Las tres formas (comprobadas) de ganar en bolsa

Aunque básicamente hay tres métodos bastante definidos y generalizados de invertir, lo que marca el éxito de las personas en bolsa es la disciplina

No, no se preocupen. Este no es el artículo de otro gurú dando consejos desde su particular atalaya. Ni pretendo sentar cátedra. Ni siquiera hablar de cómo trabajo yo. Les voy a contar lo que he visto hacer a los inversores bursátiles durante mis 25 años de carrera. Concretamente, sobre qué he visto que funciona. Y me tomo la libertad de hacerlo porque, después de un cuarto de siglo en esto, creo que he visto suficiente como para tener cierta perspectiva (por no hablar de todo lo que he leído de los maestros, de compañeros de profesión y, sí, de clientes, que los hay mejores inversores que muchos profesionales).

Irónicamente, aunque básicamente hay tres métodos bastante definidos y generalizados de invertir, mi experiencia lo que me muestra es que lo que ha marcado el éxito de las personas a las que he visto alcanzar buenos resultados en bolsa ha sido la disciplina. La disciplina para seguir de forma consistente y consecuente el método elegido. Y esto no significa que no se pueda cambiar de forma de trabajar. Se puede. Y a veces se debe (por edad, situación de los mercados, etc). Lo importante es que si uno es un inversor a largo plazo, lo sea de verdad. Y si lo es a corto, también. Y tener muy claro que una forma de trabajar no tiene nada que ver con la otra, y es bueno que se note la diferencia. Por ejemplo: el stop de pérdidas debe ser obligatorio en el inversor cortoplacista. En el largoplacista, debe ser una medida absolutamente excepcional.

Pero volvamos al meollo del asunto, que no es otro que las tres formas en las que he visto ganar dinero, y de verdad, en bolsa.

Método “comprar –en pánico– y mantener”

Yo a este le llamo “el método de mi abuelo”, porque es a quien primero vi hacerlo. Pero en el mercado el nombre elegante es Buy & Hold. A la definición clásica añado un matiz importante: comprar barato. “Comprar barato y mantener” sería mejor forma de llamarlo. Y como lo de barato es muy relativo diría: “Comprar cuando nadie quiere hacerlo y mantener lo comprado”.

¿Qué hacía mi abuelo? Compraba cuando todo estaba fatal –normalmente blue chips- y luego lo que había comprado no lo vendía nunca. Y nunca significa nunca. Mi madre heredó valores comprados hace treinta y cuarenta años. Lo único que vendía mi abuelo eran derechos de suscripción en las ampliaciones de capital, salvo que la ampliación fuera en pleno pánico bursátil, y entonces suscribía porque pensaba que estaba comprando barato. Por cierto, el pánico es también una buena señal de compra para quien sigue este método.

En resumen: mi abuelo compraba y luego obtenía la rentabilidad por dividendo y por venta de derechos. La plusvalía se la dejó a sus –agradecidos– herederos. Y a Hacienda (que obviamente no le agradeció nada), pues recuerdo que cuando falleció existía la llamada “plusvalía del muerto”. Menos mal que nuestros recaudadores –perdón, gobernantes, qué lapsus más tonto– no me leen (no soy de un comité de expertos), que no quiero darles ideas de gobierno.

El caso es que, imagínense el coste de adquisición de una acción de, por ejemplo, Banco X, en la que se habían vendido derechos en todas las ampliaciones de capital durante, digamos, treinta años. El coste del título era cero. ¡TODO era plusvalía! Con mis propios ojos lo he visto.

El truco de mi abuelo no era tal. Era sistema y disciplina. Todos sabemos cuándo están las cosas mal. Y olemos el pánico y la locura. Él, además, era un empresario importante y le gustaban mucho los mercados, pero no es necesario llegar a serlo. Hay un momento en el que todo está muy negro, como cuando nos gobernaba el equipazo de Zapatero –con él al frente, un lujo- y nos enfrentábamos a la mayor crisis económica de la historia reciente. Una coincidencia planetaria, como diría Leire Pajín: la mayor crisis de la historia económica reciente y los peores gobernantes de la historia reciente para gestionarla. Si eso no es malo…

Bueno, honestamente, no sé si ni siquiera mi abuelo se habría atrevido a comprar en un momento así, pero seguro que habría comprado Estados Unidos hace cuatro años, entre otras cosas porque era muy americanófilo. Por el contrario, su opinión sobre Zapatero, Solbes y Mafo me temo que sería muy parecida a la mía. Y yo no recomendé deuda española hasta el 5 de enero de 2013 (ver “Me apuesto una cena a que ...”), cuando ya habíamos pasado de la incompetencia a la mediocridad y gobernaba nuestro nuevo equipo de recaudadores –perdón, gobierno–, que si algo dejó claro es que los españoles iban a pagar el desaguisado. Principal e intereses. Bueno, no todos. El Estado y los políticos quedaban exentos. O quien tuviera métodos para reducir su carga impositiva. El resto –autónomos, los de la nómina, etc.– iban a hacer que bajara la prima de riesgo y los tipos de interés de la deuda. Los Montoro food, como les llamo, y que le hace mucha gracia a un compañero tuitero mío.

Pero volvamos a las inversiones tipo “Comprar –en pánico– y mantener”. Les cuento otro ejemplo, este ya personal: un padre me preguntó una vez en un consultorio en televisión qué debía hacer para crear una especie de dote, unos ahorros, para dárselos a su hija cuando se casara. La niña debería ser por entonces adolescente y corrían los años 90. Pregunté: “¿De verdad no lo va a tocar hasta que se case? ¿Me promete no mirar las páginas de bolsa?”. Se reafirmó. “¿Y me promete que mete los resguardos de las participaciones en un cajón, los encierra con llave, la tira y no lo abre –con un cerrajero, claro– hasta que se produzca el feliz acontecimiento del matrimonio o lo que sea?”. Que sí, que sí. Pues ahí va mi consejo: lo va a meter usted TODO en fondos de inversión que inviertan en bolsa China y mercados emergentes. Pueden imaginar el resultado a día de hoy, incluso ahora que los emergentes están de capa caída. O la chica no se ha casado o el señor que llamó es muy agradecido, porque tendría que haberme invitado, como mínimo, a una buena mariscada.

Lo importante es que tanto el caso de mi abuelo como el de este señor -si me hizo caso- fueron un éxito no sólo por la estrategia, que obviamente no es nueva, sino por la disciplina: tenían un método y se mantenían en él contra viento y marea. Y no miraban las cotizaciones todos los días ni abrían el cajón donde guardaban las participaciones.

Método del “Surfero”

Para este me he inventado un nombre porque es el método que más me gusta, el que más utilizo y el que mejor asumen los clientes, porque el de “Comprar –barato– y mantener”, que me encanta y utilizo personalmente, requiere un nivel de disciplina –o pasotismo positivo– para el que mucha gente no está preparada. O simplemente no tiene tiempo para esperar veinte o treinta años. Así que surfear es mi método de trabajo preferido y encima es admisible para el inversor que, aunque mira básicamente la rentabilidad a un año, suele ser capaz de mirar algo más allá si se le explican bien las cosas y las ventajas de invertir con un horizonte a un plazo un poco mayor que un año. No como para el Buy & Hold, pero sí suficiente para surfear.

Como Teruel, las tendencias existen. Las de corto, medio y largo plazo. A largo de verdad -más de 50 años, por ejemplo-, las bolsas sólo tienen una dirección: al alza. Salvo casos como el japonés, pero eso es un caso aislado de increíble incompetencia monetaria –tome nota señor Draghi– que no lo consideraremos en la muestra. Por eso funciona tan bien “Comprar y Mantener”. Pero luego están las tendencias de medio plazo, que no sólo existen, sino que con los conocimientos, la información y el instinto adecuados son identificables. Y están estudiadísimas. Habitualmente duran entre uno y seis años. Las bajistas duran menos, pero son más bestias. Las alcistas son más largas. Pero en todas, el truco está en identificarlas a tiempo, surfearlas y salir de la ola cuando ves las rocas de la playa.

Compruebe mi analogía: siéntese en una playa donde haya surferos. Primero esperan en la playa a que haya olas (tendencias) que merezcan la pena. Les he visto tirarse horas mirando al horizonte. Cuando empiezan a aparecer las olas, cogen la tabla y esperan dentro del agua a que se vayan definiendo. Los buenos no cogen las pequeñas. ¿Para qué hacer el esfuerzo de volver al interior después de coger una ola pequeña que no luce nada pero que te deja de nuevo en la orilla, en al punto de partida? No. Los buenos esperan pacientemente -eso es estar en liquidez o con una cartera de bajo riesgo- a que se forme una ola lo suficientemente grande. La cogen cuando ya es una ola -pierden el primer euro pero se aseguran de que es una tendencia de cierta continuidad- y luego la surfean todo lo que pueden y se bajan cuando ya no da para mucho más -dejan el último euro para otro-. Así, luego no tienen que volver desde la playa a por la próxima. También aplican stops de pérdidas: si ven que la ola que han cogido no mola, se bajan y a por otra. No se sienten frustrados, ni pierden seguridad. Es algo natural bajarse de una ola equivocada porque está en su método. ¿Para qué irse hasta la playa si puedes ahorrarte el paseo (minusvalías innecesarias)?

El inversor surfero, el que utiliza las tendencias de medio plazo (entre seis meses y tres años o incluso más) hace lo mismo: compra cuando el análisis técnico y el fundamental le confirman la existencia y magnitud de la ola (el fundamental nos dice qué comprar y el técnico cuándo), surfea la ola (the trend is your friend) y vuelve a una posición más conservadora cuando cambian las condiciones del mercado. Por ejemplo: cuando, en plena crisis financiera, Bernanke presentó sus planes de estímulo monetario y mostró su determinación, el mercado cambio de dirección y el inversor surfero se subió al S&P 500 (ver “Back to the USA”). Cuando los tipos llegaron a bajar a cero y luego Bernanke anunció el tapering –o el inversor se lo olió– era momento de bajar. Con buena plusvalía. Luego, como ocurre a veces con las olas, de forma casi inmediata se dio una señal de que venía otra ola, híper atractiva para quien utilice el análisis técnico, porque era la ruptura de los máximos históricos (ver “Parece un pato, se mueve como un pato, probablemente es un pato”), y el inversor surfero se volvió a subir… hasta hoy. En este periodo –cuatro años- el S&P 500 ha ganado un 177% (aproximadamente).

El surfero puede tirarse horas esperando en la playa. Y bastante tiempo adicional en el agua sentado en su tabla. No se tira a por la primera ola que aparece. Es paciente. Es, en resumen, disciplinado y consecuente. Su diversión es coger una buena ola y si no, mejor esperar y disfrutar de la puesta de sol. El inversor surfero sabe esperar y sólo entra en tendencias que se van definiendo claramente en cuanto a intensidad y posible duración. Además, en los mercados tienes la ventaja de que las tendencias aparecen constantemente, porque hay muchos activos disponibles. Y si además sabes aprovechar las tendencias bajistas –no es más difícil reconocerlas y surfearlas que las alcistas, aunque obviamente ninguna es fácil de identificar–, pues es como surfear en olas que llegan y en olas que se van. Se lo cuentas a un surfero y se hace inversor. ¡Olas en ambos sentidos! ¡Qué pasote!

Quien dude del parecido de los índices de mercado con las olas, que mire el gráfico de cualquier índice en un plazo de diez años. Puro oleaje. La economía y los mercados son cíclicos y, por lo tanto, arriba y abajo cual oleaje. Y hablamos de olas -tendencias– de, como mínimo, seis meses de duración. Y si no estás limitado en cuanto a tu acceso a activos, sectores o países, encuentras tendencias por todos lados (en acciones, bonos, zonas geográficas, oro, al alza, a la baja…) Y las tendencias alcistas o bajistas prolongadas pueden durar años, como una ola en Biarritz en un día bueno para surfear.

Método del “Trader

Si se sigue éste es donde hay que ser más disciplinado. Opera en plazos de horas, días o, como mucho, semanas. De hecho, los traders que conozco que mejor lo hacen suelen tomar una posición o varias al principio del día y las cierran cuando se van a casa al cierre del mercado (salvo los muy aficionados o los que necesitan dormir poco y de Europa pasan a Estados Unidos y de ahí a Asia).

Digo que tienen que ser muy disciplinados porque operan en un ambiente muy volátil y con tendencias menos definidas. El stop de pérdidas debe ser automático. La liquidez del activo, la máxima (para poder entrar y salir rápido) y, normalmente, deben resistir la tentación de dejar abiertas posiciones sin vigilancia durante mucho tiempo. Cuando tienen los conocimientos y la información adecuada, son disciplinados y siguen su método de forma consistente los he visto ganarse un buen sueldo mensual durante años. Ojo: no incluyo a los que se montan historias hipercomplejas de análisis técnico inventado por no se sabe bien quién, ni los que hacen operaciones con derivados de tal complejidad que no saben si van o vienen, es decir, si les viene bien que el mercado suba, baje o se quede quieto. No, no se rían, es muy habitual.

He visto ganar con los tres sistemas a todos los inversores que han sabido ser consecuentes y disciplinados con el método elegido. Y lo mismo a clientes que han alineado correctamente su perfil de inversor con el método de su asesor financiero porque el asesor les ha explicado todo lo anterior, ha valorado su perfil de riesgo y, finalmente, se ha metido –el asesor– en los zapatos del cliente para, con sus conocimientos, poner en práctica la estrategia. Así que, aunque yo al inversor medio le aconsejo los dos primeros métodos –y un buen asesoramiento, que si no es como operarse uno mismo de apendicitis-, puedo testificar que los tres funcionan si se es disciplinado y consistente. Eso es más importante incluso que el método elegido. Me han hecho falta 25 años para poder afirmar que no es el método, es la persona. Y sobre todo: usen análisis técnico o fundamental. Lo importante es que usen siempre el menos común de los sentidos, el sentido común. Y si se consideran buenos en esto, no lo olviden: hagan también caso a su instinto.

¡Buen fin de semana!

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