Matrimonios concertados en la UE: "Podemos elegir qué estudiar, pero no nuestra boda"
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María Ferreira

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Matrimonios concertados en la UE: "Podemos elegir qué estudiar, pero no nuestra boda"

Los perfiles de los candidatos de origen indio y pakistaní con residencia europea abundan en los grupos de “matrimonios concertados” en Facebook.

placeholder Foto: Una boda multitudinaria en Nueva Delhi. Muchos de estos compromisos son concertados. (EFE)
Una boda multitudinaria en Nueva Delhi. Muchos de estos compromisos son concertados. (EFE)

“Si me hubiesen creado mis propias manos / en vez de las de dios, hubiera sido un perro pequeño / para vivir con mi madre toda la vida". Sara Khwaja

“Querida señora Chaudhry. Fue un placer conocerla a usted y a su familia. Su hijo nos dejó muy buena impresión. Hemos consultado con nuestro astrólogo y nos ha anunciado que los horóscopos de nuestros hijos, lamentablemente, no son compatibles, por lo tanto debemos rechazar la propuesta de matrimonio”.

La familia Chaudhry, residente en Walldorf (Baden-Württemberg, Alemania) y de origen indio, rechaza vía Whatsapp una propuesta de matrimonio originada en Facebook. Métodos modernos sirviendo a prácticas tradicionales.

Los matrimonios concertados son controvertidos, especialmente cuando ocurren en Europa. "Podemos elegir qué estudiar, crecemos disfrutando de todo tipo de libertades y privilegios", señala A. Malik, ingeniera informática de origen pakistaní en Alemania. "Sin embargo, no podemos elegir con quién nos casamos".

La discusión en torno a la legitimidad de este tipo de matrimonios forma parte del universo cultural que tiende a zanjar los conflictos con la frase manida de “siempre ha sido así”. "Creo que deberíamos ser capaces de identificar las prácticas culturales que violan la libertad fundamental de las personas", opina A. Malik. "Y deshacernos de ellas".

Los perfiles de los candidatos de origen indio y pakistaní con residencia europea abundan en los grupos de “matrimonios concertados” en Facebook. Los datos requeridos llaman la atención: casta, religión y color de piel, entre los más cuestionables. "Mi padre escribió sobre mí que era 'blanca', 'obediente' y de casta 'Arain', además de mi edad, peso, altura y educación", cuenta Zahira, estudiante universitaria en Reino Unido. "Bien podría estar vendiendo un perro”.

Foto: Niños juegan con armas de juguete en la celebración de ruptura del ayuno tras el ramadán en Peshawar, Pakistán. (EFE) Opinión

Son muchos los jóvenes que califican la tradición de racista, denigrante y discriminatoria. Son los padres los que eligen con base en sus cualidades y características, como si la futura pareja de su hija o hijo se tratase de un objeto.

"Por supuesto que somos los padres los que debemos elegir", defiende M. Hameed, residente en España y de origen Pakistaní. "Cuando mi hijo se case, su mujer vendrá a vivir a mi casa, así que no voy a dejar que entre alguien a intentar imponer sus normas. O mi futura nuera es sumisa y limpia o no hay nuera”. El matrimonio convertido en una suerte de herramienta para tratar de impedir la ruptura del sistema establecido.

Las nuevas generaciones tratan de plantarse y priorizar los intereses comunes y la atracción física e intelectual. No quieren tener que moldear una vida en común junto a manos extrañas. De hecho, la batalla que se libra en el ámbito doméstico es brutal. Hay un momento crucial en el que los hijos dicen: "Lo siento, Ammi (mamá), pero no pienso como tú".

Crack.

Ahí se rompe el equilibrio. Ahí empieza la desobediencia necesaria que surge de la convicción de que los límites no suponen la falta de amor o de respeto. Una grieta en la que crecer. Una grieta en la que ser libres.

"(...)Tu amor y mi amor son nada (...)". Kishwar Naheed.

"No sonrías en las fotos", me ordenó mi suegra durante mi fiesta de compromiso. "No vayan a pensar que estás enamorada". Mi matrimonio, a ojos de la sociedad indo-pakistaní de Kenia, fue concertado. Aprendimos a coexistir con el secretismo, pero el mutismo nunca supuso obediencia.

Incumplí el consejo y lo sigo incumpliendo como norma, porque mi relación con Nabil es una alegría. Ambos emprendimos un camino tortuoso, disruptivo e incómodo, pero nuestro y elegido. Y esa libertad es sagrada, celebrada y honrada. Supongo que mi sonrisa desordenada rompía la armonía en los álbumes familiares repletos de fotos de novias serias y espléndidas.

"Al reconocerse el enamoramiento se reconoce el deseo", explica Nayyar, terapeuta matrimonial de origen pakistaní. "Y el sexo es tema tabú en las últimas décadas de nuestra cultura. Uno prefiere asumir que las relaciones sexuales entre casados son fruto de la obligación marital, cuyo objetivo es la procreación, y no de la pasión amorosa. Eso se reserva para los dramas televisivos o los poemas antiguos".

El matrimonio ha de ser puro y casto, ordenado. El amor es sucio y carece de mecanismos de control. El amor desvía de la virtud, pero ¿qué es la virtud? ¿Por qué quererse mucho no puede ser virtud? ¿Por qué no la vida disfrutada? Al poco tiempo de estar casados, mi marido recibió una llamada de su tío: "Educa a tu mujer", le ordenó. No.

Entonces nuestro matrimonio pasó a ser un ejemplo de vergüenza y deshonor en los círculos familiares de Kenia y Pakistán: “No obedecen a la familia”, “No siguen la tradición”, “Eso es lo que ocurre cuando te casas con alguien que no pertenece a tu cultura”.

Vivir los matrimonios concertados desde cerca me ha permitido navegar entre silencios y recovecos. He pasado a pertenecer a un grupo de mujeres hiper vigilantes, que han de callar en público y que construyen espacios propios en los que poder disentir. Mi teléfono se ha convertido en una especie de trinchera en el que unos y otros, y en privado, se sinceran. A mí me llegan las voces sin filtro porque no tengo raíz desde la que juzgar ni honor cultural que defender.

Foto: Un niño imita a su padre durante una celebración religiosa en la mezquita de la M-30 en Madrid. (Reuters) Opinión

Recuerdo la cocina de mi suegra, en Nairobi. Yo siempre andaba relegada a la mecánica actividad de cortar las verduras con las que el resto de las mujeres hacían verdadera magia. Mientras tanto escuchaba. Aquel era el lugar sagrado en el que se discutía el destino de cada miembro de la familia. A veces mis ojos terminaban enrojecidos, por una mezcla de curry, cebolla y angustia.

Una noche, la discusión se centró en una de las jóvenes que se aproximaba a la treintena. A pesar de ser una mujer intelectualmente brillante, encantadora y sociable, carecía de material de esposa según los estándares de la sociedad pakistaní: tenía la piel oscura y sobrepeso. La familia intentó que aceptara la propuesta de un primo hermano, divorciado y maltratador, o la de un hombre de buena familia que le sacaba veinte años y sufría de esquizofrenia. Cada vez que la chica rechazaba a un candidato, su madre amenazaba: "no estás en posición de elegir, tienes que conformarte si quieres casarte".

En ocasiones los matrimonios concertados rozan el límite de "forzados". Si dices "no" te acusan de destrozar el honor de la familia, de desobedecer a los padres o incluso de ir en contra de la religión.

Un día, mi marido sugirió que el matrimonio no era necesario para ser feliz o tener éxito en la vida, quería ayudar a la joven a zafarse de la presión familiar. Así se hizo con el título de “blasfemo”, sin haber siquiera mencionado la religión. En Pakistán la blasfemia llega a estar penada con la muerte.

Recuerdo a la joven, llena de vida. Sus estudios y sus planes se ahogaron en el matrimonio impuesto. En las prisas. En el tener que conformarse. Cuando llama por teléfono ya no hablamos de futuro. Ya no me habla de libros o de viajes; ahora habla de cansancios, síntomas y familiares que mueren allá en Pakistán o en Kenia.

"(...) Pero el amor dice que debemos continuar caminando alejandonos el uno delotro (...)". Miraji.

Shumaila y Karim viven en Alemania. Ambas familias son de ascendencia pakistaní. Se conocieron y a la semana se casaron: vivían en diferentes ciudades, así que para poder encontrarse sin la vigilancia de los familiares de bíancelebrar un matrimonio religioso, a pesar de que aún no fueran a vivir juntos. "Es la única manera de poder conversar de verdad", explica Shumaila. "No puedes conocer la intimidad de una persona con tus padres paseando a vuestro lado".

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Imagen de archivo de una boda en India. (EFE)

La vida, para muchos jóvenes europeos de ascendencia indo-pakistaní es un constante desdoblarse entre la imagen que debes dar y lo que eres. Algunos lo aceptan por no perder la paz familiar. Otros crean sus propias salidas de emergencia.

"Hay quien llama después de que me haya reunido con sus padres para ofrecerme dinero a cambio de que aconseje en contra del matrimonio", cuenta L. Chatterjee, astrólogo con base en Berlín. "Entonces digo que los planetas lamentablemente no están colocados de forma favorable". Si los clientes que provienen de India creen realmente en los horóscopos, la propuesta de matrimonio se desvanece.

La soledad intelectual es un drama. Los matrimonios concertados no son fáciles de discutir fuera del círculo familiar y cultural. Aquellos que se ven presionados para aceptar una relación que no quieren, tienen dificultad para encontrar referentes o consejos imparciales.

"Tuve mi primera novia cuando ambos teníamos diecisiete", relata V. Abbas. "Pero yo sabía que era un amor prohibido y que no tenía futuro, porque no compartíamos religión, porque no compartíamos cultura y porque en mi familia no existe la posibilidad de 'salir con alguien'; existe el matrimonio, fuera de eso todo es pecado".

Pecado. Vergüenza. Deshonra. La carga opresiva de la tradición haciendo del amor patología y del matrimonio una herramienta de control.

"Somos exiliados en nuestro propio país, como animales sin alma, privados incluso del intento de hablar". Kishwar Naheed.

La estructura de los matrimonios concertados sigue siendo, en India y Pakistán, predominantemente patriarcal. "Cuando naces hija, tu futuro es el de esposa. Se te educa para complacer a tu futuro marido y a tus futuros suegros", explica Mira, abogada india.

"Accedí a conocer a un hombre elegido por mis padres", cuenta Mira. "En la primera cita, su madre me preguntó si los chapatis (pan indio) me salían decentemente redondos y me eché a reír, porque es la típica broma que hacemos entre amigas: 'Te van a rechazar por no ser capaz de preparar chapatis redondos'. La familia, de hecho, me rechazó por esa razón y por haberme reído".

Los matrimonios concertados son pura mercantilización, puro artificio. Tener hijas es un mal negocio: La dote la paga la familia de la novia a la del novio. "Las mujeres van teniendo poco a poco más control sobre sus vidas y más conciencia sobre los problemas de género”, explica Nayyar, terapeuta matrimonial. "Lamentablemente, la libertad financiera suele ser el único modo de conseguir algo de independencia, sin dinero las mujeres son víctimas del concepto de honor y de la presión familiar".

Cuesta creer que todo un subcontinente ignore su riquísima cultura sexual y haya adoptado una moral colonial, puritana y artificial. No hay más que observar los muros de los templos en India para asomarse al universo erótico. O leer poesía amorosa en urdú. Quizá echarle un vistazo a un libro de técnicas sexuales islámicas. El mismo Corán se pronuncia en contra de forzar a los hijos a casarse en contra de su voluntad.

Foto: Una familia rompe el ayuno del Ramadán en Pakistán. (Reuters)

"No puedes decir que estás enamorada porque entonces pensarán que te gusta el sexo", me confesó una de las jóvenes de mi familia política. Como si la procreación se tratara de categoría divina y no de carne.

"El amor no va en contra de nuestra cultura, como defienden nuestros padres”, dice Mira. "El amor, el sexo, forma parte también de nuestra cultura". Por eso hay que reclamar la libertad. Reclamar el derecho a amar sin la aprobación de mamá, de papá, de las vecinas y del dios colectivo. El honor de la familia no puede residir en la sexualidad de los hijos. La cultura es la gastronomía, los lazos familiares, la literatura, la arquitectura, la moda, la herencia científica.

La cultura no puede residir en el silencio impuesto, en el miedo al cuerpo, en el racismo o en el casticismo. La cultura no es el qué dirán. La cultura no debe causar que miles de jóvenes tengan que dar su primer beso de amor sintiendo que traicionan a todo su linaje.

¿Acaso solo vamos a ser capaces de amar cuando nos lo ordenen? Ojalá las nuevas generaciones sean desobedientes. Ojalá las nuevas generaciones hagan de la honestidad cultura.

"(...)Mujeres, sus ojos tristes llenos de pena, derraman furia sobre sus hijos que preguntaninocentemente (...)".

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