La cuarentena de las ideas
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Nacho Alarcón

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La cuarentena de las ideas

El coronavirus ha empobrecido nuestro debate y nos ha permitido poner en cuarentena nuestras ideas, evitando que entren en contacto con otras distintas

placeholder Foto: Un edificio de Berlín durante la pandemia. (EFE)
Un edificio de Berlín durante la pandemia. (EFE)

El 2020 ha sido un año raro, difícil y atípico al mismo tiempo que interesante. Encerrados en nuestras casas, hemos visto cómo el mundo cambió ante nuestros ojos en cuestión de días. Como periodista ha sido difícil de cubrir: hemos tenido que escribir sobre acontecimientos extraordinarios y difíciles de explicar con pocas herramientas, sin contacto personal con las fuentes y aislados.

Y un año difícil tenía que concluir con unas Navidades extrañas. Por esa razón no he podido bajar a mi tierra por estas fechas, y me he quedado rodeado de mi círculo habitual formado en su mayoría por federalistas europeos y buena parte de ellos periodistas, lo cual me preocupa a nivel profesional. ¿Qué tiene que ver eso con mi trabajo como corresponsal? Muchísimo.

Bruselas es una burbuja, y una excepcionalmente cómoda. Tienes todo lo que necesitas para vivir de forma tranquila. Puedes incluso acabar sintiéndote tentado a escribir únicamente para la numerosa parroquia de lectores españoles en la capital europea. Es una tentación contra la que hay que luchar. Cada artículo hay que escribirlo recordando que el lector medio vive fuera de esa burbuja que el corresponsal tiene la obligación de pinchar para beneficio de ambas partes.

Foto: Una mujer pasea bajo la lluvia frente a la sede de la Comisión Europea. (Reuters)

Y este año pinchar esa burbuja resulta excepcionalmente difícil justo en un momento en el que es especialmente importante. Para poder hacerlo es fundamental bajar al terreno real, y no hacerlo de forma figurada, sino literalmente.Las Navidades eran un momento óptimo para eso. Unas cuantas cenas multitudinarias con gente diversa a la que no ves el resto del año con la que poder hablar de sus problemas, conocer sus intereses, saber de qué forma puedes enfocar tu trabajo para que sea útil. Es un ejercicio fundamental para poner cada cosa en su escala, en su importancia para la vida real de los ciudadanos y, de camino, poner los pies en la tierra.

Así que la pandemia ha hecho más difícil y exigente nuestro trabajo y ha empobrecido nuestras fuentes de información, inspiración y conexión con otras realidades. Y eso refuerza nuestras propias ideas, convicciones y sesgos. Pero ni mucho menos estamos solos en ese problema.

placeholder Una imagen de París durante los meses de confinamiento por la pandemia de coronavirus. (Reuters)
Una imagen de París durante los meses de confinamiento por la pandemia de coronavirus. (Reuters)

El año 2020 ha sido el de las cuarentenas. También el de la cuarentena de las ideas. Encerrados, conectados a nuestras redes sociales convertidas en cámaras de eco en la que solamente leemos y conversamos con gente cuyas ideas nos agradan. Podemos incluso prohibir contestar a quien no nos siga, algo a lo que se han aficionado los políticos españoles. Y si no decides censurar las respuestas a tus tuits sueles acabar siendo apedreado por trolls, lo que te ayuda a demonizar a quien piensa distinto y simplificar el debate.

Nuestra barrera de tolerancia está al mínimo gracias a que el coronavirus nos ha exonerado de siquiera tener que interactuar con gente que piensa de forma diferente a nosotros. El universo gira hoy alrededor de cada uno mucho más que hace un año y eso también impacta sobre la agenda de prioridades que tenemos como sociedad. Normalmente lo que para nosotros es un problema es lo que nos afecta de forma directa, pero en esta situación eso se refuerza todavía más.

Las realidades que no nos afectan directamente pasan ya no a un segundo plano, sino a un tercero o cuarto: no poder ver la pobreza de primera mano se acaba traduciendo en creer que no es un problema. Cuando ni siquiera tienes que afrontar el verlo en la calle, la vida es mucho más sencilla y cómoda, pero menos real. Y tarde o temprano se acaba pagando.

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