Porno, cerditos y honor en Pakistán

La ley del silencio pesa sobre las violaciones sexuales en Pakistán, donde es más grave un desnudo que el abuso sexual. Donde se prohíbe el porno pero no hay educación sexual

Foto: Niños juegan con armas de juguete en la celebración de ruptura del ayuno tras el ramadán en Peshawar, Pakistán. (EFE)
Niños juegan con armas de juguete en la celebración de ruptura del ayuno tras el ramadán en Peshawar, Pakistán. (EFE)

"El patriotismo verdadero consiste en aceptar los problemas sociales de tu país, denunciarlos y trabajar para solucionarlos". @reformistan

Dos minutos veintitrés segundos. Eso dura un infierno. Dos minutos veintitrés segundos dura el video de la violación del hijo de Rahim. Dos minutos veintitrés segundos que acotan lo atroz: un niño de siete años al que le han destrozado la vida. Dos minutos veintitrés segundos abominables en una pantalla que cabe en la palma de la mano de un padre. Después vienen las amenazas: "O pagas o lo publicamos".

Y Rahim, indefenso, calla. En ningún momento se plantea acudir a la policía: carece de pruebas y denunciar validaría el hecho, lo que traería deshonor a la familia.

Opta por el silencio, opta por un sosiego artificial que le impide hablar con su hijo o mirarle a los ojos. Pesa más la naturaleza sexual de lo acontecido que la violencia o el sufrimiento. Al día siguiente empieza a vender su ganado y en una semana consigue pagar la suma requerida.

Sin embargo el video es finalmente publicado. En 2015 se destapa la existencia de una mafia de pornografía infantil en Kasur, en la provincia de Punjab, de la que unos 300 niños son víctimas.

Las agencias de derechos humanos del país denuncian y presionan, pero las víctimas carecen de recursos y los agresores son ricos y poderosos. Algunas familias prefieren guardar silencio, no quieren que nadie sepa que sus hijos han sido violados. "En Pakistán la gente no recuerda al agresor, se recuerda a la víctima", afirma M. Waqil, doctor en medicina y activista. "Toda una familia pasa a estar manchada por el estigma de la violación y eso supone que encontrar trabajo o casarse sea prácticamente imposible en las áreas rurales".

El poder de la mirada de los otros perpetúa un status quo extenuante, perpetúa la tendencia ridícula a fingir limpieza incluso cuando la porquería inunda cada rincón de la sociedad. Así se forja el caldo de cultivo ideal para convertir a una tierra en paraíso de vándalos y sinvergüenzas.

"Si el honor de la familia requiere esconder el daño, maquillarlo, disimularlo, entonces habrá que acabar con el honor", sugiere M.Waqil. "Si lo sagrado consiste en el perpetuo sacrificio, erradiquemos lo sagrado".

La sórdida ilegalidad

Pakistán es un país devorado por su propia hambre de salvación. Tiene un gobierno que castiga ideologías e instintos y trata de convertir a sus ciudadanos en súdbitos. La producción de porno es ilegal. También lo es el consumo. Sin embargo, las estadísticas no engañan: ya en 2015 Pakistán formaba parte de los diez países con más visitas a páginas pornográficas.

Pero no sólo el porno es ilegal: a finales de julio de 2020, se prohibieron un centenar de libros que propagaban contenido “antiislámico” o “antipakistaní”. Al mismo tiempo, en la administración de Punjab, se votó de forma unánime la creación de una ley que permitiría censurar todas aquellas obras “inmorales”: desde un libro de matemáticas infantil en el que aparecen dibujados tres cerditos, hasta libros que contuviesen cualquier referencia susceptible de amenazar la integridad moral e ideológica del país, incluidas todas aquellas obras en las que el nombre de Mahoma no fuese acompañado de la adecuada deferencia.

Mientras los cerditos son censurados, Pakistán lídera el ranking de pornografía infantil. Qué ironía. Un país obsesionado con la pureza extrema, un gobierno de tendencias fundamentalistas que no tolera la representación de un cerdo o del deseo sexual, y que a la vez alberga en sus calles a alrededor de 1.5 millones de niños sin hogar, de los cuales un 90% han sufrido abusos sexuales y entre cuyos depredadores se encuentran miembros privilegiados de la sociedad, oficiales de policía y líderes religiosos.

Una mujer y su hijo durante la celebración del final de la Ashura, una festividad chií. (EFE)
Una mujer y su hijo durante la celebración del final de la Ashura, una festividad chií. (EFE)

"Tenía unos once o doce años y unos hombres del mercado abusaban de mí a diario", relata R.Rajput, estudiante. "Un día un policía les amenazó con arrestarles y les hizo pagar. Pensé que estaba a salvo. Sin embargo el policía comenzó a violarme y a amenazarme con publicar las fotos que me hacía con su teléfono móvil".

Unos trabajadores sociales encontraron a Rajput herido en la calle una mañana y le llevaron a un hospital, de allí fue llevado a un refugio. "Sé que mi salvación fue excepcional", afirma Rajput. "Por eso cuento mi historia, por los miles de chicos que jamás saldrán de las calles, que son violados casi a diario".

El porno infantil es una aberración para la sociedad pakistaní por ser porno, no por ser infantil

Imran Khan, el presidente del país, propuso en septiembre de este año que los violadores y pedófilos fueran ahorcados en público. Se trató de un intento desesperado más de tratar de mostrar que se están haciendo cargo de un problema que no requiere sólo de castigos extremos y condena, sino de una reforma radical en la educación y de la ejecución de medidas efectivas y reales contra la corrupción.

La pornografía infantil se extiende fácilmente gracias a la falta de regulación. El marco legal hace aguas dando pie a que la desnudez y una violación estén al mismo nivel de ilegalidad. El porno infantil es una aberración para la sociedad por ser porno, no por ser infantil.

"Muchas de las víctimas no saben que están siendo grabadas", afirma Yassin, psicólogo basado en Islamabad. "Se filtran incluso videos de violaciones. En el portal Pornhub se puede encontrar material grabado en Pakistán. No es difícil dar con contenidos en los que la edad de los participantes o el consentimiento son cuestionables".

Educación sexual en tierra de tabúes y silencio

Nika se casó a los quince años. No tenía conciencia de piel. Se casó a los quince años y su primera relación sexual fue traumática: "Ambos éramos vírgenes y no sabíamos qué hacer", relata. "De aquella noche solo recuerdo dolor y lágrimas. Mi marido dijo que había visto videos y que yo no lo estaba haciendo bien. Aquella frase formó parte de mi matrimonio los primeros tres años. Durante el sexo aprendí una cosa tremendamente animal que me salvó la vida: a hacerme la muerta. Así no dolía".

Mantener un pacto social que condena la sexualidad no solo da pie a violaciones y abusos. Forma adultos que no conocen su cuerpo.

Miles de mujeres son violadas sistemáticamente dentro de sus matrimonios y lo aceptan porque no se reconocen víctimas, no saben discernir qué es el consentimiento. "Cuando cumplí dieciocho años emigramos a Canadá", prosigue Nika. "En Canadá aprendí dos cosas esenciales:

Estaba casada con un violador.

El orgasmo era también patrimonio de la mujer.

Comencé a estudiar medicina y mi marido intentó obligarme a dejar la carrera porque encontró un dibujo de un pene en un libro de anatomía. Dejé a mi marido. Mi familia me cerró las puertas y mi propia madre dejó de cogerme el teléfono. Perdí todo para ganarme a mí".

Mujeres pakistaníes de la zona rural de Hyderabad, Pakistán. (EFE)
Mujeres pakistaníes de la zona rural de Hyderabad, Pakistán. (EFE)

Bajo la apariencia puritana, la vida cotidiana de los jóvenes es muy distinta; se las ingenian,a pesar de las prohibiciones, para acceder a materiales pornográficos de manera relativamente fácil. El problema es que el sexo en la red está cargado de violencia. El porno en Pakistán es agresivo y muchas veces criminal. No hay cabida para la ternura y la fantasía; los jóvenes se encuentran con relaciones sexuales que suceden en un estado tremendo de ansiedad.

Nika regresó a Pakistán para trabajar como ginecóloga y tratar de que sus pacientes tuvieran el acceso a la educación sexual que ella tanto echó en falta. "Hay que tomar muchos pasos antes de hablar de legalizar el porno en Pakistán. Porque para que haya una industria respetuosa hay que contar con una sociedad sana", opina. "El porno debería estar en la esfera de lo ficcional y entenderse como tal; en Pakistán antes debemos trabajar la realidad, la anatomía, la fisiología. Tengo alumnos de medicina que la primera vez que ven los genitales del sexo opuesto apartan la mirada, pero la aguantan cuando se enfrentan a un muerto con un tiro en la cabeza".

Las redes sociales como agentes transformadores

Las redes sociales son campo de batalla. En las redes sociales miles de jóvenes pakistaníes se sirven del anonimato para derribar mitos, cuestionar prácticas culturales y proclamarse libres de elegir identidad y fe. Miles de jóvenes encuentran cobijo en el complicado mundo tecnológico. Hay quienes comparten sus historias personales buscando consuelo o comprensión, otros luchan activamente desde cuentas educativas y radicalmente necesarias como el caso de @reformistan o @feministan.

"Deseamos reformar nuestra sociedad abordando nuestros problemas sociales desde el desaprendizaje del odio, los prejuicios, el patriarcado y la discriminación", explican los responsables de Reformistan. "La pornografía infantil y la cultura de violación muestran el fracaso de nuestros sistemas policiales y legales para implementar las leyes necesarias. Las medidas habrían de llegar antes de que haya miles de niños asesinados y violados, necesitamos de un sistema eficiente y libre de corrupción".

Desde su cuenta hablan también del silencio frente a las propuestas de educación sexual y consentimiento. "En Nigeria las violaciones se han reducido en un 51% gracias a la implementación de la educación sexual", añaden. "Es un método que funciona, pero decidimos ignorarlo por completo. Parece que Pakistán está obsesionado con encontrar castigos, en vez de interesarse por las soluciones a largo plazo".

Otras cuentas son pequeños cuartos propios en los que se comparten historias y esperanza:

"Cada vez que mi tío entraba en casa debía cubrirme el cabello, porque era obsceno", escribe Asma. "Cada vez que mi tío me violaba, debía callar, porque nombrar la violación era obsceno. Mi tío era la persona que me grababa con su móvil cuando estaba desnuda, pero sí veíamos la televisión en familia cambiaba el canal cuando encontraba películas de Bollywood u occidentales, porque eran obscenas. Ahora tengo 19 y jamás he hablado de esto con mi familia, tampoco he denunciado, pero estudio para ser independiente y entonces sí, entonces hablaré".

En Nigeria las violaciones se han reducido en un 51% gracias a la implementación de la educación sexual

Esa es la norma cultural: el sexo no se puede mirar de frente, ha de sufrirse en silencio. Los hijos no ven a los padres besarse, pero ven violencia simulada en la televisión. Un niño no puede tener un cerdito de peluche pero sí una pistola.

Y en esta cultura irrumpe la juventud cruda, que reconoce que el cambio no es amenaza, que entiende la religión como algo personal e íntimo y no como un asunto de Estado, que lucha por los derechos de las minorías, que condena el abuso. Que recuerda que en el Islam el sexo no solo sirve a la procreación, sino que es también fuente de placer y satisfacción. Jóvenes que reclaman la dimensión carnal del ser humano como derecho.

El futuro del cambio de Pakistán está en las redes: la educación sexual, la tolerancia, la libertad de pensamiento y fe, son luz que se vierte mediante 'stories' y 'tweets'. Quizá por eso el gobierno corrupto luche por limitar su existencia. Es esperanzador reconocer que detrás de la publicación de una historia negativa hay alguien que se ha atrevido a hablar, un periodista que cree en el poder de la palabra para afectar.

Hay un Pakistán brillante en nuestras pantallas, un Pakistán valiente y maduro, un Pakistán que hace de la autocrítica cimiento. Un Pakistán que el poder arbitrario no alcanzará a silenciar.

El velo invisible
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