Lo que Barack Obama no contó en sus memorias

En sus memorias, Obama deja un vacío: el auge de una oposición furiosa, obstruccionista y maniquea a su presidencia y a su persona que, eventualmente, culminó con la elección de Trump

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La primera vez que conocí a Barack Obama, me pareció diferente de todos los políticos que había conocido. Era inteligente, leído y enérgico, pero no fue nada de eso lo que me llamó la atención. Fue la forma en la que planteaba sus preguntas. La mayoría de los políticos hacen preguntas para responderlas ellos mismos. Después de darte un breve tiempo para responder, saltan con un "bueno, lo que yo opino...", y proceden a soltarte algún sabio consejo empaquetado que, sin duda, ha recitado una docena de veces antes. Pero Obama te preguntaba sobre algo que realmente quería saber. Escuchaba y hacía otra pregunta. Genuinamente quería comprender cómo la otra persona veía el asunto.

Ese político inusual se muestra en su nuevo libro, 'Una tierra prometida'. Está bien escrito, ciertamente la memoria presidencial mejor escrita que he leído. Obama tiene una forma sencilla y con estilo de usar las palabras. Así describe caminar a través de la columnata oeste de la Casa Blanca: "Era donde cada mañana sentía el primer golpe de viento invernal o el pulso del calor estival". Describiendo un viaje en helicóptero, escribe: "Miré fuera al paisaje en movimiento de Maryland y sus ordenados vecindarios; y después el Potomac, reverberante bajo el sol desvaneciéndose".

Pero el elemento más notable del libro es la habilidad de Obama, no ya para ver los dos lados de cada asunto, sino para empatizar con el bando que se opone vigorosamente al suyo propio. Escribe que podría entender la frustración de Hillary Clinton, tras una larga escalada hacia el poder, enfrentar un rival advenedizo por la nominación de los Demócratas. Entiende las motivaciones de los líderes republicanos, como John Boehner y Mitch McConnell, y aporta una breve lección histórica: "Los americanos rara vez recompensan a la oposición por cooperar con el Gobierno". Incluso tiene un "respeto a regañadientes" por la forma en la que el 'Tea Party' ganó apoyos apasionados y enorme cobertura informativa.

Esta capacidad de imparcialidad mental es admirable en cualquier persona, especialmente en una que ha llegado a lo más alto de una profesión despiadada como la política. Y le dio a Obama unas ventajas considerables, tanto en su política doméstica como internacional. Él podría ver el mundo con los ojos de gente diferente, lo que ampliaba sus horizontes y lo hacía un mejor negociador. Pero en sus memorias Obama deja un vacío, una laguna en su visión, tanto como presidente y como escritor. Emplea poco tiempo en el libro para la principal dinámica política de sus años en el poder: el auge de una oposición furiosa, muy obstruccionista y maniquea a su presidencia y a su persona que, eventualmente, culminó con la elección de Donald Trump.

Un recordatorio: Barack Obama fue un demócrata moderado —"con un temperamento conservador", reconoce— y así gobernó. Como sus consejeros económicos clave, eligió a los expertos centristas y promercado, Lawrence Summers y Timothy Geithner. Mantuvo el secretario de Defensa de George W. Bush y ofreció otro puesto en su gabinete, el del secretario de Comercio, al senador republicano Judd Gregg. Envió miles de tropas más a Afganistán y amplió las ofensivas con drones. Su plan de salud estaba moldeado sobre una vieja propuesta de la fundación conservadora Heritage Foundation, la misma que sirvió para el programa electoral de Mitt Romney cuando era gobernador de Massachusetts.

Este mandato de moderación y negociación, sin embargo, provocó una reacción furiosa y vengativa por parte del Partido Republicano. Gregg, quien inicialmente había aceptado la cartera de Comercio, tuvo que retractarse ante la indignación que proveía al rival. Obama recuerda el caso de Charlie Crist —quien como gobernador de Florida apoyó los estímulos de Obama—, que el estado desesperadamente necesitaba porque su economía está en caída libre. Su apretón de manos de dos segundos y un abrazo con Obama lo convirtió en un apestado en el Partido Republicano a tal punto que tuvo que convertirse en independiente y, más tarde, demócrata.

A pesar de sus muchas cesiones, Obama no logró ni un voto republicano para sus leyes de estímulo económico o sanidad en la Cámara de Representantes. Y la oposición a sus políticas estaban a menudo formuladas de forma racista, como pósteres criticando 'Obamacare' con caricaturas del presidente como un doctor africano con un hueso atravesando su nariz. El hombre que le sucedió en el cargo, Trump, logró prominencia política planteando dudas sobre si Obama nació en Estados Unidos.

Obama habla sobre estas reacciones histéricas de forma inteligente pero breve, sin ofrecer un análisis profundo o una ira apasionada. Admite que no estaban centrados en el ominoso trasfondo que ganaba fuerza. "Mi equipo y yo estábamos muy ocupados", escribe. Pero también podría ser que no quisiera hablar de algo que lo llevara a aguas profundas y oscuras tan diferentes del país optimista y lleno de esperanza en el que tanto quiere creer. América sigue siendo para él una tierra prometida.

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