Elecciones en EEUU: ¡es la alternancia, estúpido!

Desconfíen de quienes les digan que en EEUU se está produciendo un realineamiento político. Es harto peligroso deducir de un cambio en el Congreso la futura ruina electoral del presidente

Foto: Donald Trump, durante un mitin de campaña en el Elko Regional Airport, Nevada. (Reuters)
Donald Trump, durante un mitin de campaña en el Elko Regional Airport, Nevada. (Reuters)

Desconfíen de quienes les digan que en Estados Unidos se está produciendo un realineamiento político. El último fenómeno de esas características se produjo hace casi 90 años, cuando el Partido Demócrata encabezado por Franklin Delano Roosevelt encaró la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Durante 20 largos años, primero con Roosevelt y luego con Truman, los demócratas dominaron los poderes ejecutivo y legislativo, dejando asimismo su impronta en un poder judicial progresista y que reinterpretaba la Constitución.

Sin embargo, a partir de 1953 y con la llegada a la Casa Blanca del general Eisenhower —nominalmente republicano, pero en la práctica un hombre de consenso—, la alternancia se ha impuesto con admirable —o irritante, según se mire— regularidad. En efecto, los demócratas y los republicanos nunca han ocupado desde entonces el poder ejecutivo durante más de ocho años con una sola excepción, cuando la extraordinaria popularidad de Ronald Reagan propició en 1988 la elección de su vicepresidente, George Bush padre, como su sucesor en el cargo.

Y han dado igual en ese sentido victorias aplastantes que resultados ajustadísimos. Bajo la consternación por el asesinato de Kennedy, el demócrata Lyndon Johnson barría en 1964, pero cuatro años después ganaba el republicano Nixon. Dos décadas después, el republicano Ronald Reagan era relegido abrumadoramente, pero solo ocho años después, el vencedor era el demócrata Bill Clinton. Y como si de una ley de hierro se tratase, al demócrata Clinton le sucedió el republicano Bush hijo, a este el demócrata Barack Obama y a este el republicano —aunque la adscripción partidista no forme parte de su ADN— Donald Trump.

Por tanto, cabe analizar las elecciones 'midterm' de este martes bajo este prisma. Es verdad que el Congreso solía ser antaño mucho más estable. El Partido Demócrata, por ejemplo, controló el Senado la mayoría de los años transcurridos desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la primera victoria de Reagan en 1980, pero eso se debía fundamentalmente a que en realidad eran dos partidos, el compuesto por los legisladores progresistas de Nueva Inglaterra y del Medio Oeste y los ultraconservadores. La revolución de los derechos civiles barrió a los demócratas del profundo sur del país, hasta el punto de que los escasos legisladores que sobreviven de ese partido suelen ser afroamericanos.

También la Cámara de Representantes solía ser más estable, por parecidas razones. De hecho, el Partido Demócrata la controló durante más de 30 años, hasta que los republicanos, bajo la égida de Newt Gingrich y su famoso 'Contrato con América', resultaron victoriosos en 1994, dando lugar a esa alternancia de la que las últimas elecciones han sido buena muestra.

Votantes republicanos, durante un mitin electoral de Ted Cruz en Houston. (Reuters)
Votantes republicanos, durante un mitin electoral de Ted Cruz en Houston. (Reuters)

La historia reciente también demuestra que los electores tienen mucha menos paciencia con sus congresistas, entre otras razones porque tienen la posibilidad de echarlos cada dos años, en las elecciones primarias y en las finales de noviembre. Pero es harto peligroso deducir de un cambio en el Congreso la futura ruina electoral del presidente en ejercicio. Tan solo dos años después del referido cambio de control en la Cámara, Clinton salía reelegido en 1994. Obama también recibió un severo castigo en las legislativas de 2010 y salió asimismo reelegido dos años después.

Es obvio que un presidente tan pendenciero y que no reconoce nunca errores propios como Trump ya tiene su chivo expiatorio si las cosas se tuercen, sea en el terreno económico o en el político: la culpa será de los demócratas, globalistas, vendepatrias y chapoteadores en la ciénaga de Washington. Pero sí hay una reflexión demográfica que merece la pena remarcar. Mientras que en la bancada demócrata de la Cámara de Representantes, ahora mayoritaria, se sentarán más mujeres, más latinos y más jóvenes que nunca, la bancada republicana estará compuesta en un 90% por hombres blancos de cierta edad. ¿A quién pertenece el futuro?

Tribuna Internacional

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