Saudíes y kuwaitíes salen del Líbano: arranca la gran operación contra Irán

Diplomáticos y militares israelíes consideran inminente una nueva guerra contra Hezbollah. Si se produce, será parte de un plan mucho más amplio para cercar al régimen de los ayatolás

Foto: Un combatiente de Hezbollah despliega su bandera y la del Líbano en las montañas de Arsal, a finales de julio. (Reuters)
Un combatiente de Hezbollah despliega su bandera y la del Líbano en las montañas de Arsal, a finales de julio. (Reuters)

Está en el aire: diplomáticos y militares israelíes, en diferentes latitudes del mundo, andan contándole a cualquiera que quiera escuchar que consideran inminente una guerra con Hezbollah, probablemente cuestión de semanas. En el otro bando, la asunción es la misma. Israel teme las nuevas capacidades de la milicia chií libanesa, fortalecida, rearmada y con amplia experiencia de combate tras su participación en la guerra de Siria. Y los cada vez más numerosos bombardeos israelíes en territorio sirio no han servido para debilitarla.

En ese contexto, Arabia Saudí y Kuwait acaban de pedir a sus ciudadanos que salgan del Líbano lo antes posible, y nadie oculta que la razón no es otra que Hezbollah: la dimisión, esta semana, del primer ministro libanés Saad Hariri (por orden saudí, según sus críticos; tras haber recibido información sobre un plan –presuntamente orquestado por Irán- para asesinarle, según él mismo) parece haber sacudido la situación hasta un punto de no retorno, pese al viaje relámpago de Emmanuel Macron a Arabia Saudí, en un intento de devolver las aguas a su cauce en un Líbano vital para los intereses franceses. “El brazo de Irán ha logrado imponer un hecho consumado en el Líbano con el poder de sus armas”, declaró Hariri desde Riyad. “Han construido un estado dentro del estado”.

Pero todo apunta a que los libaneses son cautivos de una trama más amplia. Basta ver los comentarios del Ministro de Inteligencia israelí, Israel Katz, calificando la dimisión de Hariri como “un punto de giro” para la región. “Ha expuesto la verdadera cara de [Hassan] Nasrallah y Hezbollah, y el control iraní sobre el Líbano” (Nasrallah es el líder de la milicia-partido chií). El Ministro de Defensa israelí, el ‘halcón’ Avigdor Lieberman, ha sido aún más gráfico en su cuenta de Twitter: “Líbano = Hezbollah. Hezbollah = Irán. Irán = Líbano”. Y en otro: “Irán pone en peligro al mundo. Saad Hariri lo ha demostrado hoy. Punto”. Poco después, Arabia Saudí se expresaba en el mismo sentido: “Trataremos al Gobierno del Líbano como un gobierno que nos ha declarado la guerra debido a la milicia de Hezbollah”, declaró este miércoles el Ministro de Asuntos del Golfo, Thamer Al-Sabhan, a la cadena Al Arabiya.

Dan Shapiro, ex embajador estadounidense en Israel y académico del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional israelí, lo explicaba así: la dimisión del primer ministro libanés “podría ser un plan saudí para iniciar una respuesta israelí y darle en el hocico a Hezbollah”, según ha declarado al diario Washington Post. “La salida de Hariri refuerza el argumento de que Hezbollah controla totalmente el Líbano. Al sacar a Hariri, facilita muchísimo tratar al Líbano como una base iraní”, señala.

La cooperación saudí e israelí puede parecer extraña a muchos, que siguen creyendo en la insalvable enemistad entre árabes y judíos. Pero, pese a la retórica belicosa, hace mucho tiempo que tanto Riyad como a Tel Aviv tienen un enemigo común que les inquieta bastante más: un Irán cuya influencia no deja de expandirse por Oriente Medio, y que rivaliza con Arabia Saudí como potencia hegemónica de la región. En ese conflicto, los saudíes van perdiendo por goleada en escenarios como Siria, Irak, el propio Líbano e incluso Yemen, una guerra que los países suníes del Golfo estaban convencidos de ganar rápidamente, pero que las milicias hutíes han logrado convertir con éxito en “el Vietnam saudí”. Pero el príncipe heredero, Mohamed Bin Salman, parece dispuesto a dar el todo por el todo en esta pugna. Por ejemplo, según algunos medios israelíes, el príncipe realizó una visita en secreto al Ministerio de Defensa israelí en Tel Aviv a principios de septiembre, pese a que ambos países carecen de relaciones diplomáticas.

Varios pasajeros revisan la lista de vuelos en el aeropuerto internacional de Beirut, el 9 de noviembre de 2017. (Reuters)
Varios pasajeros revisan la lista de vuelos en el aeropuerto internacional de Beirut, el 9 de noviembre de 2017. (Reuters)

El factor Trump

Introduzcamos aquí el último elemento de la ecuación: la Administración Trump. Hace tres días, la revista Foreign Policy publicó un artículo con el revelador título de “Jared Kushner, Mohamed Bin Salman y Benyamin Netanyahu traman algo. Y se parece bastante a un plan para asfixiar a Irán”. Es bien sabido que Trump es amigo de Netanyahu, y sus posturas son abiertamente proisraelíes. También ha apoyado públicamente a los saudíes en su enfrentamiento con Qatar, y ha respaldado a Bin Salman en su purga “anticorrupción” de otros príncipes que podían amenazar su reinado en el futuro. Y no cabe duda de que está buscando el enfrentamiento con Irán.

En su intento de revocar todas las medidas adoptadas por su predecesor en la Casa Blanca, Trump está haciendo todo lo posible por destruir el acuerdo nuclear iraní firmado por Barack Obama. Hasta ahora, lo único que ha impedido que salte en pedazos ha sido la oposición no solo de sus otros valedores en la Unión Europea, sino también de los propios altos funcionarios de seguridad estadounidenses. La Casa Blanca ha hecho un enorme esfuerzo para encontrar motivos para declararlo nulo, y ha contado con la ayuda de importantes congresistas partidarios de mantener una línea dura contra Irán. Este verano, EEUU introdujo nuevas sanciones contra Teherán por su programa de misiles, y en octubre hizo lo mismo contra el Cuerpo de Guardias de la Revolución Islámica iraní y, poco después, con Hezbollah. En ambos casos, más que un efecto económico, lo que se busca es aislar internacionalmente a estos actores.

En el momento de firmar el acuerdo nuclear, Obama lo elogió como la única gran alternativa viable a una guerra con Irán. En aquel entonces, uno de los principales críticos fue Netanyahu, que lo calificó de “error histórico”. No es ningún secreto que Netanyahu habría preferido que EEUU bombardease las instalaciones nucleares iraníes en lugar de firmar nada. Ahora, sin un líder estadounidense capaz o dispuesto a poner freno a la hostilidad iraní a Irán, la coyuntura es totalmente diferente. El primer ministro israelí parece embarcado en una acción coordinada con Trump para anular el tratado sobre el programa nuclear iraní.

Pero a los planificadores israelíes, ahora mismo, lo que les preocupa de verdad es una amenaza más tangible, directamente al lado de sus fronteras. Hace apenas seis días, Netanyahu arremetió contra la presencia iraní en Siria y prometió actuar al respecto. “Quieren dejar su ejército, sus bases aéreas y sus aviones de combate a segundos de Israel, y no vamos a dejar que eso suceda. No lo decimos a la ligera. Sabemos lo que estamos diciendo, y vamos a respaldarlo con acciones”, dijo en Londres.

Cualquier operación encaminada a cortarle las alas a Irán debe contar con Hezbollah en la ecuación. Debilitar a esta milicia es un primer paso necesario. Tal vez, solo tal vez, no se llegue a la guerra, pero esperen cambios en Oriente Medio.

Mondo Cane

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