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De caza y abortos: ¿por qué es tan difícil detener la noria ideológica?
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Javier Brandoli

Crónicas de tinta y barro

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De caza y abortos: ¿por qué es tan difícil detener la noria ideológica?

Puedes no tener interés en cazar, estar a favor del aborto y explicar en un artículo que hay personas cualificadas que creen que hay espacios naturales que sin caza no son viables o diferenciar entre un aborto y un infanticidio

Foto: Veterinarios marcan a un rinoceronte para evitar su caza furtiva en Kenia. (EFE/Dai Kurokawa)
Veterinarios marcan a un rinoceronte para evitar su caza furtiva en Kenia. (EFE/Dai Kurokawa)

La realidad se opina. Es un fenómeno antiguo, pasó siempre, pero hoy parece desatado en la aldea global por la facilidad de las nuevas herramientas. El éxito de la película 'No mires arriba' de Netflix es el de caricaturizar un espejo en el que cabemos todos. El narrador, hoy, presume de pertenecer a un bando sin preocuparse de que eso supone un golpe a su credibilidad. No le preocupa porque justamente eso le garantiza un montón de lectores que se evitan así el sofoco de leer noticias que contradigan sus opiniones.

El resultado es miles de personas siguiendo a miles de personas que piensan lo mismo. Una noria ideológica rentable. El pago se recibe en halagos, tertulias, salarios o seguidores virtuales. El periodismo convertido en ONG, en ideología, en clase de religión o de ética. No hay matices, se está o no se está con la causa. En el oficio de ciudadano, que las redes sociales han convertido la ciudadanía en oficio narrativo, se reconoce poco el miedo a la turba. Si cada mañana uno se levanta y tiene cientos de personas que le llaman en una red abierta a todos terrorista, feo, imbécil, prostituta, asesino, vendida… ¿Te influye?

Foto: Una sala de torturas Tuol Sleng (Javier Brandoli) Opinión

El mensaje cala y moldea párrafos, respuestas en entrevistas, genera silencios preventivos... Cada vez todo es más previsible y menos fresco en el abominable extremo centro, eso que antes se llamaba deontología de oficio y que hoy se señala como falta de compromiso. O los extremos radicales -rentables y de alto volumen- o una cómoda nada en la que no se ofenda a nadie: no se enseñan cadáveres, ni los revolucionarios ponen en duda la revolución, ni los patriotas cuestionan la patria…
Se van apagando debates interesantes mientras se multiplican los estériles. Unos porque no debaten nunca, tiene todo claro desde antes del inicio, y otros porque comprobaron que hacerlo es exponerse. No creo que se trate de escuchar todas las versiones, se trata de escuchar las relevantes. El mundo está lleno de grises, de realidades complejas, que no impiden que el color final sea más claro o más oscuro. Hoy, para muchos, la noticia retrata al periodista, al que se confunde con lo escrito, más que preocuparse por si el periodista retrata una noticia.

Si además la historia es de la sección de internacional, se “exige” que se españolice su contenido para que todos tengan un bando fácil en el que posicionarse. Es complicado acercarse a algunos temas y es más complicado aún intentar explicarlos sin que alguien crea que se ha tomado partido. Eso se afea y en ocasiones los lectores escriben y reprochan: “Y entonces, ¿cuál es la conclusión?”. Quizá ninguna, o quizá varias, o quizá sencillamente hay matices.

Los cazadores asesinos

“Toquemos el tema de la caza”, le digo. Y ella, Tammy Hoth, que llevaba desde las cinco y media de la mañana despierta subida a un 4x4 para intentar mostrarnos los leones salvajes de Hobatere, que protege la fundación Namibian Lion Trust, que se bajaba del coche a revisar vallas rotas para que los depredadores no cruzaran a las fincas donde hay ganado, que es namibia, ganadera, crecido entre animales salvajes, me contesta riéndose: “Noooo, me vas a lanzar a aguas turbulentas”.

La caza deportiva se ha convertido en uno de esos espinosos fenómenos virales. Una foto de un cazador con un animal (grande) abatido desata una feroz tormenta de críticas. De hecho, tras pronunciarse el expresidente de EEUU, Donald Trump, contra la “caza de trofeos” en 2017, a la que calificó de “show horrible”, una encuesta cifró en casi un 70% el rechazo de los estadounidenses a esta práctica. Y sí, aunque no cuadre con el marco del personaje, Trump se posicionó contra la caza deportiva que, entre otros, practicaban miembros de su familia.

placeholder Tammy Hoth. (J.B.)
Tammy Hoth. (J.B.)

Los norteamericanos son con gran diferencia los mayores cazadores del mundo, protagonistas del 71% de los trofeos que se importaban en 2017, según un informe del Fondo de Protección Animal. La mayor parte de su caza se produce en Canadá y Sudáfrica. Por países europeos, Irlanda va a la cabeza de cazadores, seguida por Finlandia y Noruega.

En Sudáfrica, junto a Namibia los dos países que han desarrollado más la industria de la caza, el negocio deja cada año 341 millones de dólares y genera 17.000 empleos directos. Un largo informe de 2019 de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) dice sobre el efecto de la caza deportiva en los grandes mamíferos en África: “Aunque hay evidencias que para pequeñas poblaciones una insostenible caza deportiva ha contribuido a reducir su número, no es una amenaza significativa para ninguna de estas especies y, por lo general, es una amenaza insignificante o menor para la vida salvaje africana”.

Luego, el informe menciona que el gran problema para elefantes, leones y otros grandes mamíferos es “la pérdida y degradación de su hábitat, la caza furtiva y el conflicto con humanos y ganado”. Por último, la UICN dice: “La caza deportiva bien gestionada puede promover la recuperación de la población animal, la protección y el mantenimiento del hábitat”.

Foto: Imagen de una cacería en zona de guerra (Central African Wildlife Adventures).

Tammy, la ganadera namibia que convive con leones a los que intenta proteger, respira antes de hablar porque sabe que toda esa realidad es complicada de entender en un mundo viral que ha decidido salvar la ecología mundial dando me gusta. “Nadie quiere ver un elefante cazado. Todos los animales deben ser protegidos, pero hay muchas partes del mundo donde la población de elefantes es muy grande y causan destrozos. ¿Qué haces?”, se preguntaba ella. “Los clubes de caza deportiva donan millones contra la caza furtiva y a favor de la conservación. Mantienen las áreas de conservación. Si los eliminas del todo, muchos sistemas de conservación quebrarían y empezará de nuevo la caza furtiva”, explicaba.

Ella estaba en contra de la caza de leones, pero explicaba lo que está pasando ahora con los felinos en algunas fincas: “En Sudáfrica hay fincas donde se alimenta leones y se practica su caza deportiva. Esto debería estar totalmente prohibido, es algo artificial. El problema es que la caza deportiva no es nada popular y ahora ya no se cuida a los leones porque no son negocio. Antes para cazarlos debían ser fuertes y como ahora no son rentables no los alimentan bien. Antes les daban mucha comida y sus cráneos eran más grandes que los salvajes, ahora ni están bien alimentados. ¿Qué vamos a hacer con esos animales? Creo que lo estamos haciendo mal en muchos aspectos”.

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Elefantes en Gorongosa, Mozambique. (Reuters)

Se puede en todo caso estar en contra, por principios, de que haya un negocio que consiste en tener “granjas” de animales que se matan por diversión, pero ese debate va más lejos de leones e impalas y llega casi hasta su supermercado. La caza deportiva hay que diferenciarla de la caza furtiva. La segunda es un millonario negocio potenciado especialmente por el mercado asiático. Una lacra voraz que está poniendo al borde de la extinción a muchas especies. Pero hay también una caza furtiva muy humilde que no tiene que ver con vender marfil o colmillos de leones, sino con defender huertos, ganado o tanques de agua.

En algunas aldeas muy pobres de los alrededores del parque Nacional de Gorongosa, en Mozambique, donde la caza ilegal por la larga guerra acabó casi con toda la fauna del parque, sus pobladores nos reconocían que mataban de vez en cuando elefantes porque la manada entraba en sus huertos y se comía toda su cosecha o destrozaba su balsa de agua.

Con leones, en Zimbabue, Zambia, Kenia o Namibia, asistí al mismo problema pero con ganado. Muchos depredadores son abatidos o envenenados por atacar a rebaños. Para algunas personas muy humildes, perder una vaca o unas cabras es una enorme pérdida de patrimonio. Un turista ve ese maravilloso felino o elefante que fotografiar, un local ve un peligro. ¿Tienen ustedes muchos elefantes y leones en los parques de debajo de su casa? ¿Dejarían ustedes que entre sus casas vivan osos y lobos? Casi todos los países han elaborado programas de compensación a ganaderos por la caza de depredadores, pero son muy complicados de sacar adelante (retrasos de pagos, valor de las piezas, corruptelas de falsos ataques, falta de información en zonas remotas…).

placeholder León en Zimbaue. (Reuters)
León en Zimbaue. (Reuters)

La caza deportiva es otra cosa. Se caza por placer y se paga por ello. Las redes sociales han convertido la caza deportiva en África en una de sus favoritas y más virales dianas. Un cazador que exhibe una foto con un elefante, león o jirafa que ha abatido es atacado por miles de personas que ven en la instantánea la violenta muerte de un ser vivo. Las fotos son impactantes y desagradables, opinión propia de un no cazador, pero la mayoría de la comida de su nevera ha tenido una muerte menos placentera. Cuanto más grande el animal o más “simpático” más ofende su muerte. ¿Le duele que se maten gallinas o ratas? ¿Le duele más que maten atunes o delfines?

La naturaleza africana debe tener controles de especie y número dentro de los parques, me dijeron todos los gestores de espacios naturales. Permitir el crecimiento descontrolado de una especie es un grave problema para todo el territorio. La inmensa África rural ha conservado y entendido su naturaleza mejor que nadie, pero vive alrededor gente en poblados a los que les gusta mantener su tierra o posesiones igual que al resto del planeta. Todos los parques cazan animales viejos, enfermos o por exceso de población. No puede haber decenas de miles de elefantes, ni de leones, ni de impalas, como no puede haberlos de palomas, perros callejeros o jabalís en las ciudades. No puede suceder eso sin generar un grave conflicto entre el animal dominante, el sapiens, y el resto de especies animales. El sapiens, además, crece descontrolado e invade las reservas de territorio de las otras especies.

Ante este panorama, hay la opción de que venga alguien, se aloje en un hotel, pague 40.000 euros por un elefante que va a ser abatido de todas formas y deje buena parte de ese dinero a una comunidad empobrecida o en impuestos al Gobierno. Los críticos con esta realidad apuntan a que el dinero se lo llevan clubes de caza de alto standing, 'lodges' de lujo, en ocasiones controlados por dinero extranjero, o gobiernos y funcionarios corruptos, lo que en muchas ocasiones, según mi experiencia, es cierto. Además, hay también algunos informes de asociaciones ecologistas que hablan de extinción de especies por caza deportiva. Por último, muchos sostienen el argumento ético de que matar a un ser vivo no puede tener un precio. “Matar a un animal por placer nos define como especie”, me dijo una conservacionista sudafricana.

Foto: Alice Macharia, del Instituto Jane Goodall, en Uganda. (Cedida)

Las posturas son encontradas. Es fácil decirle a alguien que no cace leones, que no mate elefantes, cuando se vive a miles de kilómetros de esa realidad. En occidente hace años que cualquier riesgo natural se extirpa, controla o se mete entre rejas, como pasó en Roma recientemente con una jabalí y sus crías que entraron en un parque y fueron sacrificados, pero a los pueblos indígenas de todo el mundo van conservacionistas a explicarles como deben convivir con el medioambiente que llevan siglos conviviendo. “Los masais hemos cazado siempre leones y no había problemas de su supervivencia”, me dijo en Tanzania en una ocasión un masai. “Nosotros cazamos y estamos a favor de que se cace con control”, me dijo un ranger del Parque Gonarezhou en Zimbabue que luchaba contra los furtivos.

Tammy nos confesó que cazaba, como lo ha hecho su familia durante generaciones, pero estaba en contra de la caza de felinos y de la caza en cualquier espacio natural abierto no controlado. La mujer que dedica su vida y recursos a la conservación de la naturaleza en Namibia… caza.

¿Abortos o infanticidios?

En 2015, cuando vivía en México, Amnistía Internacional (AI) nos invitó a cuatro periodistas a cubrir un tema del que pretendían iniciar una campaña internacional: en El Salvador había mujeres condenadas a más de 30 años de prisión por abortar. Algunos embarazos, nos explicaron, eran de mujeres que habían sido violadas, sufrido incestos y, en otros, había riesgo de malformación del feto o peligro físico o síquico para la madre. Todas vivían en una casi absoluta pobreza sin, en algunos casos, haber accedido a métodos anticonceptivos o la más mínima educación reproductiva. El Salvador era entonces uno de los seis únicos países en el mundo que penalizaban cualquier tipo de aborto.

Llegamos a la capital y empezamos a trabajar. Tuvimos entrevistas con abogados, doctoras que practicaban abortos de forma clandestina para ayudar a las mujeres sin recursos y miembros de la ONG que relataban el ambiente social que rodeaba esas interrupciones de embarazo: "Soy ginecóloga en la medicina pública y privada. Practico abortos porque es un derecho de las mujeres. No hay políticas de planificación familiar ni anticonceptivos. En las clínicas las ponen en dos filas, señalando a las que quieren planificar, y el resto las tachan de pecadoras", nos narró una doctora que debía ocultar su nombre.

placeholder Mujeres salvadoreñas protestan a favor del aborto. (EFE/Rodrigo Sura)
Mujeres salvadoreñas protestan a favor del aborto. (EFE/Rodrigo Sura)

"Por internet se venden pastillas abortivas, es un gran negocio en el mercado negro. Cuestan 300 dólares. Si la mujer es muy guapa, se lo ponen gratis algunos doctores si les permiten que sean ellos los que se lo introducen en la vagina. Las niñas y mujeres pobres no tienen dinero para abortar, son ellas las que sufren la ley. Muchas usan té de clavo y canela o se toman pastillas para la malaria para provocarse el aborto. En ocasiones me llaman sangrando en la cama, solas, porque se han introducido algún objeto para provocarse la interrupción", explicaba.

El escenario social que enfrentaban las mujeres salvadoreñas era especialmente complicado. Como siempre, muchísimo peor en las clases más bajas que no tienen el dinero para tomar un vuelo e irse a abortar a otro país o pagar un buen abogado que les defienda si lo hacen en el país y son inculpadas. El dinero, siempre, es una frontera real de derechos. No es que haya leyes distintas, es que hay distintas formas de poder saltarlas. En 2013, hubo 1.346 violaciones denunciadas por niñas y mujeres. Se sabe que la cifra real era mucho más alta por el miedo que había a interponer denuncias.

Foto: Organizaciones de mujeres marcharon este domingo en conmemoración del Día Internacional de la Mujer, en San Salvador (EFE)

Finalmente, una mañana fuimos a entrevistar a las mujeres retenidas en la prisión de Ilopango. La puerta del penal era un hervidero de gente. Sacaban presas en camionetas como si sacaran ganado. Dentro, tras pasar varios controles de seguridad, accedimos a poder hablar con cuatro de las presas que formaban parte de la campaña internacional de AI para exigir su libertad. Todas cumplían condenas de entre 30 y 40 años.

Fueron hablando una a una. Escuchábamos, preguntábamos, repetían. Sus relatos eran dramáticos, pero no iguales. Algunos me parecían creíbles y otros impostados y con ciertas contradicciones. Algo me pareció que no cuadraba al escuchar a algunas presas. De vuelta al hotel pedí al abogado que las representaba que me facilitara las sentencias para contrarrestar relatos. Cuando las leí vi que algunas mujeres no estaban acusadas de interrumpir su embarazo, sino de cometer un infanticidio. No estaban acusadas de matar un feto, estaban acusadas de matar un neonato (un ya nacido). Esta práctica, que en el pasado fue común en algunas culturas y en algunos lugares tribales aún se practica, es algo diverso a un aborto. El delito, considerado asesinato en muchos códigos penales, antiguamente se relacionaba con la deshonra de la madre y la familia ante un embarazo no deseado.

Foto: Miembros de una compañía de teatro durante una manifestación a favor de la legalización del aborto, en Santiago de Chile, el 25 de julio de 2015 (Reuters).
El silencio del aborto clandestino
Natalia Lázaro / Juan Cristóbal Hoppe. Santiago de Chile

Al leer las sentencias me reuní con las responsables de AI explicándoles mis dudas. Lo que decía el fallo, y en algunos casos los testigos, contradecía la versión de algunas presas. Las sentencias hablan de bebés recién nacidos arrojados en fosas fecales, paridos en letrinas, muertos a golpes y descubiertos por vecinas envueltos en bolsas de plástico y ocultos bajo piedras. Algunos fallos apuntaban a embarazos extramatrimoniales como causa. Y ellas, hablo de algunos casos, indicaban pérdidas de conocimiento, accidentes y, desde luego, de su imposibilidad de ejercer un aborto legal, como pasaba en buena parte del resto del mundo durante el embarazo. Además, señalaban que tuvieron pésimas defensas de oficio.

¿Qué se podía hacer en El Salvador para no tener un hijo fruto de, por ejemplo, una violación si no permiten abortar? Practicar una interrupción de embarazo sola, en casa, sin medios, supone un grave riesgo para la vida de la madre. Si un médico, o cualquier persona ayudaba a practicarlo, cometían ellos también un delito. Ante ese panorama, ¿cómo podía una mujer no tener un hijo no deseado antes de que este hubiera nacido?

Foto: Mujeres salvadoreñas marchan para exigir políticas públicas sobre salud sexual y reproductiva este septiembre (EFE/Rodrigo Sura)

Ambas preguntas conformaban aquellas duras historias. La miseria, los abusos sexuales, la 'cacería' a las mujeres que deseaban interrumpir su embarazo con una legislación arcaica, la carencia de derechos reproductivos de la mujer… eran ciertos, pero parir un niño y tirarlo a una fosa fecal es un delito en El Salvador y fuera de El Salvador. Y otra vez asalta la misma duda: ¿pero si antes les han impedido abortar que pueden hacer entonces?

Una persona en San Salvador cercana a los casos, cuando yo expresaba mis dudas legales de algunos ejemplos, me dijo: ¿es que eres antiabortista? Publiqué un reportaje que se tituló 'La caza del aborto' y alguien me escribió diciendo que era “otro progre alentando asesinatos”.

Puedes no tener el más mínimo interés en cazar y puedes estar completamente a favor del aborto, y explicar en un artículo que hay personas cualificadas que creen que hay espacios naturales que sin caza no son viables y diferenciar entre un aborto y un infanticidio. Y el lector puede leer esa noticia, y leer otras que amplíen la historia, quizá más y mejor documentadas, pero lo que no deberían ni el periodista ni el lector es seleccionar lo que escriben o leen para confirmar sus ideas previas. Y ambas cosas son cada vez más complicadas en este ecosistema en el que lo rentable es no molestar las opiniones. Este ecosistema en el que los columnistas y tertulianos ganan más dinero que los reporteros porque la causa, la que sea, no se inoportuna con interrogantes, entrecomillados o datos.

La realidad se opina. Es un fenómeno antiguo, pasó siempre, pero hoy parece desatado en la aldea global por la facilidad de las nuevas herramientas. El éxito de la película 'No mires arriba' de Netflix es el de caricaturizar un espejo en el que cabemos todos. El narrador, hoy, presume de pertenecer a un bando sin preocuparse de que eso supone un golpe a su credibilidad. No le preocupa porque justamente eso le garantiza un montón de lectores que se evitan así el sofoco de leer noticias que contradigan sus opiniones.

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