La deuda pública nunca se paga

Imaginemos que mañana pudiésemos ir a un banco, pedir un préstamo y no devolver el dinero. Que cuando llegase el vencimiento o la próxima cuota, simplemente,

Foto: El ministro de Economía, Luis de Guindos. (E. Villarino)
El ministro de Economía, Luis de Guindos. (E. Villarino)

Imaginemos que mañana pudiésemos ir a un banco, pedir un préstamo y no devolver el dinero. Que cuando llegase el vencimiento o la próxima cuota, simplemente, nos prorrogasen el plazo una y otra vez… como si fuésemos un promotor patrio. ¿Se imaginan que el ciudadano común pudiese tener tal privilegio? Lo siento, eso no va a pasar, al menos no a las personas de a pie. Sin embargo, las próximas elecciones en Grecia y el auge de Syriza han puesto sobre la mesa un debate muy similar para la deuda soberana.

¿Se imaginan que los Estados no hiciesen frente a sus compromisos? Bueno, en realidad está ocurriendo algo parecido, puesto que en la actualidad la deuda pública no se paga. ¿Cómo que no se paga? Antes de juzgar, déjenme que me explique, veamos los datos y luego dictemos sentencia porque creo que el debate al respecto es muy interesante.

Pongámonos en contexto. El próximo día 25 de enero hay elecciones anticipadas en Grecia, en las cuales se espera que Syriza sea la opción vencedora. Este partido suele identificarse principalmente con dos propuestas: la renegociación de la deuda pública helena y la ruptura con la ‘oligarquía’ y la corrupción creada por los partidos que anteriormente alcanzaron el poder (en un nivel probablemente no comparable a ningún país desarrollado). En el presente artículo me gustaría centrarme en el primer punto, en la sostenibilidad de las finanzas públicas y el repago de la deuda, y en concreto me gustaría traer a colación un artículo de notable éxito escrito por Bini Smaghi, exmiembro del BCE, esta misma semana (“Is Greece's debt really so unsustainable?12-01-2015, Financial Times).

Según el economista italiano, y en contra de lo que piensa Syriza y gran parte de la opinión pública, un nivel de deuda del 175% sobre el PIB no es necesariamente insostenible. ¿Puede hacer frente Grecia a una carga deudora semejante? Bini Smaghi lo tiene claro, ya que la sostenibilidad de la deuda no se mide por su volumen total, sino analizando si el país puede hacer frente a los pagos acordados o no. 

Grecia paga unos intereses por su deuda pública del 4% del PIB, menos que países como Italia, Portugal o Irlanda y en línea con sus comparables a nivel internacional; su volumen total en relación al PIB se ha estabilizado ya que su economía actualmente crece; han alcanzado superávit primario (ingresos menos gastos exceptuando gastos financieros), algo de lo que muy pocos países del mundo pueden presumir y que acelerará su reducción de deuda; y por último porque la deuda soberana nunca se paga. ¡Eh, un momento! Que la deuda griega, gracias a la reestructuración sufrida y a las medidas llevadas a cabo, es más sostenible que la de otros países vale, ¿pero que la deuda pública nunca se paga? ¿Se ha vuelto loco Bini Smaghi?

Pues no, en absoluto. Los números de la economía helena ya los vimos en su momento (“All in: el dinero vuelve a mirar a Grecia” 14-10-2013, "Las perlas de Kike"), llegando exactamente a la misma conclusión que Bini Smaghi: la deuda pública griega no es insostenible, o al menos no más que la de cualquier otro país comparable a nivel internacional. Vamos, que si hay otro rescate será un rescate político y no financiero, esto es, si se dan más facilidades para cumplir los compromisos será para facilitar el crecimiento, para dar más autonomía fiscal o por motivos similares, pero no porque los números, a día de hoy, no cuadren.

Más polémico aún es el argumento de que la deuda pública no se paga, y que para más inri lo diga un antiguo miembro del BCE, pero lo cierto es que es así. No se trata de que los Estados a lo largo del mundo no cumplan sus compromisos en tiempo y forma (default, reestructuración…), lo hacen, lo que ocurre es que la deuda pública nunca se paga realmente, nunca se reduce en términos absolutos puesto que siempre es renovada una y otra vez… como si fuese un promotor patrio. En el mundo actual las minoraciones en términos absolutos de los montantes de deuda, algo que podríamos considerar un pago real puesto que de esta manera no se produce una refinanciación con nuevas emisiones que compensen las anteriores, son totalmente marginales. Véase el caso de la deuda pública española en los últimos años.

En la gráfica de arriba, realizada con datos del Banco de España, podemos observar la deuda pública total y la deuda pública según el Protocolo de Déficit Excesivo. A pesar de que la deuda pública se reduce en términos relativos de forma sustancial en la década pasada, no ocurre lo mismo si miramos los valores absolutos, ya que en dichos términos la reducción del endeudamiento es prácticamente nula. La deuda pública nunca se paga, solo crece año tras año.

Habrá quien se escandalice por la gráfica anterior. Unos porque descubrirán que la deuda pública real total de nuestro país está más próxima al 150% del PIB que al 100% que computa según el Protocolo de Déficit Excesivo. Otros porque descubrirán que la deuda pública española se ha triplicado durante la crisis. Y finalmente habrá quien haya visto que, efectivamente, la deuda pública no se paga, solo se refinancia, y por ese motivo no se produce una reducción en términos absolutos ni aunque vivamos un ‘burbujón ladrillero’ que multiplique los ingresos fiscales.

¿Podemos calificar de irresponsables a nuestros gobernantes por ello? En realidad hay motivos de mucho peso para que esto sea así. Un motivo es que no es rentable, ni política ni económicamente. Cuando un Gobierno decide a qué destina sus fondos, lo normal es que lo haga al lugar donde obtenga más réditos electorales, sí, pero también a donde obtenga más retorno económico. Invertir en educación o infraestructuras, por poner dos ejemplos típicos, produce un retorno muy superior en la economía que repagar deuda debido a su efecto multiplicador. Además da más votos, ¿quién gana?

Otro motivo es que los Gobiernos, según la doctrina mayoritaria, deben intentar aplicar una política contracíclica. Esto es, en momentos de recesión abrir la mano para reactivar la economía, y en momentos de abundancia, como puede ser una burbuja, ahorrar. Por tanto, los momentos en los que es viable mantener un superávit primario sin mermar la economía productiva son puntuales.

Hay más, y es que los mercados necesitan activos de máxima calidad para su correcto funcionamiento. Imaginemos por un momento que países como Alemania o Estados Unidos decidiesen cancelar sus deudas, ¿a dónde iría el dinero invertido? ¿Qué ocurriría con los mercados que dependen de esa deuda pública? ¿Hasta dónde subiría el precio de los escasos activos de máxima calidad que siguiesen existiendo? Pensemos que ya hoy en día, con abundancia de activos soberanos, se producen rendimientos negativos; ¿qué ocurriría ante una verdadera escasez?

Por otra parte, si juzgamos a los gobiernos, ¿por qué no juzgar también a esas empresas que un día deciden que su nivel óptimo de apalancamiento es un determinado porcentaje? Obviamente no hay nada que juzgar, ya que al igual que una empresa puede contar con cierto nivel de deuda para maximizar el retorno de sus accionistas o participes, o bien para realizar proyectos que de otra forma no podría abarcar, con los Estados ocurre lo mismo. El nivel cero de endeudamiento no es óptimo, incluso los países con deuda pública neta cero no cuentan en realidad con un nivel cero, lo que ocurre es que cuentan con reservas superiores al importe deudor.

Que el Estado esté endeudado no quiere decir que esté hipotecando a nuestros hijos, todo lo contrario. Si esa deuda se usa productivamente se producirá un retorno a la inversión (de forma inmediata o no, como la educación) y por tanto nuestros hijos recibirán un mundo mejor al nuestro. El problema en realidad no es la deuda, el problema es el uso que le damos a la deuda. Bien usada su asunción genera no solo los recursos para su sostenibilidad futura, sino también riqueza; mal usada no genera retorno y por tanto el país se verá incapaz de hacerle frente. Ese es el problema de países como Grecia, que han usado sus fondos para favorecer la corruptela.

No obstante, si las deudas no se pagan, ¿qué más da poder hacerles frente o no? Que no se paguen no quiere decir que no tengamos que tener recursos para hacerles frente, o en otras palabras, para refinanciar constantemente el endeudamiento debemos tener la confianza de los acreedores, y para ello nuestras cuentas tienen que estar en orden. Vamos, que cuando Bini Smaghi dice lo que dice no se refiere a nada parecido a no pagar o renegociar términos, se refiere a hacer bien las cosas, tener la confianza de los inversores y por tanto ser libres para decidir si queremos usar más o menos endeudamiento, en función del retorno que estimemos y de los objetivos que queramos alcanzar, sin verse condicionados por los demás.

Y cierto es que la confianza no deja de ser algo subjetivo. En realidad si mañana se paralizasen los mercados y no pudiese realizarse ningún roll-over más, ningún gobierno del mundo con un endeudamiento positivo podría hacer frente a los compromisos salvo usando a los bancos centrales, pues todos dependen de las refinanciaciones. En ese sentido todos somos igual de insostenibles. Es más, Grecia cuenta con una gran ventaja ya que actualmente su vencimiento medio es mayor que el de cualquier otro país gracias a la reestructuración realizada, por tanto se ve menos expuesta a este riesgo. Pero en cualquier caso lo que está claro es que la confianza no se consigue con impagos o con decisiones unilaterales, sino con consenso y aplicando la lógica. Si un estado voluntariamente quiere dejar de pagar que no pague, pero que lo haga como hacen todos, con decisiones sensatas, renovando vencimientos y contando con la confianza de los acreedores, no mediante el default

Perlas de Kike
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