Valoraciones interesadas

El valor de casi todas las empresas puede doblarse o reducirse a la mitad respecto a una primera valoración en función de las estimaciones que se hagan de determinados parámetros

Foto: Foto: Corbis.
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Hay muchos motivos para valorar una empresa. Para comprarla (total o parcialmente), venderla, fusionarla, ampliar capital, pedir un préstamo, entregar opciones de compra o venta, repartir una herencia, intervenirla por un ente público, liquidarla, negociar con acreedores, etcétera.

El inconveniente es que cualquier valoración es siempre muy subjetiva. El valor de casi todas las empresas puede doblarse o reducirse a la mitad respecto a una primera valoración en función de las estimaciones que se hagan de determinados parámetros (ingresos, márgenes, costes, riesgos, tasas de crecimiento, etc).

Como las valoraciones siempre tienen un objetivo, cada parte involucrada en la transacción suele alterar esos parámetros para defender un mayor o menor valor de la compañía según le convenga. Se hacen todo tipo de iteraciones hasta que sale del modelo una valoración satisfactoria. No hay límites, el papel lo aguanta todo.

Cada parte involucrada en la transacción suele alterar esos parámetros para defender un mayor o menor valor de la compañía según le convenga

Por ello, si somos una de esas partes debemos tener en cuenta que los números del otro estarán sesgados en nuestra contra. El problema se agrava cuando la otra parte es el proveedor de información. En tal circunstancia debemos buscar otras fuentes y/o la forma de contrastar los números que nos entregan.

Todo esto es normal y lógico. Sin embargo, muchos inversores olvidan a menudo estas básicas precauciones. Habitualmente invierten en algo que cuesta 2 solamente porque el vendedor les argumente que realmente vale 4. No se dan cuenta del conflicto de interés. La ceguera que provoca la codicia es sorprendente.

Debemos buscar otras fuentes y/o la forma de contrastar los números que nos entregan

El vendedor puede ser la propia empresa que ofrece sus acciones, un banco que cobra una comisión por colocar los activos, un informe de la entidad que asesora a la compañía en la operación (no es imparcial) o una gestora que además de calcular el valor liquidativo de sus fondos publica otra valoración con lo que debería valer cada fondo “según sus números”.

Esas valoraciones no están supervisadas por ningún regulador, son subjetivas y tienen la finalidad de vender una oportunidad de inversión con ánimo de lucro. Por otro lado el destinatario tiene casi siempre menores conocimientos financieros e información de las empresas valoradas que el emisor de la valoración. En conclusión, se dan las condiciones para que proliferen abusos y engaños. Tengan cuidado.

Rumbo Inversor

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