Trump, el primer presidente estadounidense que quiere un mundo donde EEUU no lidere

Donald Trump está cansado de ser el líder del planeta. Su discurso en la ONU fue un extraño revoltijo en el que destacó una cuestión: un nuevo nacionalismo que permita el ascenso de otros poderes

Foto: Donald Trump se dirige a la Asamblea General de la ONU, el 19 de septiembre de 2017. (Reuters)
Donald Trump se dirige a la Asamblea General de la ONU, el 19 de septiembre de 2017. (Reuters)

El discurso del presidente Trump en las Naciones Unidas estuvo bien ejecutado. Pero fue un extraño revoltijo de asuntos y tonos, en algunas partes celebrando la 'realpolitik' pero también afirmando la importancia de la libertad y la democracia. Hubo, sin embargo, un tema que sobresalía por encima de todo: el abrazo del nacionalismo. Y al tocar esa cuerda, Trump hizo algo inusual, tal vez único para un presidente de EEUU: animó, incluso aplaudió, el auge de un mundo post-estadounidense.

Primero, el revoltijo. Al principio de su discurso, Trump afirmó: “En EEUU no queremos imponer nuestro estilo de vida a nadie”. Pero pocos minutos después, Trump procedió a castigar a Corea del Norte, Irán, Venezuela y Cuba por sus sistemas políticos antidemocráticos, pidiéndoles en la práctica que se conviertan en democracias liberales al estilo occidental.

El problema de este tipo de retórica idealista es que ha sido aplicada selectivamente, así que es vista de forma cínica por el resto del mundo como una forma de revestir los intereses estadounidenses. Trump llevó esta hipocresía a un nuevo nivel. Denunció a Irán por su falta de libertades y, casi sin tomar aire, hizo una mención favorable a Arabia Saudí. Tomando cualquier vara de medir -derechos políticos, tolerancia religiosa, libertad de expresión- Irán es una sociedad mucho más abierta que Arabia Saudí, que es una monarquía absoluta aliada con el estamento religioso más fanático del mundo, donde las iglesias y las sinagogas están prohibidas.

El principal empuje del discurso de Trump tuvo que ver con el nacionalismo. Aplaudió la soberanía y el nacionalismo, aportando un ejemplo extraño. Haciendo suyas unas palabras del presidente Harry S. Truman en apoyo del Plan Marshall, Trump describió ese acercamiento a las relaciones internacionales como “bello” y “noble”. Pero ¿puede alguien imaginar a Trump apoyando realmente el Plan Marshall? Fue un programa de ayuda masiva al extranjero, administrado por burócratas gubernamentales para ayudar a otros países a reanimar sus industrias, que se convirtieron en competidoras de las empresas estadounidenses. Washington gastó, en porcentaje de su Producto Interior Bruto, aproximadamente cinco veces lo que gastó durante la fase de combate en la guerra en Afganistán, según una estimación. Para hacer que el Plan Marshall funcione, Washington animó a las naciones europeas a ceder soberanía económica y crear la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA), que fue la génesis de la Unión Europea.

Reunión del Consejo de Seguridad de la ONU, en febrero de 2016. (EFE)
Reunión del Consejo de Seguridad de la ONU, en febrero de 2016. (EFE)

La frase más significativa del discurso de Trump fue esta, pronunciada de forma dramática: “Como presidente de los Estados Unidos, siempre pondré por delante a América, tal y como ustedes, como los líderes de sus países, siempre pondrán, y siembre deberían poner, a sus países por delante”.

Pero eso es lo que países como Rusia y China han estado diciendo durante las últimas décadas. Durante 70 años, el gran debate entre naciones ha sido entre aquellos que argumentan a favor de estrechar los intereses nacionales y aquellos que creen que una paz y prosperidad duraderas dependen de la promoción de los intereses comunes más amplios. La última postura, concebida por Franklin Delano Roosevelt y apoyada por cada presidente estadounidense desde entonces, es lo que produjo las Naciones Unidas y todas las organizaciones que monitorizan y asisten en cuestiones como comercio, viajes, enfermedades, crimen y el clima, entre otras, que traspasan fronteras y solo pueden ser afrontadas a nivel regional o global.

Pero Trump está cansado de ser el líder del mundo. En su discurso se quejó de que otros países son injustos en sus acuerdos con EEUU, y que de algún modo la nación más poderosa del mundo, que domina casi cualquier foro internacional, está siendo engañada. Su solución, un regreso al nacionalismo, sería muy bien recibida por la mayoría de los grandes actores internacionales -Rusia y China, pero también países como India y Turquía- que tienden a actuar en base a sus estrechos intereses propios. Naturalmente, eso significará una aceleración dramática del mundo post-estadounidense, uno en el que esos países darán forma a políticas e instituciones de forma desvergonzada para su propio beneficio antes que para uno general.

Trump gruñó acerca del hecho de que EEUU paga el 22% del presupuesto de la ONU, lo que en realidad es apropiado porque es el equivalente aproximado de la cuota estadounidense del PIB global. Si reduce el apoyo estadounidense, podría sorprenderse de lo rápido que un país como China correrá a cubrir ese hueco. Y una vez lo haga, China dominará y dará forma a las Naciones Unidas -y la agenda global- tal y como ha hecho EEUU durante varias décadas. Tal vez los chinos sugerirán que la sede de la organización se traslade a Pekín. Aunque si lo piensan, eso liberaría unos cuantos acres de tierra en el East River de Nueva York, donde Trump podría construir unos cuantos apartamentos más.

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