualdad natural no es controlada, la parte favorecida comienza verse aun más favorecida por su propio poder, provocando una desigualdad extrema no meritocrática sino normativa (“Is Inequality Approaching a Tipping Point?” Bloomberg 4-2-2014).El problema en el mundo real es que es muy difícil determinar qué parte de la desigualdad es fruto del propio mérito y qué parte es fruto del poder, así que lo único que podemos es especular si los resultados pueden influiren la meritocracia.

Según un estudio que cita el artículo de Martin Wolf un 47% de los trabajos actuales de Estados Unidos están en peligro por la mejora de la tecnología, algo que no es negativo en sí mismo puesto que la evolución es así, pero que muestra que dada la escala masiva del fenómeno, si los beneficios no se distribuyen correctamente podríamos caer en un sistema similar al tecnofeudalismo. De hecho el economista inglés afirma que el escenario más probable es uno en el que se produce un “shock” en los salarios que llevaría a la mayor parte de las remuneraciones a un nivel inferior a lo socialmente aceptable. Vamos, que en el tecnofeudalismo incluso trabajando eres pobre, ¿a alguien le suena esto?

El Sr. Wolf habla de renta básica, de financiar la educación en cualquier momento de la vida, de aumentar el tiempo de ocio de la población, de redistribución… ¿Utopía en el Financial Times? No sé si es utópico, pero lo que sí parece es que el inmovilismo institucional puede dejar pronto de ser una opción, y es que el riesgo está ahí. No existen pruebas de nada y si presiones que favorecen el continuismo, ¿por qué actuar siendo lo fácil equivocarse? Pues porque así como es probable que hoy el mundo sea mejor de lo que nunca fue, también parece que el riesgo de que se produzca un punto de inflexión en nuestra calidad de vida es históricamente alto. El problema es, ¿quién le pone el cascabel al gato?

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