La verdadera razón del desplante de Mas

No se puede pasar de puntillas por el desplante el pasado jueves de Artur Mas a la crema del empresariado catalán en el acto organizado por

No se puede pasar de puntillas por el desplante el pasado jueves de Artur Mas a la crema del empresariado catalán en el acto organizado por su patronal, Fomento del Trabajo, para conceder sus Medallas de Honor. Porque, no nos equivoquemos, cuando uno rechaza a última hora y con excusas meramente protocolarias una invitación a cualquier sitio –sea una cena, un homenaje o un baile colectivo de sardana–, no ofende al resto de los convocados –como la vicepresidenta del Gobierno y presidenta en funciones, Soraya Sáenz de Santamaría–, sino al anfitrión, en este caso todos los que con sus cuotas sostienen la organización, estuvieran presentes, hubieran sido representados o se encontraran tan panchos bebiendo cava en el sillón de su casa. A ellos ataca con su actitud y no al Gobierno central.

En el ámbito del cada vez menos delirante proyecto independentista regional –que va ganando fuerza por la vía de los hechos en Catalunya y por la ausencia de los mismos en Madrid, Rajoy de mantequilla– se trata de un feo difícilmente justificable. Puede que el fragor de la batalla haya cegado al president a la hora de valorar las consecuencias de sus acciones, pero no es tan idiota como para obviar que el futuro de una Catalunya grande y libre pasa por un apoyo, no ya del dinero foráneo –miedoso por definición en entornos de incertidumbre, al menos en el corto plazo–, sino del local; de un núcleo duro de industriales y financieros afines que permitan la supervivencia del proyecto en el minuto cero y en su fase inicial. De ahí que resulte, cuando menos, sorprendente esa actitud pública de desprecio.

O no.

El tiempo ha demostrado al líder de Convergència que, en contra de lo que podía opinar al lanzarse a esta aventura, el liderazgo de la iniciativa separatista no le va a corresponder. Los votos se le escapan entre los dedos y van a parar a una Esquerra Republicana de Catalunya, que lo único que tiene que hacer es no salirse del carril, mantener una panoplia de mensajes simples y directos y esperar a recoger los frutos de quien se ha lanzado idiotamente a agitar el árbol, renunciando a sus señas democráticas de identidad. Ante la tozudez objetiva de los datos que manan de las encuestas, al político le quedaban, tras su última debacle electoral, dos opciones: o acometer una inteligente retirada que le permitiera reconciliarse con sus bases y abordar el problema dentro del marco constitucional actual a la espera de tiempos mejores (algo que parecía factible allá por el mes de junio: "Y el banquero dijo: 'Artur, ¿tú quieres que Catalunya sea Albania?”, 13-06-2013), o lanzarse a una peligrosa huida hacia delante, más propia de quien sabe que está todo perdido y decide que es mejor morir con las botas puestas.

Artur Mas ha elegido esta última opción y está dispuesto, aun siendo sucedáneo, a mejorar la receta original de ERC, esa que viene recogida en la declaración ideológica que está colgada en la página web de la formación liderada por Oriol Junqueras y que se entretiene a lo largo de 32 páginas en definir lo que entiende por cada una de las tres palabras que componen su denominación. Una relación de principios en vigor actualizada en 1993 y que en la parte que hace referencia a su conceptuación como Izquierda defiende, entre otros apartados como el referido a la ‘organización democrática del trabajo’, al Estado del bienestar como instrumento de redistribución de la riqueza con sus lógicas consecuencias en términos de nacionalización, fiscalización e imposición. Para todos aquellos que reciben la propuesta segregacionista de este partido con los brazos abiertos, debería tratarse de una lectura obligada, no vaya a ser que los dioses les castiguen finalmente con sus deseos.

Es evidente que el president, con algo más de mundo a las espaldas, está en las antípodas de ese planteamiento económico. Pero su apuesta es desesperada y ¿quién se atreve a afirmar que no hay que circunscribir a ese ámbito –al capital con el metal– su negativa a participar en el evento de hace cuatro días? De hecho, tal y como publica Marcos Lamelas hoy en El Confidencial, parece que el Gobierno de la Generalitat ha decidido renunciar a mayores ajustes para corregir los desmanes financieros propiciados durante el infausto Tripartito por los mismos que ahora defienden un estado propio, a cambio de ejercer una mayor presión impositiva sobre una sociedad cada vez más polarizada. El proyecto nacionalista así lo exige, no vaya a ser que la gente se deje llevar por el sentimiento pero termine votando con el bolsillo. En el horizonte, recaudar 2.000 millones de euros, 335.000 millones de esas pesetas que pueden volver a circular entre sus ‘fronteras’.

No es difícil adivinar, al calor del ideario antes citado, quiénes van a ser los damnificados de esa nueva ola tributaria. Quedan pocos con posibles y, en buena parte, coinciden con los que localmente generan riqueza. Lo mismo es que Mas no asistió al acto con los empresarios por vergüenza torera ante el palo que estaba planeando meter a los allí reunidos. Me extrañaría. Torera es un adjetivo non grato en Catalunya y su vergüenza hace tiempo que está en busca y captura después del agitado vaivén intelectual en estos doce meses con tan escaso rédito tanto personal como para la formación que lidera. Pero podría ser. Al fin y a la postre, avisado del jardín en que se metía estaba (“Artur, ¿tú quieres que esto sea como Albania?”). Aun así, ha entrado en él a pecho descubierto. De la mano de esos amigos y buscándose los enemigos entre quienes le deben sostener financieramente, tardará poco en ser cadáver político. Se admiten apuestas.

Buena semana a todos.

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