China quiere comprar el mundo pero... puede acabar como Japón

Los chinos, por regla general, carecen de estrategia, les cuesta tomar decisiones de negocio, entienden mal el gobierno corporativo y les preocupa la siguiente operación

Foto: Foto: Reuters.
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Los datos son reveladores.

A cierre de junio de este año, inversores chinos, bien directamente, bien a través de sus corporaciones, habían realizado compras de empresas en el extranjero por valor de 134.000 millones de dólares (120.000 millones de euros).

¿Mucho, poco?

Verán.

Al final del primer semestre de 2015, la cifra ascendía a 30.000 millones de dólares para un total de 100.000 en el conjunto del ejercicio. El importe, pues, se ha quintuplicado en 12 meses, influido, cierto es, por la adquisición de Syngenta por parte de ChemChina por un valor de 44.000 millones.

Pero aun así.

Sin esa operación, el importe se habría triplicado.

Y el flujo parece no tener fin.

La necesidad de cubrirse de una posible devaluación de la moneda local, la búsqueda de alternativas en el exterior ante una potencial desaceleración interna, el deseo de abandonar el estrato inferior del mercado y avanzar en la cadena de valor añadido, determinados cambios normativos que están ampliando el abanico de inversiones a las aseguradoras y el atractivo de los llamados ‘trophy assets’ para los nuevos gurús empresariales chinos invitan a pensar que la cosa está lejos de terminar.

Muy lejos, 'indeed'.

O sea que, ya saben: si tienen una compañía con cuota de mercado y/o tecnología diferencial, pónganle el lacito y esperen sentados a ver si suena la flauta. No hay discriminación por sectores aunque, eso sí, mejor el burro grande, ande o no ande: todo lo que se sitúa por debajo del ‘billion’ anglosajón (1.000 millones) como que les da pereza…

Bien.

Es evidente, como se ha comentado hasta la saciedad, que esto no deja de tener sus consecuencias sobre los estados de destino, positivas por la parte de llegada de flujos y más preocupantes por lo que a la (falta de) alineación con los intereses nacionales o extracción de 'know-how' (en beneficio propio) se refiere. Unos 'peros' que nos llevarían al interesante debate sobre los límites del libre mercado, discusión que hoy no toca.

Sin embargo, este ‘buying spree’, que dirían los ingleses, recuerda muy mucho a lo que pasó con los japoneses en la década de los ochenta.

Es veredad que, a diferencia de los chinos, se empeñaron en hacer las cosas tan a su manera que acabaron quebrando masivamente y vendiendo a precio de saldo lo que les había costado dinerales. No parecían fiarse de nada ni de nadie, trasladaron absurdamente equipos completos, se apalancaron hasta el límite de lo razonable y trataron de exportar un modelo de gestión imposible culturalmente en regiones distintas de la suya.

Nuestros protagonistas de hoy, por el contrario, parecen haber adoptado una posición más cauta, al menos en esta primera fase de expansión. Lo importante es el ‘buy and build’, compra y consolidación. Como señalamos antes, el tamaño importa tanto al Gobierno, que otorga las aprobaciones a los acuerdos en tiempo récord, como a las empresas. Sin embargo, a partir de ahí, prima el desconcierto. Si nos atenemos a lo que ha sucedido en la española NH Hotels, los nuevos propietarios de origen asiático carecen de estrategia, les cuesta tomar decisiones de negocio, entienden mal el gobierno corporativo y solo parece preocuparles la siguiente operación. Y esto, no les quepa la menor duda, es hambre segura para el mañana. Si al menos fuera a la parálisis por el análisis… Pero ni eso.

Es verdad que de un dato no se puede hacer tendencia, pero quien ha tenido más o menos relación empresarial con los chinos comparte este diagnóstico.

Todo negocio es rotación (venta) por margen (rentabilidad). Sin un foco claro en ambos parámetros, y no parece que sea, a día de hoy, el caso, el declive es inevitable. Es verdad, los chinos cuentan con un arsenal financiero del que los japoneses carecían en su día. Se llama 'papá Estado'. Pero aun así, sin una gestión adecuada, el riesgo de fiasco colectivo crece exponencialmente. Y sobre el deterioro corporativo por incapacidad o negligencia, poco puede hacer cualquier Administración, más que sumar cadáveres a su balance.

Y es que, ojito, ese sí que debería ser un factor crítico de enorme preocupación para las naciones que se están quedando sin sus 'joyas de la corona'. Pena de ese cortoplacismo estructural de las 'elites extractivas', ¿no creen?

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