Lo que todos nos jugamos en Venezuela

Una intervención militar sería nefasta tanto para Venezuela como para la región y sentaría un precedente terrible. Por otro lado, es prioritario aislar a China y a Rusia

Foto: Venezolanos esperando en la frontera con Brasil, en Paracaima. (Reuters)
Venezolanos esperando en la frontera con Brasil, en Paracaima. (Reuters)

En Venezuela se dirime más que el destino de un país rico en petróleo, más que el de los ya tan castigados venezolanos, los que siguen dentro y los que han huido. Lo que ocurra en estos meses, lo que ya está ocurriendo, sentará un precedente que puede tener consecuencias de largo alcance para Latinoamérica y, en menor medida, para el resto del mundo.

En ese mundo multipolar que le ha tocado en suerte a nuestra generación, esta crisis puede ser una oportunidad para que, con la mediación de la Unión Europea, las potencias regionales, en este caso representadas en el Grupo de Lima, se carguen de autoridad moral para tomar en el futuro el control de los conflictos de su región.

En el caso venezolano es prioritario aislar tanto a Rusia y China, con sus espurios intereses, como a los siniestros Trump, Pence y Bolton, sin convertir en apestado todo aquello que estos tocan, recordando que hasta el momento el Partido Demócrata ha apoyado la política de EEUU hacia Venezuela. Sobre la base de la moderación e intentando evitar a los venezolanos y al resto de países de la región el mayor sufrimiento posible, conviene no desfallecer ni precipitarse en la presión sobre Nicolás Maduro, cuya falta de legitimidad está fuera de toda duda para cualquiera que no se haya atrincherado en el sectarismo.

Una intervención militar sería nefasta tanto para Venezuela como para la región y sentaría un precedente terrible (uno más en una ya demasiado larga lista). La solución para Venezuela debe ser un ejemplo a seguir para futuras crisis regionales o no será una solución en absoluto.

Si EEUU repite su negligente conducta intervencionista del pasado, otro par de generaciones de latinoamericanos (y también de españoles) conservarán su odio al vecino del norte y justificarán, en un maniqueísmo difícil de combatir, regímenes como el de Cuba y a líderes como Ortega, Chávez, Maduro o Morales (que va camino de apoltronarse en el poder como su colega venezolano).

Si EEUU repite su conducta intervencionista del pasado, otro par de generaciones de latinoamericanos conservarán su odio al vecino

A su vez, la radicalidad y la doble moral de unos llevarán, como están llevando, a muchos otros a defender a líderes tan difícilmente defendibles como Bolsonaro. América Latina necesita construir un relato democrático basado en el respeto a las instituciones que plante cara al sectarismo mesiánico que con tanta frecuencia conduce a desastres como el de Venezuela.

No obstante, si todo se resuelve poniendo en primer plano el bienestar de los venezolanos, entonces, el ejemplo de Venezuela servirá para que tanto las potencias regionales como la UE ganen credibilidad y la vía venezolana se pueda convertir en ejemplo a seguir en otros escenarios, en América y fuera de ella.

Se sentaría así un valioso precedente a tener en cuenta por todos aquellos dirigentes caciquiles como Chávez y Maduro, que han convertido las instituciones de todos los venezolanos en instituciones sectarias bajo el manto de la “Revolución bolivariana”. No hay ideología, por justa que fuere, que justifique confundir el poder con la arbitrariedad, como diría Salvador de Madariaga.

Juan Guaidó. (Reuters)
Juan Guaidó. (Reuters)

Por otra parte, no olvidemos que tanta ayuda humanitaria, o más, necesitan los que han huido a Colombia, Brasil, Ecuador y Perú como los que siguen aguantando la tiranía de Nicolás Maduro en su propio país. Hasta hace poco, los migrantes que huían del país bolivariano no contaban con más ayuda que la de espontáneos samaritanos; como Marta Duque, vecina del municipio colombiano de Pamplona, que desde hace dos años presta su casa, al pie de la carretera que une Cúcuta con Bogotá, como refugio para los que siguen esa complicada ruta, a menudo vistiendo unas simples chanclas y sin ropa de abrigo que los proteja de las bajas temperaturas del páramo andino.

Familias con niños malnutridos que cargan pesados fardos por carreteras sinuosas venciendo desniveles de más de dos mil metros, para al final malvivir de la mendicidad en Bogotá o en Ecuador o Perú. Estos días están llegando las primeras ayudas de la Cruz Roja a Pamplona, pero hasta ahora sólo la solidaridad de personas como Marta y de los vecinos que llevan ropa y comida a los refugios improvisados han servido de sustento a estos desamparados.

Por tanto, no olvidemos a los que sufren la tiranía de Maduro, pero tampoco a los millones que han escapado de ella y se enfrentan a la terrible realidad de la emigración. Hagamos todo lo posible para devolverles a todos ellos las instituciones de Venezuela, deterioradas y usurpadas por el chavismo. La labor de restaurar la democracia representativa en el país caribeño será titánica, como lo fue la destrucción de la misma. Pero, al menos, esta será una tarea que merece la pena emprender y que, de tener éxito y no derivar en un régimen sectario de signo contrario, servirá de inspiración a toda una generación de latinoamericanos.

Tribuna Internacional
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