Tenemos una visión lúgubre del mundo de hoy... pero en realidad va mejor que nunca

Existe una percepción generalizada de que las cosas ya no van tan bien como antes. Sin embargo, los datos nos dicen lo contrario, especialmente a nivel global

Foto: Asistentes al pleno de clausura del Foro Económico Mundial de Davos, el 25 de enero de 2019. (EFE)
Asistentes al pleno de clausura del Foro Económico Mundial de Davos, el 25 de enero de 2019. (EFE)

Este año el Foro Económico Mundial (o Foro de Davos), más que de costumbre, generó una animada ronda de vapuleo a las elites, algo que se ha convertido en la postura política de moda tanto en la derecha como en la izquierda. Por un lado, el presidente Trump y los presentadores de Fox News arremeten contra el 'establishment' sin contacto con la realidad y que, según ellos, han llevado a pique las cosas. Por otro lado, los izquierdistas denuncian a los millonarios y billonarios que, según la frase de un autor, “han roto el mundo moderno”.

Subyacente a esas críticas gemelas reside una visión lúgubre de la vida moderna, percibida como un orden global disfuncional que produce salarios estancados, una creciente inseguridad y una degradación ambiental. Pero ¿es realmente cierto este retrato? ¿Lo estamos haciendo tan mal que necesitamos volver a sacar las guillotinas?

Respecto al indicador más sencillo e importante, los ingresos, es en realidad una historia de progreso asombroso. Desde 1990, más de 1.000 millones de personas han salido de la pobreza extrema. El porcentaje de la población global viviendo en esas terribles condiciones ha pasado del 36% al 10%, el más bajo en toda la historia registrada. Esto es, como señala el presidente del Banco Mundial Jim Yong Kim, “uno de los grandes logros de nuestro tiempo”. La desigualdad, desde una perspectiva global, ha declinado de forma dramática.

Y todo esto ha pasado sobre todo porque muchos países -como China, la India y Etiopía- han adoptado políticas más favorables al mercado, y los países occidentales les han ayudado con acceso a mercados, asistencia humanitaria y condonación de préstamos. En otras palabras, políticas apoyadas por esas mismas elites.

Miren cualquier indicador desde una perspectiva global y las cifras son abrumadoras. La tasa de mortalidad infantil ha caído un 58% desde 1990. La malnutrición ha bajado un 46%, y las muertes maternas -mujeres fallecidas al dar a luz- se han desplomado un 43% en más o menos el mismo período.

Sé la respuesta que darán algunos a estas estadísticas. Estas cifras se refieren al mundo en general, no Estados Unidos. Las cosas pueden haber mejorado para los chinos, pero no para los habitantes de los países ricos. Ese sentido de “injusticia” es sin duda lo que alimenta la agenda del “América Primero” de Trump y mucha de la cólera de la derecha en el sistema internacional. (De forma más desconcertante, la izquierda, tradicionalmente preocupada por los pobres entre los pobres, se ha convertido también en crítica de un proceso que ha mejorado las vidas de al menos mil millones de las personas más empobrecidas del mundo).

El presidente Donald Trump participa en un mitin de Make America Great Again el 2 de octubre de 2018, en el Landers Center, en Southaven, Mississippi. (EFE)
El presidente Donald Trump participa en un mitin de Make America Great Again el 2 de octubre de 2018, en el Landers Center, en Southaven, Mississippi. (EFE)

Al criticar el estado actual de las cosas, es fácil remontarse a algún viejo orden nostálgico, el mundo moderno antes de que las elites actuales “lo rompieran”. Pero ¿cuándo fue esa edad dorada? ¿En los años 50, cuando las leyes racistas de Jim Crow regían en Estados Unidos y las mujeres apenas podían trabajar como poco más que costureras y secretarias? ¿En los años 80, cuando dos tercios del planeta se estancaban bajo el socialismo, la represión y el aislamiento? ¿Qué grupo de elites -reyes, comisarios, mandarines- dirigían el mundo mejor que nuestra amalgama actual de políticos y ejecutivos de negocios?

Incluso en Occidente, es fácil dar por sentado este asombroso progreso. Vivimos más, el aire y el agua están más limpios, el crimen ha caído, y la información y las comunicaciones son virtualmente gratuitas. Económicamente, ha habido ganancias, aunque, de forma crucial, no han sido distribuidas de forma igualitaria.

Pero ha habido mejoras monumentales en términos de acceso y oportunidad para grandes segmentos de la población que habían sido bloqueados y empujados hacia abajo. En Estados Unidos, la brecha entre la finalización de los estudios de secundaria entre negros y blancos casi ha desaparecido. La brecha de pobreza entre negros y blancos se ha reducido (aunque sigue siendo inquietamente grande). La educación superior entre hispanos se ha disparado. La brecha de género en salarios entre hombres y mujeres se ha estrechado. El número de directoras ejecutivas en las 500 principales empresas de la lista Fortune ha pasado de 1 a 24 en los últimos 20 años. La participación femenina en las legislaturas nacionales de los países miembros de la OCDE casi se ha doblado en el mismo período. Ningún país permitía el matrimonio del mismo sexo hace dos décadas, pero hoy lo hacen más de 20. En todas estas áreas queda mucho por hacer, en cada una de ellas ha habido un progreso impactante.

Entiendo que importantes segmentos de la clase trabajadora occidental están bajo gran presión, y que a menudo se sienten ignorados y abandonados por el progreso. Debemos encontrar formas de darles más apoyo económico y dignidad moral. Pero investigaciones exhaustivas muestran que parte de su malestar viene de ver una sociedad en la que estos otros grupos ganan espacio, cambiando la naturaleza de un mundo en el que habían disfrutado de un estatus cómodo.

Tras 400 años de esclavitud, segregación y discriminación en Estados Unidos, los negros han ido mejorando su situación. Tras miles de años de ser tratadas como subordinadas estructurales, las mujeres están logrando ahora una igualdad genuina. Antaño considerados criminales o desviados, los gays pueden finalmente vivir y amar libremente en muchos países. El hecho de que esos cambios puedan crear malestar a algunas personas no es motivo para detenerlos, ni para olvidar que eso representa un progreso humano profundo y duradero que deberíamos celebrar.

El GPS global

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