Por qué aún (y a pesar de todo) Donald Trump puede ganar

Trump interpreta bien las preocupaciones de parte de la población, se recrea en ellas y promete solucionarlas. Mientras, Clinton no compite contra el magnate. Compite contra sí misma

Foto: Simpatizantes del candidato republicano durante un mitin de Trump en Portsmouth, New Hampshire, el 15 de octubre de 2016 (Reuters).
Simpatizantes del candidato republicano durante un mitin de Trump en Portsmouth, New Hampshire, el 15 de octubre de 2016 (Reuters).

El próximo 8 de noviembre los norteamericanos elegirán a un nuevo presidente de los Estados Unidos. Una decisión que les afecta a ellos y que también afecta a los ciudadanos de todo el mundo. Uno ve y escucha a los dos candidatos y parecería una decisión no muy complicada, si se trata de elegir a un presidente que haga bien su trabajo, represente a su país y decida con responsabilidad.

Escribo estas líneas en Nueva York y lo compruebo a diario. A muchos norteamericanos les aterra que Donald Trump pueda ganar pero, sorprendentemente para mí, a otros muchos, no. ¿Qué hace que Trump tenga tantos millones de apoyos entre los ciudadanos de Estados Unidos? ¿Por qué Trump aún hoy puede ganar a pesar de todo lo que dice y a pesar de todo lo se escribe y se comenta sobre él? Hay varias razones que creo que pueden explicar que ese resultado sea posible.

La participación en las elecciones es baja. Y ese es un mal que nos asola, ahora que se extiende la idea de que "se pronuncien los ciudadanos". En Estados Unidos vota un porcentaje muy pequeño de la población. Con una participación del 50% del censo podríamos decir que el 25% de los votantes puede decidir quién va a ser el presidente del país los próximos cuatro años (en Colombia, el 20% del censo dijo no a las condiciones del acuerdo de paz con las FARC y eso se ha convertido en la decisión de los colombianos).

Una parte de la sociedad norteamericana, como la de otros países, está desencantada por cómo ha evolucionado su vida y las perspectivas de futuro que vislumbra. El desencanto se ha transformado en irritación y exigencia, y una ciudadanía desencantada, consciente de su poder, vota para castigar a una clase dirigente a la que culpa de su situación. El castigo y la derrota son un triunfo suficiente, y tal vez más importante, que arreglar las cosas.

Los defectos de Trump son de sobra conocidos y él no reniega de ellos. Los pone en evidencia en sus intervenciones, en su vida y en su pasado. Demagogo, racista, bravucón, poco riguroso, machista, multimillonario, individualista, no paga impuestos... Todo eso ya lo sabíamos incluso antes de que empezara la campaña y por eso los ataques sobre esos "puntos débiles" resultan estériles o poco contundentes.

Trump en una pantalla durante un mitin de campaña en Bangor, Maine, el 15 de octubre de 2016 (Reuters).
Trump en una pantalla durante un mitin de campaña en Bangor, Maine, el 15 de octubre de 2016 (Reuters).

Trump es un populista que interpreta bien las preocupaciones de una parte de la población, que se recrea en ellas y que promete abordarlas y solucionarlas (aunque no diga ni explique cómo). "América es un gran país, con grandes posibilidades y vamos a volver a ser el país que queremos, con empleo para nuestra gente y un futuro mejor, reemplazando en el gobierno a esa clase dirigente que se ha olvidado de los norteamericanos". ¿Quién está en contra de esto?.

Hillary Clinton es políticamente correcta. Tal vez demasiado políticamente correcta, hasta parecer perfecta. Con admirable tenacidad y capacidad de recuperación ante reveses profesionales (los correos electrónicos son recurso recurrente de Trump) y personales (la vida amorosa de Bill Clinton) sin embargo, no ha conseguido hacerse creíble. Su discurso de propuestas concretas bien articuladas, no parece convencer al elector, que no acaba de creer en sus palabras, ni confiar en sus promesas de mejorar sus vidas. Persiste casi siempre la idea de que, en lugar de enfrentar los hechos, prefiere eludirlos o negarlos. Y puede ser esta postura la clave de si ella va a ser la futura presidenta de Estados Unidos. Porque Hillary no compite contra Trump, compite contra sí misma.

Hillary Clinton es una candidata con un alto grado de rechazo entre la población. Tal vez demasiado alto para un candidato, eso sí, superada con creces por su oponente Trump, que tiene el rechazo más alto que se recuerda a un candidato. El rechazo electoral pasa factura siempre y se convierte en un lastre muy pesado y en un elemento de incertidumbre que puede ser decisivo en función de quién va votar y quién no.

Y para terminar, un último apunte: Los norteamericanos (los que votaron) eligieron hace ocho años un presidente del Partido Demócrata, negro, y lo volvieron a elegir cuatro años después. Sin duda, una parte de la población quiere otra política en la Casa Blanca, otro partido en el gobierno, un discurso nuevo y una derrota de aquellos que tuvieron la osadía de colocar a Obama al frente del primer país del mundo. Todo un desafío.

*José Antonio Llorente es fundador y presidente de Llorente & Cuenca.

Tribuna Internacional
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