¿Seguro que queremos un liderazgo fuerte de Alemania en la era pos-Merkel?
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Nacho Alarcón

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¿Seguro que queremos un liderazgo fuerte de Alemania en la era pos-Merkel?

En los últimos años hemos pasado del "eje franco-alemán" a la hegemonía germana en Europa. El liderazgo pasivo de Merkel ha sido la norma. ¿Cambiará eso ahora?

Foto: Olaf Scholz, como ministro de Finanzas, charla con la canciller alemana Angela Merkel. (Reuters)
Olaf Scholz, como ministro de Finanzas, charla con la canciller alemana Angela Merkel. (Reuters)

Con el final de la era de Angela Merkel hay una pregunta que flota en el aire: ¿el próximo canciller sabrá liderar la Unión Europea de forma activa, como tantas veces se ha pedido? Quizás hay una pregunta que se hace menos: ¿conviene eso a la UE? La canciller ha sido una líder bastante pasiva, que ha actuado en muchas ocasiones cuando ya no le quedaba otra opción. En algunos círculos de Bruselas se ha dicho siempre que la canciller hacía lo correcto tras haber agotado todas las otras opciones. Que a su tipo de liderazgo se le haya conocido como “estilo salir del paso” ('muddling through style') dice bastante de cómo ha llevado las riendas de Alemania dentro de la Unión Europea. Normalmente, se habla también de “un liderazgo por defecto”. ¿Sería bueno que eso cambiara?

Ese estilo de liderazgo no resta mérito a su legado europeo, a las dimensiones de su figura o a la visión que ha llegado a adquirir sobre Europa y la dirección que debe tener el proyecto europeo. Se trata de una de las últimas políticas europeas, quizá la última, que tienen en su cabeza los planos del edificio comunitario. No significa que los próximos líderes europeos no puedan tener una idea concreta de Europa, pero para ellos ya será algo natural, un edificio ya construido. Merkel, sin embargo, era consciente de dónde estaban las vigas, de dónde no se podía perforar y cuáles eran sus debilidades estructurales, aunque eso no siempre se haya traducido en las decisiones correctas.

Pero en ocasiones se ha criticado duramente a Merkel y a Alemania por ese estilo de liderazgo pasivo, por ese “salir del paso”. Han sido tiempos de crisis existencial para Occidente, muchos miraban a la canciller como nueva “líder del mundo libre”. Se ha repetido en muchas ocasiones que, si la Unión Europea quiere sobrevivir en el nuevo mundo que aparece, necesita que Berlín lidere, que esté en primera línea. ¿Seguro? Para eso quizás haya que entender primero el enorme poder que Alemania ha ido acumulando.

placeholder Angela Merkel, canciller alemana. (Reuters)
Angela Merkel, canciller alemana. (Reuters)

Un poder hegemónico

En Europa todos los países cuentan. Todos negocian, todos tienen su pequeña parcela de influencia. Pero es innegable que los grandes tienen más importancia, más capacidad de moldear la agenda, más 'auctoritas'. Esos son, aunque quizá sea adecuado hablar en pasado, Alemania, Francia, Italia y España. Fuera del núcleo duro ha comenzado a alzarse Polonia. Y de todos ellos el único país que ha seguido ganando peso de forma sistemática dentro de la Unión en la última década y pico ha sido Alemania: salió casi intacta de la crisis, mientras que la política de austeridad y ajuste patrocinada precisamente por Berlín ayudó al derrumbe económico de los sureños, y los efectos de esa crisis acabaron por volar los cimientos de los sistemas políticos de Francia e Italia, y dejando los españoles muy dañados.

Sí, seguimos hablando del “motor franco-alemán”, pero el escenario es ya totalmente distinto al que existió hace décadas: París juega hoy un papel de socio minoritario de Alemania, con grandes pretensiones, pero aferrada a un ‘grandeur’ perdido hace tiempo y consumida por sus propios problemas internos. La realidad manda, y lo que se impone es el pragmatismo alemán que se traduce en su preferencia por el 'statu quo'. La salida de la anterior crisis y el potencial de la Alemania pos-1990 ha llevado irrevocablemente a la hegemonía alemana en la Unión Europea.

Foto: adios-merkel-mujer-importante-despues-madre

Además, eso se ve potenciado por la hipertrofia del Consejo Europeo, donde se sientan los líderes europeos, un foro que en su fundación era poco menos que una reunión para señalar una dirección general para la Unión Europea. Ahora se ha convertido en una sala de máquinas en la que se negocian detalles, se toman decisiones fundamentales y se forjan los acuerdos que marcan el futuro de Europa. En la era de la policrisis, que ya dura más de una década, el futuro no se puede dejar en manos de ministros, no es un asunto que se pueda resolver a nivel técnico, son problemas netamente políticos: solamente los líderes pueden negociar mano a mano. Y ahí el peso de la bandera se nota todavía más. Especialmente si eres una canciller alemana experimentada en la gestión de crisis y en la negociación, con nervios de acero y dispuesta a apurar hasta el último momento para tomar una decisión. Ese era el caso de Merkel.

A diferencia de Armin Laschet (CDU) o de la candidata verde Annalena Baerbock, Olaf Scholz, candidato socialdemócrata y el favorito para ser próximo canciller, tiene experiencia ministerial: ha sido ministro de Finanzas. Se ha movido entre bambalinas en los últimos años, ha negociado el fondo de recuperación y ha experimentado en sus carnes lo que es la política europea en la cima. Probablemente sea, de todos los candidatos que se presentaron, el que más rápido y mejor se adapte a ese tipo de negociaciones europeas. No será Merkel, pero conoce perfectamente los beneficios de ese tipo de liderazgo.

placeholder Olaf Scholz, candidato socialdemócrata para ser el próximo canciller de Alemania. (Reuters)
Olaf Scholz, candidato socialdemócrata para ser el próximo canciller de Alemania. (Reuters)

¿Hacia un nuevo liderazgo?

Ahora, con el fin de la era Merkel, se abre la posibilidad de que el próximo canciller, muy probablemente Scholz, apueste por otro tipo de liderazgo que el que ha llevado Merkel, quizás escuchando así a los críticos que quieren que Alemania asuma un rol más destacado para liderar a Europa hacia el futuro en debates como la política migratoria, climática, la relación con Rusia y China, con Estados Unidos, la idea de crear un Ejército común o algunos otros asuntos importantes de la agenda europea. Pero la pregunta es: ¿sería bueno para Europa?

Durante los últimos tiempos nos hemos acostumbrado a que Alemania vaya saliendo del paso. El liderazgo de Merkel ha sido el de la gestión de crisis. Berlín ha utilizado ese poder hegemónico para proteger sus intereses particulares, el 'statu quo'. Ha evitado que la Unión Europea tome una posición especialmente frentista con China porque su industria requiere de mantener unos lazos estrechos con Pekín. Ha evitado tomar una línea dura contra Rusia porque necesita su gas y, lejos de trabajar en reducir la dependencia, ha mantenido contra viento y marea la construcción del gasoducto Nord Stream 2 en contra del interés de todos sus socios del este. Ha evitado reprender a Hungría por su deriva autoritaria porque su industria también necesita a Budapest. Y así se pueden enumerar muchos más casos.

Foto: El logo del Nord Stream 2 en una planta de tubería en Chelyabinsk, Rusia. (Reuters)

Merkel no ha rechazado el uso de ese poder, pero lo ha utilizado fundamentalmente para capear crisis a nivel europeo y para bloquear las ideas que iban en contra de los intereses alemanes, no para poner encima de la mesa una agenda proactiva, un liderazgo claro. Su total concentración en seguir siendo una potencia económica ha ido de la mano, irremediablemente, de su falta de ambición en asuntos estratégicos y exteriores. Alemania ha impuesto su visión durante estos años, pero siempre bloqueando nuevos caminos más que abriendo nuevas vías. Emmanuel Macron, presidente galo, llegó en 2017 al Elíseo con una agenda muy ambiciosa de reformas para Europa. De ellas, muy pocas han sobrevivido a la falta de cooperación de Merkel.

Lo que se le pide a un liderazgo alemán es extremadamente complicado. Esa pasividad merkeliana, ese liderazgo reactivo, ha sido muy criticado, pero también ha librado a la agenda europea de estar completamente subordinada a la agenda alemana. En Europa de la era Merkel, los países con una agenda muy activa pueden tener la esperanza de sacar adelante ideas, aunque sean poco ambiciosas, ante la mirada indiferente de Berlín, pero no se hacen ninguna ilusión sobre su posibilidad de poner ideas sobre la mesa contra la voluntad de Alemania.

Así que solamente hay que imaginarse en el futuro la frustración que puede generar un Gobierno alemán muy activo utilizando ese mismo rodillo, usado por ahora para bloquear la agenda europea en algunos asuntos, para establecer una hoja de ruta clara, para imponer unos objetivos particulares. El resto de Estados miembros tendrán todavía más difícil imprimir su visión de Europa.

placeholder Angela Merkel a su entrada en un Consejo Europeo en Bruselas. (Reuters)
Angela Merkel a su entrada en un Consejo Europeo en Bruselas. (Reuters)

En un blog del 'think tank' Carnegie Europe, Thorsten Bennerco, que es fundador y director del Global Public Policy Institute, reflexiona precisamente sobre la inesperada dirección que puede tomar esa petición de un liderazgo alemán, partiendo de una frase que dijo Scholz cuando se hacía con las riendas del SPD en Hamburgo, hace años: “Aquellos que me soliciten liderazgo deben saber que de hecho lo recibirán". “Aquellos que piden el liderazgo alemán en Europa deberían reflexionar sobre esta frase. ¿Su llamado al liderazgo de Berlín no es más que una forma de decir que 'Alemania debería hacer lo que creo que es mejor'? ¿No sería conveniente que tuvieran cuidado con lo que desean en caso de que los líderes alemanes en cuestión tengan planes diferentes?”, señala Bennerco.

Miguel Otero, del Real Instituto Elcano, señala también que prefiere una Alemania que ejerza su poder como un "árbitro" más que como un actor más. “A nivel federal, por sus consensos, contrapesos, por tener que aunar distintas visiones y opiniones en el Gobierno, Alemania siempre se siente cómoda en el centro del tablero, como árbitro, y es bueno que así siga", señala Otero, que añade que “Alemania además genera sospechas. Aunque todo el mundo pide un liderazgo alemán, cuando lo ejerce, que a veces lo hace de forma tosca, suele generar rechazo”.

El próximo canciller hereda de Merkel ese poder hegemónico dentro de la Unión Europea. Y, como se dice: un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Por contraproducente que parezca, lo mejor que puede hacer por Europa el próximo líder alemán con ese enorme poder es… no utilizarlo demasiado. O al menos saber en qué utilizarlo. El mejor liderazgo que puede ejercer hoy por hoy Alemania es dejar de usar ese poder para bloquear aquellos debates que van en contra de sus intereses.

placeholder Bandera alemana en el Reichstag de Berlín. (Reuters)
Bandera alemana en el Reichstag de Berlín. (Reuters)

Europa necesita un liderazgo alemán en los asuntos estratégicos: necesita que Berlín se sume al carro de los grandes debates y de las grandes decisiones relacionadas con el papel de Europa (y no solamente de Alemania) en el mundo. Más de una década de crisis, sumado al estilo de “liderazgo por defecto” merkeliano, han dejado muchos asuntos pendientes. No es tarea fácil para un país tirar piedras sobre su propio tejado, pero en el largo plazo es todavía más peligroso seguir mirando únicamente los intereses cortoplacistas de la economía alemana. Ese gran poder que hereda ahora Berlín de manos de Merkel puede apuntalar, como de hecho ha ocurrido en los últimos años, la idea de que los intereses alemanes son intereses europeos. Y eso sí que es un peligro sistémico.

La buena noticia es que seguramente la mejor y más brillante muestra de liderazgo proactivo y positivo que Merkel ha dejado tras sus 16 años como canciller alemana, que es la emisión de deuda europea conjunta para financiar el fondo de recuperación, ha llegado de la mano de su vicecanciller y seguramente sucesor: el socialdemócrata Scholz. Él, que ha tenido un rol central en que la canciller haya aceptado hacer lo que siempre dijo que nunca haría, ya tiene un pie puesto en la política europea, y es el derecho.

Es ese el tipo de liderazgo positivo, solidario y amplio de miras que Europa necesita de Alemania, en el que Berlín, siendo consciente de que una Europa contra los intereses de Alemania es imposible, entiende también que una Alemania que no tenga en cuenta los intereses del resto de los europeos está irremediablemente abocada al fracaso. En ese delicado equilibrio está la supervivencia.

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