El próximo pacto de estado debería ser sobre la deriva en Polonia
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Nacho Alarcón

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El próximo pacto de estado debería ser sobre la deriva en Polonia

El supuesto consenso español sobre el proyecto europeo es tan amplio que no es necesario hablar de ello. Debatir en los tiempos de la polarización sobre

Foto: Manifestación en Varsovia contra la sentencia del Constitucional polaco. (Reuters)
Manifestación en Varsovia contra la sentencia del Constitucional polaco. (Reuters)

El supuesto consenso español sobre el proyecto europeo es tan amplio que no es necesario hablar de ello. Debatir en los tiempos de la polarización sobre una cuestión que genera un alto nivel de acuerdo no parece muy inteligente. No es rentable a nivel electoral, donde solamente importa confrontar, y, además, aparentemente no interesa demasiado a los ciudadanos. No hablar de la Unión Europea es, sin embargo, un enorme error porque genera una atrofia intelectual y política alrededor de la idea de Europa que impide a los ciudadanos contar con los instrumentos necesarios para formarse una opinión profunda y sólida de la Unión.

Y eso provoca que momentos como el actual sean especialmente peligrosos. El nuevo movimiento contra la UE es mucho más complejo de combatir y encaja muy bien con la naturaleza política de España. En la política española no cabe, al menos por el momento, un partido que defienda abiertamente salir de la UE. Pero sí que hay espacio para algunos discursos que ya cuajan en otros países europeos y que no buscan destruir sino desarticular el proyecto europeo desde dentro.

La salida del Reino Unido fue tan caótica y desastrosa para Londres que ha desaparecido el apetito por esa idea en el resto de Estados miembros. Los discursos euroescépticos de entonces han pasado ahora a defender una vuelta del poder a los Gobiernos centrales. Y, en los últimos tiempos, se han centrado en la guerra legal contra el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE). Para una sociedad con una atrofia ideológica alrededor de Europa la cuestión del futuro de la Unión es de blancos y negros, y los grises pasan a un tercer o cuarto plano. Pero es ahí, en los grises, donde se juega ahora la partida.

placeholder Manifestación proeuropea en Varsovia tras la decisión del constitucional polaco. (Reuters)
Manifestación proeuropea en Varsovia tras la decisión del constitucional polaco. (Reuters)

La semana pasada el Tribunal Constitucional de Polonia, trufado de fieles nombrados por el Ejecutivo polaco a través de una reforma judicial que ha sido denunciada por la Comisión Europea y que ha llegado hasta el TJUE, declaró la incompatibilidad de varios artículos de los tratados europeos con la constitución polaca. Lo hizo a petición del Gobierno de Polonia. Es, a efectos prácticos, una ruptura del orden legal de la Unión Europea, lo que los analistas y expertos califican de “Polexit legal”.

Vox ya ha mostrado su apoyo al Gobierno polaco de los ultraconservadores Ley y Justicia (PiS), y ha reclamado la recuperación de la “soberanía judicial” también en España. Para el partido verde se trata de una nueva línea de discurso interesante. En tiempos de desafección de muchos votantes con Europa por la huida a Bélgica de Carles Puigdemont, expresidente de la Generalitat, y las distintas negativas a aceptar la euroorden emitida por España, para la formación atacar a la justicia europea es un objetivo electoral interesante, incluso aunque las euroordenes no hayan sido rechazadas por el TJUE sino por la justicia de algunos Estados miembros.

Además, se trata de una posición que, aparentemente, no propone la salida de la Unión Europea. El trasfondo es mucho más siniestro. Políticamente sería impensable sacar a un país de la Unión sin el voto de los ciudadanos. Pero no lo es que se utilice una triquiñuela supuestamente jurídica y con unas consecuencias aparentemente inexistentes para los ciudadanos. El Gobierno polaco ha demostrado que ese paso puede darse sin ninguna consulta a los ciudadanos. Los efectos son igualmente negativos: se obstruye Europa desde dentro, se minan las bases y se condena el futuro de la Unión.

Foto: Sala central del Tribunal de Justicia de la Unión Europea en Luxemburgo. (EFE) Opinión

El resto de formaciones harían bien en presentar un frente unido y denunciar el engaño si algún partido se lanza a por ese discurso. Eso se hace, en gran parte, concienciando a los ciudadanos de que lo que está ocurriendo en Polonia es extremadamente grave y pone en riesgo la Unión Europea, que no deja de ser un edificio legal en el que retirar una sola pieza puede hacer que el resto se desmorone. Que no se trata de un asunto interno de Varsovia, sino de una cuestión existencial para todos los países europeos.

Sin el armazón que son los tratados, sin la garantía de que todas las capitales respetan la primacía del derecho de la Unión, sin la aceptación del Tribunal de Justicia de la Unión Europea como intérprete último de la misma y, en fin, sin la confianza mutua, todo el edificio empieza a derrumbarse poco a poco. No es un crujido, es un derrumbe lento. Una hemorragia interna. Y eso juega a favor de los que saben moverse en los grises y en los ángulos muertos.

Detrás de la idea aparentemente teórica de la recuperación de la “soberanía judicial” se esconde un intento de minar de manera práctica y completa el proyecto europeo, de convertirlo en una cáscara vacía y sin sentido. Por supuesto, una oposición frontal del resto de partidos puede provocar el efecto contrario: puede que muchos votantes quieran precisamente eso o que se lancen a apoyar ese mensaje ante la unidad del resto de formaciones. Pero lo que no se debería permitir es engañar al ciudadano: no, la falsa idea de “recuperar la soberanía judicial”, como se le califica, no es compatible con la Unión Europea.

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Entrada a la sede del Tribunal de Justicia de la UE en Luxemburgo. (EFE)

Sin embargo, lo más probable es que lo que rodee a la cuestión polaca sea el silencio absoluto. Los únicos que hablan de ello a nivel nacional son precisamente los que apoyan esa deriva. El resto de formaciones siguen cometiendo el mismo error que ha provocado que esos discursos tengan hoy éxito entre una parte de la población española, muchos de ellos jóvenes que ya no sienten la pulsión proeuropea por defecto que generó la entrada en el club comunitario: dar por hecho que no hace falta hablar de la Unión Europea porque es un terreno de consenso. Esa dinámica está cambiando con las nuevas generaciones.

Entre esas formaciones que se encuentran en esa posición de consenso también está la esperanza de que el caso polaco no se extienda, y que sencillamente no sea adoptado por formaciones en otros Estados miembros. Pero quizás sea ya tarde para eso. La idea se ha colado en la campaña electoral francesa incluso en círculos aparentemente moderados. Pero ante el historial español de un apoyo férreo y total a la Unión, quizás sería inteligente mover ficha con antelación y contundencia para que se entienda que la vía polaca es sencillamente la vía de la destrucción de Europa. No es un ejercicio sencillo, teniendo en cuenta que los líderes políticos se han esforzado durante años en simplificar todos los debates y en esquivar los asuntos europeos. Pero ha llegado la hora de los matices.

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