¿Se debe regular la inteligencia artificial?

No debemos ver la regulación como freno a la innovación, sino como un elemento fundamental para garantizar que estas tecnologías colaboran en la consecución del bien y no del mal

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*María Vidal es socia finReg y Diego Pérez es asociado senior de finReg

En agosto de 1982, se estrenaba una famosa película de ciencia ficción, Blade Runner. La acción se situaba en noviembre de 2019 y, en ella, se dibujaba una ciudad futurista dominada por la inteligencia artificial en la que los coches autónomos, los robots o los asistentes de voz eran habituales en la vida de las personas.

La capacidad de las máquinas para actuar simulando la inteligencia humana es una realidad en el año 2020. La materia prima base de esta tecnología es una combinación de los datos y la arquitectura informática basada en el aprendizaje, y son innegables las oportunidades que su aplicación aporta al desarrollo de un país como a la mejora de la eficiencia en los procesos empresariales. Por ello, el Consejo Europeo requirió de los países miembros «un mayor desarrollo y despliegue de las aplicaciones de inteligencia artificial en todos los sectores económicos, con el objetivo de que Europa se convierta en un líder mundial en el ámbito de la inteligencia artificial».

Pero también son evidentes los riesgos derivados del uso de la inteligencia artificial: la mayor sofisticación de los ciberataques, el auge de las fake news, la complejidad jurídica sobre la responsabilidad de actuaciones derivadas de robots, accidentes con vehículos autónomos, fallos en algoritmos o métricas que deriven imprecisiones sobre comportamientos o estadísticas o la violación de derechos fundamentales por infracción de los derechos de protección de datos. En cualquier caso, estos riesgos no pueden aminorar el paso en el desarrollo de la inteligencia artificial, que nos ayuda claramente a aumentar el bienestar de los seres humanos, como resulta en la mejora de la salud, la educación, la prevención del fraude o incluso del clima.

Así, será necesario que la llegada de este tipo de tecnología conlleve la plena confianza de las personas en su uso. Esta confianza pivotará sobre dos ejes fundamentales: i) el respeto a los derechos fundamentales y la ética que vendrá dirigida por una correcta regulación, y ii) la robustez tecnológica que minimice los fallos o quiebras en la seguridad de la información.

Los riesgos no pueden aminorar el paso en el desarrollo de la inteligencia artificial, que nos ayuda claramente a aumentar el bienestar de los seres humanos

En el contexto regulatorio, en febrero de 2017, el Parlamento Europeo adoptó una resolución en la que se incluían una serie de recomendaciones para el uso de estas tecnologías y se planteaba una propuesta de directiva que regulara las normas de derecho civil sobre los robots. Asimismo, la actual normativa de protección de datos y de ciberseguridad detalla las cuestiones que han de tener en cuenta los promotores de estas tecnologías. Entre otras, los proyectos basados en inteligencia artificial deberán contemplar lo siguiente:

  • Análisis de riesgos desde su diseño, que los evalúe desde las perspectivas jurídica, técnica y organizativa.
  • Involucración de expertos en privacidad, con perfiles jurídicos y técnicos, encargados de la definición de líneas de actuación y supervisión sobre cumplimiento.
  • Desarrollo del principio de minimización de los datos ― “menos es más en el mundo de los datos” ― a través de procedimientos de anonimización y seudoanonimización de ellos, respetando todas las directrices que van publicando las autoridades de protección de datos de España, Reino Unido, Noruega o Irlanda, así como la involucración de terceros de confianza que ayuden a validar que dichos procesos cumplen con las debidas garantías.
  • Transparencia en la información que se debe facilitar a los ciudadanos en cuanto al funcionamiento de los algoritmos y la lógica aplicados.
  • Garantía de trazabilidad en los procesos.
  • Diversidad en los equipos de pruebas y posteriores auditorías.

Estas particularidades dotarán a estos proyectos de una inteligencia artificial confiable. No debemos ver la regulación como freno a la innovación, sino como un elemento fundamental para garantizar que estas tecnologías colaboran en la consecución del bien y no del mal.

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