La delgada línea entre el orden, el caos y los imbéciles

Seducidos por esa burbuja digital y falsa de seguidores invisibles, vomitan burradas por segundo, se echan unas risas por mensajes privados mientras ven nevar desde sus áticos

Foto: Foto: EFE
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Llegar al domingo de esta semana, con el pasado miércoles como si fuera el apocalipsis, e intentar estar a la altura de todo lo bueno que ya se ha escrito y separarse de todas las estupideces que he leído no es tarea fácil. Como todo el mundo, vi cómo las masas escalaban los muros del Capitolio como si fueran los zombis esos que tras morderlos dejan de ser humanos y se mueven rápido, con los ojos en blanco y los dientes como colmillos. Hubo momentos en los que no sabía si ponerme una olla de tila o hacerme un cubo de palomitas. Surrealista, impensable, imprevisible, lo nunca visto: carreras, periodistas con cámaras e imágenes rotas por los tropiezos o la velocidad. Gritos, entre la policía, entre los que protestaban, entre los vándalos, entre ellos y entre todos a la vez. Y me acordé en ese momento de un ejemplo que suele poner una de las abogadas más inteligentes que conozco. Una de esas mujeres únicas que no pierden los nervios y con sosiego didáctico te explica hasta los fenómenos paranormales como si fueran artículos del código penal. "Mira, esto que está pasando en Washington es como lo de las hormigas. Si recoges 100 negras y 100 rojas y las pones en un tarro de vidrio no pasará nada; pero si coges el tarro, lo sacudes violentamente y lo dejas en la mesa, las hormigas comenzarán a matarse entre sí. Las rojas creen que las negras son las enemigas mientras que las negras creen que las rojas son las enemigas, cuando el verdadero enemigo es la persona que sacudió el tarro”.

La puerilidad, la estupidez, la soberbia, la imprudencia, la falta de pudor y varias manos a la vez han movido este gran tarro de cristal que es Estados Unidos. Y nadie se libra de esta batalla campal entre unos y otros sin saber ni siquiera distinguir quién es el enemigo. Donald Trump, porque está versionando a Chanquete y su no me moverán. Caiga quien caiga. Su familia, colgando vídeos de bailes, sonrisas y vestidos de miles de dólares, exhibiendo su gran poderío en Mar A Lago, mientras el país se desangra por cada esquina y la gente se muere en este primer mundo de pandemia porque ya no quedan ambulancias ni UCIS en muchos hospitales del país. La policía que no estaba donde tenía que estar y nadie sabe por qué. El vicepresidente saltando del barco y llamando a la Guardia Nacional para intentar a la desesperada poner orden. Todo el gabinete de la Primera Dama dimitiendo en bloque. El paleto ese con los pies encima de la mesa del despacho de Nancy Pelosi fumándose un puro. El otro paisano, llevándose el famoso atril como si saliera de una boda después de tangar un centro de flores. Cinco muertos. Centenares de heridos. Los demócratas intentando el antiguo recurso político de salvamento 'in extremis', pero con todo el miedo en el cuerpo, el tartamudeo y la duda de si serán capaces. Y en general, los medios, en modo intenso, con titulares torpedo de ataque a la democracia, insurrección, golpe de Estado y una lista interminable, eso sí, con música de fondo de última hora; señoras y señores, están llegando los ovnis y nos van a succionar el cerebro.

Nadie ha denunciado que todos los que cubrieron el asalto del pasado miércoles tenían que llevar sus micrófonos sin logotipos y sin credenciales

La materia gris que acumula mucha gente con cargo, foco y que ha estudiado en memorables universidades cabe en un cenicero, cuando debería ocupar piscinas olímpicas. Y es que el ataque de dignidad americano de las élites que ahora mismo buscan desesperadas las sales son las que planean que un 'impeachment express', doble de lechuga y con extra de patatas, castigue y vuelva a poner bonito el cuadro de esta democracia, que se suponía era la más sólida del mundo. Quieren que el mundo vea que la afrenta ha sido castigada públicamente. También quieren intentarlo apelando a la vigesimoquinta enmienda de la Constitución, asunto que veo imposible en tiempo y forma: Mike Pence (vicepresidente) y una mayoría del gabinete tendría que escribir y hacer llegar una declaración al presidente del Senado (el senador Chuck Grassley, republicano por Iowa) y a la presidenta de la Cámara (Nancy Pelosi o la mujer de las mil mascarillas) alegando que Donald Trump está "incapacitado para ejercer los derechos y deberes de su cargo". Eso le destituiría de manera inmediata y Pence sería el presidente en funciones. Vamos, que no hay tiempo para esto. Quedan dos semanas para el juramento de Joe Biden. Así que, resumiendo, las imágenes del bochorno que han dado la vuelta al mundo y que han dado el minuto de gloria a la tribu de frikis con cuernos y barbas de secta chunga no las borra ni Thomas Jefferson descendiendo de los cielos y aterrizando en la punta del obelisco.

Y mientras, al otro lado del charco, imbéciles con algoritmos alentando el hashtag #WeAreTrump como si fuera una causa superior y divina

De momento han detenido solo a trece personas. Han cancelado las cuentas en las redes sociales de Trump (tardía chorrada). Pero nadie ha amordazado a la horda de imbéciles que teclea sin rigor, sin datos, sin información, sin haber estado ni una vez en su vida en este país, sin saber decir nada en inglés más que las versiones yanquis del menú de MacDonalds, sin haber leído un solo periódico americano, sin haber leído ni un solo libro, sin saber lo que un periodista de verdad se trabaja sus informaciones y tiene que ocultar su identidad por si alguno de esos gañanes sueltos se le ocurre sacar un arma. Nadie ha denunciado que todos los que cubrieron el asalto del pasado miércoles tenían que llevar sus micrófonos sin logotipos, sin credenciales como si fueran cantantes de karaoke rezando para no perder ni la mascarilla ni la vida. Y mientras, al otro lado del charco, imbéciles con algoritmos alentando el hashtag #WeAreTrump como si fuera una causa superior y divina a la que entregar la vida, esa, la facilona y oculta detrás de una pantalla.

Seducidos por esa burbuja digital y falsa de seguidores invisibles, vomitan burradas por segundo, mientras se echan unas risas por mensajes privados y se encargan una pizza y ven nevar desde sus áticos. Y desde esa cobarde trinchera acolchada, insultan y amenazan a todos los que se dedican a informar. Ahora, la moda de los supremacistas de la verdad es atacar a los reporteros, porque en el fondo algunos quisieran serlo y solo tienen una cuenta de Twitter o Parler. El mundo ha dejado de ser consciente de que todo está construido sobre arena. No asumimos la facilidad con la que la robustez del hierro se convierte en cenizas, tan rápido como un emoticono mal puesto. La delgada línea entre el caos y el orden la están estrangulando entre demasiados cómplices de esta guerra de barro en la que, confundidos, todos se atacan y siempre alguien acaba bajo tierra. Rescato a Stefan Zweig: "La historia no tiene tiempo para ser justa. Como frío cronista no toma en cuenta más que los resultados".

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