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China y las guerras de la meritocracia: una educación para dominar el mundo
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Susana Arroyo

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China y las guerras de la meritocracia: una educación para dominar el mundo

Un vistazo a los excesos del país más meritocrático del mundo revela que la meritocracia es un sistema bienintencionado pero plagado de trampas

Foto: Estudiantes de secundaria chinos durante la ceremonia de inicio del año escolar en Hong Kong. (Reuters/Tyrone Siu)
Estudiantes de secundaria chinos durante la ceremonia de inicio del año escolar en Hong Kong. (Reuters/Tyrone Siu)

Mi alumna Ru tiene 20 años, un historial académico perfecto y dolores constantes de estómago.

Ella los achaca a los años que pasó como alumna interna en su instituto en la provincia de Henan, sin poder sentarse nunca a comer. En la cantina no había mesas. Solo unos incómodos taburetes altos para que los alumnos apoyaran a duras penas las bandejas, deglutieran deprisa y volvieran a sus maratonianas sesiones de estudios. Enamorarse, echarse novio, llevar el pelo muy largo, o cualquier otra actividad susceptible de robar demasiado tiempo de los libros también estaba prohibida.

Foto: Colegio a las afueras de Pekín. (Reuters/Jason Lee)

Tras sufrir una infancia plagada de clases extracurriculares, sobrevivir a un internado con tareas de 7 de la mañana a 10 de la noche, Ru ha logrado por fin el sueño de sus padres: obtener una buena nota en el examen de acceso a una de las mejores universidades del país. Con esto, no solo se ha librado de la tensión de decepcionar a su familia. También ha dado un gran paso hacia un buen trabajo futuro, e incluso ha ganado muchos puntos en el estresante mercado matrimonial chino.

¿Es esta una historia con final feliz sobre las bondades de la meritocracia?

La guerra de los deberes

China es un país donde la superpoblación y la desigualdad económica campo-ciudad han conducido a niveles extremos de competitividad meritocrática. Desde el jardín de infancia, la vida de los niños se consagra a hacer exámenes, obtener los mejores resultados y garantizar el acceso a buenas universidades en ciudades importantes.
El de China es un ambiente de maternidades y paternidades intensivas, extremadamente caras tanto a nivel económico como emocional.

Es habitual que los progenitores paguen por enrolar a sus peques en colegios cuyos radicales métodos de 'estudio' rozarían los límites del maltrato en otros sistemas legales. Incontables familias han desembolsado los ahorros de una vida en comprar pisuchos patéticos en el barrio de alguna reputada institución educativa para incrementar las posibilidades de que su vástago sea admitido. La mayoría gasta sueldos completos en clases extraescolares intensivas desde el parvulario, para que los niños memoricen por anticipado todos los contenidos que luego estudiarán en las clases regulares y obtengan así una ventaja temprana sobre sus compañeros.

En este ambiente, el gobierno chino lleva varios años embarcado en una macro campaña para controlar el frenesí de los padres: limitar al máximo los deberes, prohibir las actividades extraescolares de pago, forzar el tiempo libre.

Foto: Un colegio en China. (EFE)

Entre otras acciones, en 2021 al gobierno de Pekín no le tembló el pulso al clausurar de la noche a la mañana el multimillonario negocio de la educación extracurricular. Súbitamente, nuevas leyes han obligado a las compañías a convertirse en grupos sin ánimo de lucro, prohíben la inversión extranjera y han dejado en la calle a tantísimos profesores que incluso se ha tenido que lanzar otra nueva campaña estatal para reubicarlos en otros sectores.

Madres y padres, por su parte, no están precisamente contentos. Las familias exigen más deberes a los profesores. Contactan con tutores para que acudan en secreto a sus casas a dar clases privadas. Buscan entrenadores deportivos de nacionalidades extranjeras para que los niños aprendan inglés bajo el simulacro de las patadas a un balón. Plantean mudarse al extranjero. Cualquier cosa con tal de que sus criaturas no se queden detrás de sus compañeros en la competición por obtener las mejores notas.

Siglos de selectividad y funcionariado

El frenesí que rodea la educación de los hijos en China nace de la naturaleza meritocrática de la educación y el ascenso social. En China, la pobreza rural es real y acuciante. Por eso, los alumnos se esfuerzan por pasar la selectividad (el 'gaokao') con nota suficiente para acceder a las mejores 39 universidades del país. Ahora bien, todo se remonta a otra historia mucho más antigua.

Como prueba basada en el mérito, el 'gaokao' continúa la tradición centenaria del 'keju'. Este era el sistema de examen que se usaba para evaluar a los académicos que deseaban servir como funcionarios en la China imperial. (O sea, “oposiciones a la administración pública”, lo llamaríamos hoy). Aunque el 'keju' fue abolido en 1905, su sucesor, el 'gaokao', se introdujo como una solución meritocrática para fomentar el avance académico y social en 1952, tres años después de la fundación de la República Popular comunista de China.

Foto: Los profesores Li Aiyun, Jun Yang-Williams y Hailian Zou. (BBC)

Tras un parón durante la Revolución Cultural, el 'gaokao' se reintrodujo y se promovió como la gran oportunidad para millones de jóvenes represaliados. En aquel momento, representó una apuesta estatal por el trabajo calificado y la modernización. Y, sobre todo, marcó un compromiso de evaluar a los estudiantes en función de su mérito académico, no de sus afiliaciones políticas. Aquel año, millones de personas se inscribieron en el examen, pero solo 220.000 plazas universitarias estaban disponibles. Hoy en día, aunque la prueba en sí ha evolucionado, sigue siendo una puerta de entrada al ascenso social para millones.

Más hijos y más baratos

Cuando hay tanto en juego, no resulta raro que las chinas sean las familias más competitivas del mundo. Y, sin embargo, el esfuerzo del gobierno por reducir los deberes y acabar con los excesos en la formación extraescolar no viene solo de un deseo por fomentar la felicidad entre niños y adultos. También hay mucho control social en juego.

Por un lado, ¿cuánto poder podría albergar una clase media tan numerosa como la china? ¿Y qué pasaría si estuviera formada en currículos occidentales? Durante la pandemia, con el auge de las clases online, incontables inversores extranjeros corrieron a poner sus dólares en China, atraídos por el pujante olor a dinero que parecía emanar del negocio de la educación extraescolar. Un año más tarde, el gobierno de Pekín respondió con la prohibición de que las empresas de formación en materias curriculares tengan inversión extranjera. De paso, aseguró un control más centralizado sobre los contenidos que estudian las nuevas generaciones.

Foto: Alejandro Vázquez y sus alumnos universitarios.

Por otro lado, uno de los objetivos más claros del gobierno en todo esto es abaratar las maternidades y paternidades. Es sabido que, en el 2021, el estado chino dio un volantazo en su política de natalidad, pasando del control a la promoción de las familias numerosas. Pero la respuesta social fue fría. Ante el llamado a tener un segundo o incluso tercer bebé por el bienestar de la patria, la mayoría de las parejas respondieron con una queja: criar hijos en China es demasiado caro. Por eso, reducir el estrés económico de los padres que sienten que sus hijos quedarán 'atrás' si no acuden a colegios de pago, clases de piano, tutorías de matemáticas o campamentos de refuerzo es una prioridad. No tanto por el bienestar social como por la promoción de la natalidad.

Lecciones del país más meritocrático del mundo

Mucho se ha discutido ya sobre cómo la meritocracia, con su apariencia de rasero objetivo, nos confunde. Nos hace olvidar que no toma en cuenta el punto de partida de cada uno, ni nuestras situaciones personales, ni el gran papel de la pura suerte. Que muchas veces solo sirve para que los que ya venían de situaciones privilegiadas puedan jactarse de haber 'trabajado duro'.

Pero por si estos argumentos no fueran suficientes, echar un vistazo a los excesos del país más meritocrático del mundo también nos puede revelar algunas cosas. Que la meritocracia es un sistema bienintencionado pero plagado de trampas. Que los triunfadores no son necesariamente los más talentosos, sino los que más han sacrificado por seguir las reglas del sistema.

Mi alumna Ru tiene 20 años, un historial académico perfecto y dolores constantes de estómago.

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