La polarización en EEUU le está pasando factura a su credibilidad internacional

El errático comportamiento de la Administración Trump hace que cualquier negociador extranjero se pregunte seriamente si tiene sentido llegar a un acuerdo que tal vez nadie quiera cumplir

Foto: El presidente estadounidense Donald Trump durante la rueda de prensa tras el fracaso de la cumbre de Hanoi, el 28 de febrero de 2019. (Reuters)
El presidente estadounidense Donald Trump durante la rueda de prensa tras el fracaso de la cumbre de Hanoi, el 28 de febrero de 2019. (Reuters)

Parece que el presidente Trump ha decidido que un mal acuerdo con Corea del Norte es algo peor que ningún acuerdo, una conclusión razonable que sugiere que él y su equipo estaban enfocando este importante asunto con la seriedad que merece. Uno de los desafíos respecto a Corea del Norte es intentar conseguir un acuerdo que blinde cualquier concesión desde el principio, porque la historia nos enseña que Pyongyang no cumplirá, ni implementará completamente o hará honor a sus compromisos. Pero, siendo justos, Estados Unidos tampoco tiene un expediente maravilloso a la hora de honrar sus propios compromisos.

Durante una negociación,s iempre es útil ponerse en la piel del otro. Si usted fuese un estadista norcoreano, seguramente estudiaría el último acuerdo internacional importante negociado y firmado por un presidente estadounidense: el pacto nuclear iraní. A cambio de la eliminación del 98 por ciento del material fisible de Irán, miles de centrifugadores y su reactor nuclear en Arak, así como de la instalación de cámaras e inspectores por todas partes, Estados Unidos aceptó dejar de aplicar las sanciones contra Irán y permitir a las empresas occidentales hacer negocios con el país.

Pero incluso durante la Administración del presidente Barack Obama, Irán nunca logró demasiado acceso al sistema económico internacional. El ministro de Exteriores Mohammad Javad Zarif me contó en varias ocasiones que, pese al lenguaje del acuerdo, la Administración Obama apenas aprobó ninguna transacción entre Irán y Estados unidos. Y una vez que Trump tomó posesión, su Administración empezó a minarlo activamente e incluso a violarlo, presionando a los países europeos para que boicoteen a Irán y usando el poder del dólar para congelar cualquier negocio con el país. De forma nada sorprendente, el apoyo al acuerdo dentro del propio Irán, que estaba por las nubes, ha recibido un serio golpe.

O piensen en cuando Libia aceptó en 2003 “revelar y desmantelar” sus armas de destrucción masiva, y lo cumplió. A cambio, la Administración del presidente George W. Bush prometió ayudar a Libia a “recuperar un lugar seguro y respetado entre las naciones” y se comprometió a “unas relaciones mucho mejores” con Estados Unidos. Bush sugirió que EEUU trabajaría para convertir Libia en “un país próspero”. Casi nada de esto sucedió, por supuesto, y varios años más tarde la Administración Obama ayudó a derrocar al régimen de Muamar Al Gadafi. No estoy discutiendo aquí los méritos de la intervención en Libia, pero si eres un negociador norcoreano y Washington te promete garantías de seguridad, es posible ver esta parte de la historia como algo relevante y preocupante.

Si los norcoreanos examinan de forma honesta su propia historia de negociaciones con Estados Unidos, reconocerán que han mentido, engañado y roto promesas repetidamente. El comportamiento de Washington no es ni remotamente tan taimado, pero también hizo promesas a Pyongyang que nunca se mantuvieron.

Imágenes de satélite de la planta nuclear norcoreana de Yongbyon, en julio de 2017. (Reuters)
Imágenes de satélite de la planta nuclear norcoreana de Yongbyon, en julio de 2017. (Reuters)

En 1994, Corea del Norte aceptó detener las operaciones en sus instalaciones nucleares de Yongbyon y que inspectores monitorizasen el combustible utilizado. Yongbyon iba a ser destruido. A cambio, Washington “avanzaría hacia la normalización plena de relaciones políticas y económicas” y daría a Corea del Norte dos reactores de agua ligera, más combustible pesado.

Corea del Norte dio la mayoría de esos pasos que se habían bosquejado. Pero como ha señalado el académico Leon V. Sigal en el portal especializado 38North.org, Washington se movió despacio en sus compromisos, sin llegar a proporcionar nunca los reactores de agua ligera ni suministrando el combustible a tiempo. Solo hacían falta pasos modestos para normalizar las relaciones. Pyongyang dejó claro que si EEUU no cumplía con su parte del rato, abandonaría sus propias obligaciones. Aún así, la Administración del presidente Bill Clinton no respondió, y Corea del Norte empezó a violar el acuerdo. Cuando la Administración Bush llegó al poder, abortó todo el proceso y pasó a una línea mucho más dura contra Corea del Norte.

Estos pasos dados por EEUU son parte del entorno político hiperpolarizado del último cuarto de siglo. Durante la Guerra Fría, la mayoría de los acuerdos y compromisos internacionales contraídos por un presidente iban a ser casi con certeza mantenidos por sus sucesores. Aunque muchos republicanos se oponían al presidente Harry S. Trump en el tema de la OTAN y la ayuda exterior, el partido no intentó revertir ese camino y arruinar esas políticas una vez en el poder. Aunque el candidato Bill Clinton criticó amargamente la política exterior de George H.W. Bush, es difícil encontrar un área donde se produjese una desvinculación significativa una vez que se convirtió en presidente.

Comparen eso con la atmósfera actual. Trump se ha retirado del acuerdo nuclear con Irán, del acuerdo de París sobre el clima y la Asociación Trans-Pacífica, y ha cuestionado el valor general de la OTAN. Ha mostrado repetidamente que ve cualquier decisión adoptada por su predecesor inmediato como mínimo como errónea, y a menudo traicionera.

Si usted fuese un negociador norcoreano, se estaría preguntando sin duda si un acuerdo alcanzado con la Administración Trump será cumplido o implementado adecuadamente por sus sucesores. Y estaría en lo correcto al hacerlo. La amarga polarización de Estados Unidos en su propia casa le está cobrando un precio a la credibilidad y a la consistencia de la nación en el extranjero.

El GPS global

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