El trapo floreado de Díaz Ayuso para limpiar el régimen saudí y ensuciar el feminismo

El gesto de Díaz Ayuso que importa no ha sido el de ir sin velo. Ha sido el de ir. Ha preferido usar su bonito vestido de flores como trapo para limpiarle la cara a la teocracia saudí

Foto: Díaz Ayuso durante la ceremonia de la Supercopa, en Yeda. (EFE)
Díaz Ayuso durante la ceremonia de la Supercopa, en Yeda. (EFE)

Me pedí una manzanilla en el bar frente a la catedral para hacer tiempo. La decoración era toda amarilla y azul: camisetas, bufandas y fotos del Cádiz C.F., todas firmadas por los jugadores. El de la barra me explicó, mientras guardaba la botella, que hoy era un día especial: “Si ganamos este partido, vamos a subir a Primera”.

—Pues suerte, y a ganar— dije, mientras pagaba.

—No— dijo el de la barra —. Casi mejor que no ganemos.

—¿No quieres que el Cádiz suba a Primera?— me sorprendí.

—Mejor no — dijo el hombre, pasando un trapo por el mostrador —. Estamos bien en Segunda. En Primera hay mucho mamoneo.

Del mamoneo que hay en la primera me acordé este fin de semana al ver el debate desatado en las redes sobre el vestido floreado de de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid. Aquel con el que acudió al estadio de Yeda, Arabia Saudí, para presenciar el partido de la Supercopa entre el Real Madrid y el Atlético. Abundaron los aplausos, sobre todo desde sus correligionarios del PP: lo que había hecho era "feminismo real", era un acto a favor “de los derechos y libertades de las mujeres”. Córcholis. No sabía yo que era tan fácil convertirse en feminista acudiendo a un partido de fútbol. Me entraron ganas de apuntarme al carro y sacarme el carné del Cádiz C.F. Máxime cuando tiene el estadio cerca de unas dunas de arenas movedizas y a la gente que habita en los alrededores se les conoce como beduinos. ¿Igual cuela?

¿O será que para adquirir el marchamo de heroica feminista hay que ir a hacer zalemas a una monarquía absolutista y teócrata? Porque eso es lo que ha hecho Isabel Díaz Ayuso al acudir, sin estar obligada por su trabajo, a una Supercopa vendida a Arabia Saudí para blanquear la imagen del reino.

No era por el vestido, me aclaran: era por no llevar velo. Pero si ustedes se han creído que esto es un gesto inaudito es que no han mirado la hemeroteca. Nadie lleva velo cuando va a Arabia Saudí en visita oficial. Desde Condoleezza Rice y Laura Bush a Hillary Clinton y Michelle Obama, desde Theresa May a Angela Merkel, desde Ursula von der Leyen (entonces ministra de Defensa alemana) a Florence Parly (su homóloga francesa), desde Ana Pastor (ministra de Fomento española) a María Luisa Poncela (secretaria de Estado de Comercio), no se han visto velos ni paños en la cabeza en las visitas a Yeda o Riad. Solo faltaba. Arabia Saudí sabe muy bien a qué mujeres someter a ese dictado: a las suyas. Las que son propiedad de hombres saudíes.

En otras palabras: el gesto de Díaz Ayuso que importa no ha sido el de ir sin velo. Ha sido el de ir.

No todo el mundo puede evitar ir a Arabia Saudí. Yo sigo abogando por un boicot a este país, pero si fuera ministro, tendría que plantearme primero de dónde sacar los 7,5 millones de toneladas de petróleo que compramos cada año a Riad (es nuestro tercer proveedor, tras Nigeria y México). Y sobre todo tendría que plantearme de dónde sacar los casi 200 millones de euros que Arabia Saudí paga a España cada año por las armas que fabricamos. ¿Perder un contrato de 1.800 millones de euros por cinco corbetas y cerrar los astilleros de Navantía? Ahí se ha arrugado hasta el alcalde izquierdista de Cádiz, José María González, 'Kichi'. Y aparte de armas, también exportamos trenes de alta velocidad. El dilema, en resumen, no es nuevo: ¿comer de la mano del patrón o vivir honradamente?

Lo que es nuevo es comer de la mano del patrón y venderlo como lucha por los derechos de las mujeres.

Ha preferido usar su bonito vestido de flores como trapo para limpiarle la cara a la teocracia saudí

Isabel Díaz Ayuso ha elegido respaldar con su presencia la decisión de la Federación de Fútbol de España de enriquecerse a cambio de blanquear al país que representa el desprecio a la democracia, el desprecio a los derechos humanos en general y el desprecio a las mujeres en particular. El país que difunde en todo el mundo la inhumana ideología wahabí, con el fin de convertir este desprecio en parte de la vida normal. Para poder hacerlo necesita colaboradores. Los paga. En concreto, ha pagado 120 millones de euros a la Federación para comprar la Supercopa durante tres años.

Sí, el fútbol está en venta, es un producto que cotiza en el mercado internacional, y quien paga por él quiere algo a cambio: imagen. Se llama marketing y es la forma más moderna de hacer la guerra, tras quedarse anticuadas las hachas de piedra, las espadas damascenas, los arcabuces, las ametralladoras y las bombas atómicas. Ahora se adquiere poder comprando la voluntad de los consumidores.

Se llama marketing y es la forma más moderna de hacer la guerra

¿El Real Madrid tiene millones de fans que lo adoran y compran sus camisetas? Ahí va la palabra Fly Emirates impresa en la camiseta: así nos acostumbramos a ver Emiratos como un país cercano, presente en nuestra casa, y no como lo que es: uno de los muy pocos Estados del mundo que niegan el menor atisbo de democracia a sus súbditos y someten a las mujeres a la alevosía de las costumbres de cada familia y tribu. Durante años Qatar —otro país sin elecciones y con mucho wahabismo por exportar— tenía la misma inversión en el Barça, ustedes se acordarán. ¿Creían que era casualidad? El Atlético ya no lleva el nombre de Azerbaiyán, una dictadura que gasta ingentes cantidades de dinero para corromper el Parlamento Europeo: ahora lo han cambiado por Plus 500, una empresa israelí de especulación en la Bolsa. Y el Valencia, el cuarto equipo que ha jugado esta Supercopa, tiene a Bwin, una casa de apuestas online. Un casino digital, para entendernos.

Ya lo imaginaba usted: quienes pagan por lavar su imagen son quienes lo necesitan. Y Arabia Saudí, especialmente después de descuartizar al periodista Jamal Khashoggi, lo necesita más que Emiratos, Qatar y todos los casinos virtuales juntos. Por eso ha pagado más.

En el negocio del fútbol, el producto que se compra y se vende es usted, lector. Usted, que acaba comprando a su hijo una camiseta con el nombre de alguna monarquía absolutista y antidemocrática. Usted, que sigue el partido desde el sofá, contribuyendo a la alta cuota de pantalla que una Supercopa alcanza en televisión. Usted es la excusa con la que la Federación del Fútbol española se ha llevado cada año una media de diez millones de euros de los Presupuestos generales del Estado. El dinero público gastado en permutas de terrenos, estadios gratuitos, especulaciones y deudas que no se cobrarán ya no es ni cuantificable. Pero no se olvide, lector, que se hace en nombre del amor que usted siente por los colores locales.

Es en nombre de ese negocio llamado amor a los colores que el nuevo propietario del Almería, el millonario saudí Turki al Sheikh, asesor real con rango de ministro, publicó en octubre pasado una foto de la ganadora de un sorteo de coches de alta gama destinado a los aficionados: una mujer oculta bajo un niqab. Yo había esperado que después de aquello, la afición se diera de baja en bloque y dejara que el equipo jugara ante gradas vacías. No consta que haya ocurrido.

Sí consta, en cambio, que la afición no ha ido a la Supercopa: se vendieron menos de 1.100 entradas de las 12.000 disponibles para los seguidores de los cuatro clubes involucrados. No me hago mucha ilusión de que sea por rechazo al país que compró el espectáctulo: más bien sería por el alto coste de un billete de avión a Yeda. Pero no deja de ser una manera de votar con los pies y con la cartera.

Salvo Isabel Díaz Ayuso. Ella votó en sentido contrario: acudió. Fue un voto comprado, desde luego: le pagó el viaje el Atlético. En otras palabras, lo pagó Arabia Saudí (seis millones se lleva el Atlético en esta edición del total de los 120 millones apoquinados para tres años). Menudencias para un país que no repara en gastos cuando se trata de celebridades de Instagram —exmodelos de Victoria's Secret incluidas— que vienen a bailar en el desierto para mostrar a sus millones de seguidores lo feliz que se puede ser entre jeques y camellos, siempre que te paguen por ello. Díaz Ayuso acaba de ingresar en el club. Solo da pena su tarifa.

Al igual que da pena la portada del Marca y su intento de nadar y guardar el velo al publicar una foto de una pareja de aficionados con una camiseta del Atlético y otra del Real Madrid. Un hombre y una mujer. O eso creemos, porque lo que vemos es un hombre y un ser invisible, oculto, condenado a no existir. “La realidad. La cruda realidad”, escribe el diario deportivo en su editorial.

Añade que no necesita demasiada explicación. Se equivoca. Sí necesita una explicación, y los lectores de Marca tienen derecho a exigírsela: necesitamos saber cómo la Real Federación de Fútbol de España ha podido vender la afición entera a un país así. Quién se lleva este dinero, cómo se repartirá. Por qué el diario no ha decidido boicotear la Supercopa entera (TVE ha rechazado transmitirla). Cuáles han sido las razones para cubrirla como si de algo normal se tratara. La realidad, la cruda realidad es que Marca ha decidido participar del lucro.

Si yo fuera aficionado, creo que solo me quedaría acogerme a la opción de aquel camarero de Cádiz: pedirle a mi club que no gane los partidos. Que evite llegar a la Supercopa. Que ahí hay mucho mamoneo.

Porque eso de que celebrar un partido de fútbol en un país donde la ciudadanía está oprimida contribuye a liberarla, eso no se la habrán creído ustedes, espero. Pudo ser un gesto hermoso llevar la Supercopa a Tánger el año pasado, una deferencia con los vecinos y también una manera de inyectar dinero a la economía local. Algo que sí puede tener un efecto positivo en un país donde la ciudadanía tiene mucha conciencia política y pocos recursos, como es el caso de Marruecos.

No lo tendrá en el país que está nadando en petrodólares, pero donde las mujeres van a la cárcel por pedir algo tan simple como poder conducir. Sí, la extemporánea prohibición de agarrar un volante se levantó en verano de 2018, pero una de las activistas que lo exigió, Lojain Hathloul, sigue en la cárcel. Y aunque es una buena noticia que una mujer puede sacarse un pasaporte por su cuenta en Arabia Saudí desde agosto pasado, esto sirve de poco mientras se mantenga la ley de la tutela masculina que permite a cualquier hombre meter en una cárcel a cualquier mujer de su familia por “mala conducta”.

No, no es con el fúbol como se cambian estas cosas. Permitir a las mujeres por primera vez que acudan al estadio junto a los hombres no es un avance, si se les sigue dando a los hombres la autoridad legal de decidir si las mujeres de su propiedad pueden acudir o no.

Qué podría haber hecho Ayuso

La realidad, la cruda realidad es que si Isabel Díaz Ayuso quería luchar por los derechos de las mujeres, podría haber hecho muchas cosas sin subirse a un avión. Podría haberse acordado de que en España hay miles de niñas obligadas a llevar el velo que ella no estuvo obligada a llevar en Yeda. Obligadas por sus familia, familias subyugadas por el discurso de los imames a los que pagan esos mismos jeques saudíes a los que ella fue a sonreír. Podría haberse acordado de que hay una sola manera de luchar contra ese discurso, y es desde el laicismo. Defendiendo una educación sin adoctrinamientos. Proporcionando a la infancia un espacio a salvo de la religión, de todas las religiones, un aula sin velos ni crucifijos.

Si Díaz Ayuso realmente quiere hacer algo a favor de las mujeres oprimidas por una teocracia, puede empezar por pedir a su partido que proponga en el Parlamento la denuncia del Concordato, ese tratado internacional que otorga al Estado del Vaticano poder sobre la educación de los niños españoles. Porque es con motivo de ese tratado, en virtud de las leyes europeas de no discriminación, que España está obligada legalmente a entregar una cuota proporcional de poder al Estado de Arabia Saudí, de Qatar. También lo está a cualquier otro con dinero para pagar a imames que se erijan en portavoces de las familias musulmanas en España y exijan clases de adoctrinamiento islámico en los colegios. Eligiendo ellos a los profesores, al igual que la Conferencia Episcopal elige a los de adoctrinamiento católico.

Pero todo esto no lo ha querido ver la presidenta de la Comunidad de Madrid. Ha preferido usar su bonito vestido de flores como trapo para limpiarle la cara a la teocracia saudí. Es libre de hacerlo. A lo que no hay derecho es a utilizar este trapo ahora para ensuciar la palabra feminismo.

De Algeciras a Estambul
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