¿Es tan sombrío el futuro de Occidente?

El auge del populismo nacionalista no debe hacernos perder de vista que, en la mayoría de los casos, se está produciendo una reacción contrapuesta que a largo plazo lleva las de ganar

Foto: Un cartel contra el primer ministro húngaro Víktor Orbán durante las protestas contra la 'ley de esclavitud' propuesta por su Gobierno, en Budapest, el 16 de diciembre de 2018. (Reuters)
Un cartel contra el primer ministro húngaro Víktor Orbán durante las protestas contra la 'ley de esclavitud' propuesta por su Gobierno, en Budapest, el 16 de diciembre de 2018. (Reuters)

Emmanuel Macron ha sido la gran esperanza de aquellos a quienes les preocupa que la política global esté dominada por el populismo, el nacionalismo y el racismo. En su campaña presidencial del año pasado, Macron fue capaz de unir a Francia en torno a un mensaje de reforma y multilateralismo, firmemente unido a la Unión Europea y otras alianzas e instituciones internacionales. El mes pasado, juntó a 65 líderes mundiales en un gran encuentro dedicado a la gobernanza global.

Ahora Macron ha tenido su cura de humildad por las protestas callejeras de los chalecos amarillos. Se ha visto forzado a dar marcha atrás en algunas de sus reformas y adoptar nuevos subsidios muy costosos en un intento de calmar a las masas. Y está todo el lío de Gran Bretaña, que sigue tratando de (y fracasando en) ejecutar el Brexit; las cuitas presupuestarias de Italia; y la adopción de la democracia iliberal en Hungría y Polonia. Todo ello ofrece una imagen deprimente de Europa y Occidente en general.

¿Pero son realmente tan sombrías las cosas? Como señala el comentarista de Politico Matthew Karnitschnig, el apoyo a la UE está en su mayor nivel en décadas. Y si miramos más de cerca, mientras las fuerzas del populismo siguen en alza en algunos lugares, la historia de los últimos meses ha sido sobre todo la del contraataque. Miren a Polonia y Hungría, en muchos sentidos los casos ejemplares del movimiento populista-nacionalista. En Polonia, los esfuerzos para transformar el Tribunal Supremo del país desataron protestas masivas, y el alto tribunal europeo ordenó revertir la medida. El lunes pasado, Varsovia lo acató.

En Hungría, los últimos gestos autoritarios del primer ministro Viktor Orbán –cambiar la legislación laboral y la autoridad judicial- han disparado un amplio movimiento de protesta, uniendo a las fuerzas de oposición de la nación como nunca antes. La rebelión callejera tiene el aire de una oposición generalizada al partido gobernante, que, de forma previsible, ha usado gas lacrimógeno contra unos manifestantes mayormente pacíficos, les ha acusado de ser anti-cristianos y ha acusado a George Soros de organizarlo todo.

En Francia, los comentarios sobre una caída de Macron son prematuros. Sí, está en caída libre en las encuestas, pero los votantes aún le prefieren a la ultraderechista Marine Le Pen por un amplio margen. El presidente francés tiene un mandato de cinco años, su partido controla la legislatura, y la mayoría de los analistas están de acuerdo en que sus reformas son inevitables si Francia quiere competir en inversiones y generar crecimiento. Puede que acabe siendo un presidente de un solo mandato, pero aún así habrá apuntalado los cambios más importantes en Francia en una generación.

 El primer ministro italiano, Giuseppe Conte, y los vicepresidentes del Gobierno de Italia, Matteo Salvini y Luigi Di Maio en el Parlamento. (EFE)
El primer ministro italiano, Giuseppe Conte, y los vicepresidentes del Gobierno de Italia, Matteo Salvini y Luigi Di Maio en el Parlamento. (EFE)

El Italia, el nuevo Gobierno de coalición había introducido un presupuesto populista que prometía una renta básica universal y una jubilación temprana, recibida con un rechazo férreo por la UE. Y han sido los populistas los que han cedido. Esta semana pasada, Roma dio marcha atrás en estas medidas y anunció un presupuesto conforme a las líneas guía establecidas por Bruselas. Suena como un ‘flashback’ de Atenas en 2015, cuando los populistas griegos se vieron forzados a poner en marcha el mismo programa contra el que habían hecho campaña.

Gran Bretaña sigue siendo un tema más complicado, pero la trama básica es que cada vez que el país se acerca a un auténtico Brexit, se echa atrás, apabullado por los costes. La primera ministra Theresa May ha intentado llevar a cabo un Brexit suave, y mientras el compromiso le ha valido el desprecio de los Brexiteers de línea dura, estos no pueden derrocarla. Tal vez no quieren porque entonces serían ellos quienes cargarían con la tarea imposible de May. Los promotores del Brexit le vendieron al país la fantasía de que podían tener los beneficios del acceso al mercado de la Unión Europea sin el coste de tener que obedecer sus reglas. Según pasa el tiempo, más y más británicos se están dando cuenta de que no pueden estar en misa y repicando.

Y finalmente, miren Estados Unidos, donde manda un presidente que abraza orgullosamente el populismo y el nacionalismo. En noviembre, el Partido Demócrata tuvo sus mayores avances en la Cámara de Representantes desde la ola del Watergate en 1974. El presidente Trump ha tenido que hacer frente a renuncias adicionales de importantes miembros de su administración, algunos bajo sospechas éticas, otros cansados del caos. Y lo más importante, ahora hay 17 investigaciones diferentes sobre Trump y sus asociados, algunas de las cuales ya han producido imputaciones. Y eso no incluye la serie de investigaciones del Congreso que sin duda van a iniciarse en cuanto los demócratas tomen el control de los comités clave en la Cámara de Representantes.

Durante dos años, los republicanos han gobernado Washington, lo que les daba el control de toda la información de las fuentes gubernamentales y todos los poderes de citación y supervisión. Eso se acaba el 3 de enero.

No quiero minimizar la ola populista que sigue azotando Occidente y otras partes del mundo. Pero la preocupación no debe dar paso a la desesperación. Hay mucha gente en cada país que se opone a las políticas de la rabia y la identidad. También son fuertes. Necesitan moverse rápido, pero no entrar en pánico.

El GPS global

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