Las bravuconadas de Trump sobre Corea del Norte solo nos hacen parecer débiles

Un ataque contra territorio norcoreano es casi imposible. Pretender lo contrario es contraproducente, porque demuestra lo vacía que es la política exterior de la actual Administración

Foto: Tripulantes del portaaviones USS Carl Vinson se preparan para el despegue de un caza F-18, el pasado 8 de abril. (Reuters)
Tripulantes del portaaviones USS Carl Vinson se preparan para el despegue de un caza F-18, el pasado 8 de abril. (Reuters)

Cada Administración estadounidense se toma un tiempo para establecer un enfoque básico sobre el mundo. El equipo del presidente Trump ha tenido un inicio más espinoso que la mayoría, con muchos puestos importantes en cada una de las agencias claves todavía vacantes. Más preocupante aún, la política exterior básica de la Administración está saliendo a la luz, y no es una vista reconfortante: retórica belicosa, amenazas vacías, voces contradictorias y escasa coordinación con sus aliados. Esta línea está siendo puesta a prueba en el problema de política exterior más difícil de todos: Corea del Norte.

Por ahora hay un patrón en la línea de Trump. Empieza con bravuconadas, el uso repetido de una retórica sin demasiado respaldo. El presidente insiste constantemente que si China no nos ayuda a lidiar con Corea del Norte, lo hará Estados Unidos. ¿De verdad? ¿Cómo? Un ataque militar es casi imposible. Corea del Sur se opondría vehementemente a un paso así, dado que tendría que sufrir el grueso de las represalias norcoreanas: Seúl está a solo 35 millas de la frontera. Japón también se opondría a un ataque, y, por supuesto, cualquier acción militar haría enfadar a China. Además, una campaña de bombardeos sería inefectiva porque las instalaciones nucleares de Corea del Norte están muy alejadas entre sí, enterradas profundamente y, en algunos casos, bajo el agua.

Pepe CerveraPepe Cervera

Trump no ha estado solo en estas bravuconadas. El secretario de Estado Rex Tillerson anunció que la política histórica de EEUU de 'paciencia estratégica' con Corea del Norte se había acabado, y que Estados Unidos tiene una nueva política. El peligro de este tipo de retórica es que se está volviendo evidente que Washington, de hecho, no tiene ninguna nueva política. Y si la tiene, a los aliados clave de Washington, especialmente los surcoreanos, les aterroriza. Con los exabruptos de la Administración, su error con el USS Carl Vinson y la repetición de Trump del argumento de Pekín de que Corea fue una vez parte de China, Corea del Sur está profundamente inquieta.

Unos comentarios 'duros' están normalmente respaldados por agresivos reflejos militares. Tanto si eso significa usar bombas mayores en Oriente Medio o enviar buques -en algún momento- a las aguas del este de Asia, estas tácticas pueden ser útiles si hay una estrategia detrás. Por ahora, sin embargo, parecen más bien tácticas en busca de una estrategia, poner a punto el poder militar con la esperanza de que eso impresione al adversario. Pero todo el 'impacto y pavor' en Irak no sirvió de nada cuando se vio que el plan para asegurar la paz era defectuoso. Más bombas en Siria no darán respuesta a la cuestión de cómo derrotar al Estado Islámico sin volverse cómplices del presidente Bashar Al Assad. Amenazar a Corea del Norte sin la habilidad de llevar a cabo dicha amenaza solo hace que Washington parezca débil.

Soldados norcoreanos pasan por delante de las estatuas de Kim Il Sung y Kim Jong Il, padre y abuelo del actual presidente del régimen, en Pyongyang, el 25 de abril de 2017. (Reuters)
Soldados norcoreanos pasan por delante de las estatuas de Kim Il Sung y Kim Jong Il, padre y abuelo del actual presidente del régimen, en Pyongyang, el 25 de abril de 2017. (Reuters)

Estados Unidos ha tenido, a grandes rasgos, la misma estrategia hacia Corea del Norte durante décadas. Es una política de sanciones, amenazas, intimidación, presión y aislamiento. Y no ha funcionado. Incluso el breve esfuerzo de cooperación durante los años de Bill Clinton fue a medio gas. Y en cualquier caso, el acercamiento fue rápidamente revertido por la Administración de George W. Bush. Los resultados han sido claros. Corea del Norte ha seguido construyendo su programa nuclear e implicándose en provocativas pruebas y tests. A medida que el aislamiento y las sanciones se han incrementado en los últimos años, Pyongyang solo se ha vuelto más pendenciero.

En un reciente ensayo en Foreign Affairs, John Delury se pregunta si es hora de intentar otra estrategia. “Si Estados Unidos realmente quiere lograr la paz en la península de Corea, debería dejar de buscar formas de dañar la economía de Corea del Norte y erosionar el régimen de Kim Jong-un y empezar a encontrar formas de hacer que Pyongyang se sienta más seguro. Eso podría parecer contrario a la lógica, dadas las ambiciones nucleares de Corea del Norte y su expediente de derechos humanos. Pero consideren esto: Corea del Norte empezará a enfocarse en su prosperidad en lugar de en su autopreservación solo cuando ya no deba preocuparse sobre su propia destrucción. Y Corea del Norte valorará abandonar sus elementos de disuasión nuclear solo una vez que se sienta segura y próspera y esté económicamente integrada en el noreste de Asia”.

Tendemos a ver Corea del Norte como un país bastante extraño regido por un dictador lunático con un mal corte de pelo. Y hay evidencias que apoyan esa caracterización. Pero también es un régimen que quiere sobrevivir. Recuerdo que se lanzaron muchos argumentos similares sobre Irán antes del acuerdo nuclear, que era un país fanático dirigido por mulás. Se nos dijo que nunca se podría negociar con ellos, que nunca aceptarían un acuerdo, que nunca desconectarían sus centrifugadoras nucleares y violarían cualquier acuerdo en cuestión de semanas. Por ahora, esas predicciones se han demostrado falsas. Podría valer la pena intentar una nueva política hacia Corea del Norte. Puede que no funcione. Pero la vieja, sin duda, no lo ha hecho.

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