Cómo Donald Trump convirtió el Partido Republicano en el Soviet Supremo

El gobierno de Trump se comporta como la Agencia de Planificación Central, otorgando exenciones arancelarias para favorecer arbitrariamente a ciertas compañías e industrias

Foto: El presidente estadounidense Donald Trump. (EFE)
El presidente estadounidense Donald Trump. (EFE)

Los republicanos han marchado en defensa de Donald Trump con un vigor y ferocidad que incluso pudiera haber sorprendido al propio presidente. Hace solo unos años, muchos de ellos sugirieron que no era un ‘republicano’ real del partido y, ciertamente, no un conservador. Pero ahora los republicanos aman a Trump y grupos conservadores puristas, como los ‘Tea Party Patriots’, ‘FreedomWorks’ y el ‘Club for Growth’ están movilizando a sus millones de seguidores para luchar por el magnate inmobiliario.

¿Por qué? La respuesta más habitual es que Trump ha conseguido resultados tangibles para la agenda republicana, que cuando miras más allá del circo y el histrionismo, el presidente ha sido un conservador cabal y confiable. Y, aunque esto es innegable en ciertas áreas, se reduce mayormente al ámbito de la política social y cultural -nombramiento de jueces, endurecer el acceso al aborto, el asilo, la inmigración, etc. Pero en eso que los Republicanos solían considerar el pilar central de su agenda -un gobierno limitado- Trump ha sido profundamente anti conservador.

Tomemos por ejemplo la situación que dio origen al ‘tea party’: la descontrolada deuda de Estados Unidos. Fue la perspectiva de un alivio hipotecario para propietarios lo que inició el movimiento, pero la cuestión de fondo siempre fue el peligro del gasto y el déficit. Según el sitio FiveThirtyEight, en 2011, hubo más de 8.000 menciones al déficit durante las audiencias parlamentarias. “En esta generación, una responsabilidad definitiva del gobierno es reconducir a nuestra nación fuera de la crisis de deuda mientras todavía hay tiempo”, dijo el futuro líder de la Cámara Baja Paul D. Ryan en 2012.

En su primer año de mandato, Trump, con la inestimable ayuda de un Congreso y un Senado republicanos, disparó el déficit estadounidense con un recorte fiscal que infló el déficit este año a cerca de 1 billón de dólares, al que habrá que agregar 2 billones más en los próximos diez años. La hipocresía de los republicanos sobre el déficit -del que solo se preocupan cuando los demócratas están en el poder- ha sido señalado con frecuencia en el pasado. Pero lo que es más sorprendente es que este abandono del gobierno limitado y el conservadurismo es parte de una reconfiguración más profunda del conservadurismo en sí mismo.

El gobierno de Trump se ha comportado como la Agencia de Planificación Central

Trump ha sumado ahora más de 88.000 millones de dólares en forma de aranceles, según la conservadora 'Tax Foundation' -a pesar de que el presidente dice que los aranceles son impuestos sobre bienes extranjeros pagados por consumidores estadounidenses). Esto ha tenido el efecto de reducir el producto interno bruto y dañar los salarios estadounidenses. Incluso el Gobierno reconoce los problemas creados por sus guerras comerciales, respondiendo a una mala política con otra: subsidios masivos para los afectados. Los granjeros han sido golpeados muy duro, pero Trump explicó recientemente que no pueden estar muy enfadados con él porque “les di 12.000 millones (en 2018) y les di 16.000 millones este año”. Eso deja en agua de borrajas los 12.000 millones de dólares que le costó el rescate automotriz de 2009 al gobierno federal.

Recuerden que la ideología de libre mercado nació en oposición, precisamente, a los aranceles, el proteccionismo y el mercantilismo, que era el foco de escritores como Adam Smith y David Ricardo. Durante décadas, los conservadores como Margaret Thatcher y Ronald Reagan evangelizaron al mundo en las virtudes del libre comercio. Pero quizás incluso más, creían en la idea e que los gobierno no deberían escoger ganadores y perdedores en la economía -una idea tan fundamental para los republicanos que Trump la tuiteó en 2015 poco después de anunciar su candidatura-.

Sin embargo, el gobierno de Trump se ha comportado como la Agencia de Planificación Central, otorgando exenciones arancelarias para favorecer a ciertas compañías e industrias, mientras que las rechaza para otras. Salmón, bacalao, Biblias y químicos para fractura hidráulica o 'fracking' están entre los productos que han esquivado los impuestos, por ahora. Las exoneraciones son temporales, por lo que las compañías tienen que volver a pedirlas cada cierto tiempo.

En el más puro estilo soviético, lobbistas, abogados y ejecutivos corporativos hacen cola para recibir audiencia de funcionarios gubernamentales para obtener esas valiosas exenciones, que son adjudicadas en un proceso opaco -en ocasiones, aparentemente por el propio Trump-. Inicialmente tuiteó que Apple no obtendría una, pero después de un encuentro con su consejero delegado Tim Cook, se la otorgó. Todo este favoritismo encaja bien con el deseo de Trump de meterse más en política industrial, una diseñada para favorecer su agenda personal y no los intereses económicos nacionales.

El consejero delegado de Apple, Tim Cook, con el presidente Trump. (Reuters)
El consejero delegado de Apple, Tim Cook, con el presidente Trump. (Reuters)

Trump ayuda consistentemente a compañías y trabajadores en estados electorales clave que espera ganar en 2020. Instó a la Autoridad del Valle de Tennessee a reconsiderar el cierre de una planta eléctrica que compra carbón de uno de los mayores donantes de Trump. Cuando decide que no le gusta una compañía o su consejero delegado, como Jeff Bezos, los ataca por su nombre. Amazon se queja de que fue injustamente rechazada para un contrato del Departamento de Defensa valorado en 10.000 millones de dólares por esta razón (Bezos, el fundador y consejero delegado de Amazon, es el dueño del Washington Post).

Un elemento central que solía definir al Great Old Party republicano -la economía- se ha convertido hoy día en planificación estatal y capitalismo corrupto. Y eso es lo que los llamados conservadores apuestan por defender con uñas y dientes.

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