El pacto entre China y el Vaticano y la nueva ola de represión: "Es una increíble traición"

El pacto contradice el sentir de muchos católicos dentro y fuera de China, las advertencias de no pocos expertos y las recomendaciones de las organizaciones proderechos humanos

Foto: Católicos chinos durante una misa de Navidad en Shanghái. (Reuters)
Católicos chinos durante una misa de Navidad en Shanghái. (Reuters)

La Iglesia guiará a los fieles para que apoyen el liderazgo del partido comunista chino”. Estas palabras, tomadas literalmente del Plan Quinquenal (2018-2022) para la sinización del catolicismo en China, condensan la principal razón por la que Xi Jinping no quiso reunirse con el Papa en su reciente visita a Italia. Xi trata de dejar claro quién es el 'puto amo', tras abrir una brecha con el ala más dura del politburó desde la firma de un acuerdo entre Pekín y Roma el pasado 22 de septiembre.

Una vez conquistada la primera adhesión de un país europeo al proyecto neoimperialista de la Ruta y la Franja -evidenciando así a quién beneficia el auge de los populismos-, el mandatario asiático ha desdeñado las repetidas invitaciones del Secretario de Estado del Vaticano, Pietro Parolin, para entrevistarse con Francisco. De nada han servido los inusitados gestos eclesiales de “respeto, estima y confianza” hacia el régimen chino en el libro 'La Iglesia en China: Un futuro por escribir', recién publicado. De nada ha servido tampoco la necesidad de consensuar las aplicaciones concretas del compromiso, ante la nueva ola de represión que su firma ha desencadenado.

China no concedía al Papa ninguna atribución dentro de su territorio, por considerar que ello suponía una inadmisible injerencia extranjera

Huelga decir que el pacto contradice el sentir de numerosos católicos dentro y fuera de China, las advertencias de no pocos expertos, las recomendaciones de las organizaciones proderechos humanos y las evidencias de quienes están padeciendo sus consecuencias. Los informes constatan el cierre de iglesias en Hebei, una de las provincias con mayor número de católicos, y la detención de al menos cuatro presbíteros y un obispo -P. Shao Zhumin, de Wenzhou- entre los meses de septiembre y noviembre. Ahora bien, al no haberse hecho público el contenido específico y el texto del acuerdo, no cabe defensa ni apelación frente a las autoridades, que se amparan en él para justificar sus extorsiones.

El Vaticano insiste en que se trata de un consenso provisional y limitado, todavía en fase de “prueba”, que conlleva el reconocimiento de la autoridad final del Romano Pontífice en la designación de obispos a partir de una terna previamente seleccionada por el gobierno, y supone la readmisión de siete obispos filocomunistas excomulgados. Por tanto, Roma ve legalmente reconocidas sus competencias a cambio de que Pekín también participe en ellas, quedando excluida la posibilidad de candidatos no gratos al régimen. Pero hay todavía muchos cabos sueltos: poco se sabe de la suerte que espera a los treinta obispos clandestinos y de cómo se administrarán las comunidades legalizadas.

Hasta ahora China no concedía al Papa ninguna atribución dentro de su territorio, por considerar que ello suponía una inadmisible injerencia extranjera. Consiguientemente, la Iglesia católica fiel a Roma ha vivido en una situación de clandestinidad que ha dificultado enormemente su labor pastoral y su crecimiento. Paralelamente ha florecido una Iglesia Patriótica auspiciada por el Gobierno y sometida a las directrices del partido comunista chino, que ha procurado dotarla de abundantes recursos para canalizar hacia ella el emergente fervor religioso de sus ciudadanos.

Un sacerdote da la comunión durante una misa en la Iglesia de San José, en Pekín. (Reuters)
Un sacerdote da la comunión durante una misa en la Iglesia de San José, en Pekín. (Reuters)

Debido a la presión y las dificultades del contexto, el deslinde entre ambas instituciones se ha ido desdibujando con el tiempo. A través de la Asociación Patriótica y de la Conferencia de Obispos –ambas afines al régimen- se han multiplicado progresivamente las ordenaciones no reconocidas por Roma, de modo que numerosos filocomunistas han ocupado sedes eclesiales donde conviven con clérigos reconocidos por el Vaticano. Al entremezclarse ambos grupos, gran número de católicos chinos no prestan ya importancia al estatuto legal de los pastores que les administran los sacramentos. En la vida cotidiana de las comunidades eclesiales se insiste, además, en la dimensión estrictamente espiritual y devocional de la religión, sin considerar simultáneamente su dimensión pública, sociológica y política, de la que sí son conscientes las autoridades chinas cuando despliegan medidas represivas.

De hecho, la diferencia entre la Iglesia Patriótica china y la Iglesia católica romana posee capital importancia desde el punto de vista estructural, jurídico, institucional, e incluso propiamente religioso. Al hacer valer su independencia a pesar del hostigamiento y la represión, el Vaticano ha subrayado que el catolicismo es incompatible con el régimen chino porque su ideología y sus políticas son contrarias a la ley natural y los derechos fundamentales, incluido el derecho a la libertad de conciencia y a la libertad religiosa. Las actuales políticas de Xi Jinping contra Falun Gong, las comunidades evangélicas y los musulmanes de Xinjiang –donde más de un millón de personas han sido recluidas en campos de “reeducación”- no ofrecen dudas al respecto.

Ahora bien, el acuerdo firmado el pasado septiembre viene a diluir la posición tradicional de la Iglesia, hasta el punto de hacerla irreconocible. “La Iglesia católica china tendrá que redefinir su rol y sus relaciones con el partido comunista chino y con sus planteamientos ideológicos" –ha propuesto sin ambages el jesuita Joseph You Guo Jiang, con el visto bueno de la Secretaría de Estado del Vaticano. Debería crearse una “Iglesia católica china con características chinas”, que “cambie sus expresiones de servicio y predicación para seguir siendo relevante”. En ciertos pasajes se va todavía más lejos y se invita a reescribir la teología católica para adaptarla al cambio.

El acuerdo supone, por tanto, un giro de proporciones históricas e incalculable envergadura, que no afecta únicamente a la postura de la Iglesia en relación con el comunismo chino, sino que mina también la consistencia de sus principios morales y su misión fundacional. Además, el análisis del ya mencionado Plan Quinquenal para la Sinización revela que el propósito de Pekín no es sólo controlar, censurar y limitar la actividad de la Iglesia católica en China, sino utilizarla como un brazo del departamento de propaganda para el adoctrinamiento ideológico y la legitimación del régimen.

Solo el carisma de Francisco, la falta de información y la inercia de gran parte de los católicos –acostumbrados a obedecer a sus pastores sin cuestionamientos-, explica que se haya amortiguado el escándalo. Con todo, abundan las críticas y las alusiones de no pocos expertos –entre ellos, el académico católico George Weigel- a otros lamentables episodios históricos en que la Iglesia se ha plegado a regímenes dictatoriales o ha contribuido a legitimarlos.

Un referente histórico para quienes rechazan este tipo de componendas es el cardenal Kung, de origen chino -fallecido en el año 2000, después de pasar 30 años en prisión por su fidelidad a Roma-, y la fundación que perpetúa su legado. Actualmente, entre las voces más contundentes dentro de la jerarquía eclesial destaca el cardenal emérito de Hong Kong, Joseph Zen –célebre por su activismo a favor de la democracia-, quien habla de una increíble traición: los corderos son entregados a manos de los lobos”. En una línea similar se encuentra Bernardo Cervellera, miembro del Instituto Pontificio para las Misiones Extranjeras y editor de Asianews.it, publicación que día a día constata con nuevas evidencias el hostigamiento y la instrumentalización del acuerdo contra los católicos no comunistas.

En el bando de los promotores del pacto se encuentra el arzobispo Claudio María Celli, responsable directo de las negociaciones, bajo las órdenes del ya mencionado Pietro Parolin, Secretario de Estado del Vaticano. Su enfoque es compartido por otros altos cargos como Mons. Sánchez Sorondo, Presidente de la Academia Pontificia de las Ciencias, quien considera que “en este momento quienes mejor realizan la doctrina social de la Iglesia son los chinos”. Al listado es preciso añadir el cardenal Fernando Filoni, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, que ha viajado a Taiwán para calmar a quienes temen que el acuerdo ponga fin a su reconocimiento diplomático por parte del Estado Vaticano. Finalmente, es un hecho públicamente reconocido que el papel de Theodore McCarrick, el cardenal destituido por abusos sexuales, ha resultado crucial para la aproximación del Vaticano a la Iglesia Patriótica china durante un par de décadas, hasta el punto de aparecer en los cables de Wikileaks como negociador a la sombra. También es público que el cardenal estadounidense colaboró con la congregación Maryknoll –hoy asimismo cuestionada por los abusos de dos de sus miembros- para formar seminaristas chinos afines al régimen comunista en centros eclesiales norteamericanos, a fin de que a su regreso favorecieran la interpenetración entre las dos iglesias.

Sólo el carisma de Francisco, la falta de información y la inercia de gran parte de los católicos explica que se haya amortiguado el escándalo

Ante este inquietante panorama no parece constructivo anteponer una supuesta fidelidad al Papa a la realidad de los hechos y a las propias enseñanzas del Magisterio eclesial, algo que sucede actualmente en algunos ámbitos religiosos. Tampoco cabe responder con un lenguaje espiritualista a preguntas que exigen respuestas muy concretas sobre lo que de verdad está aconteciendo en China y sobre las ambiciones de su régimen. Utilizar el lenguaje de la teología para tratar cuestiones de politología induce a la equivocidad y al error.

En cambio, sí consideramos pertinentes los matices de quienes conocen la Iglesia Patriótica de cerca y perciben en ella menos aquiescencia hacia el poder gubernamental de lo que a primera vista podría parecer. De ahí las actuales inquietudes en el ala más radical del partido comunista. También tienen sentido las valoraciones que enfatizan los aspectos positivos del acuerdo, en tanto permite a los católicos fieles a Roma salir de la clandestinidad y concede al Vaticano competencias sobre la comunidad patriótica, que antes dependía únicamente de las autoridades chinas. Ahora bien, debemos señalar que no hay ninguna certeza sobre cómo el Papa podrá ejecutar de modo efectivo sus competencias y no parece verosímil que pueda ganar el pulso al Gobierno chino dentro de su propio territorio.

Finalmente, si prestamos atención a las distintas voces implicadas en esta controversia podemos descubrir insospechados puntos de encuentro. Es lo que sucede con las recientes declaraciones del cardenal Filoni: “Espero no oír o leer acerca de situaciones locales donde se explota el acuerdo para obligar a la gente a llevar a cabo algo que ni siquiera es requerido por la legislación china, como unirse a la Asociación Patriótica”. Pues sí, monseñor, oiga y lea, porque esto es precisamente lo que está sucediendo. Y para probarlo, basta volver una vez más al Plan Quinquenal para la Sinización, donde Pekín desvela cuál es su interpretación del pacto: “La Iglesia católica debe cumplir con la constitución y los reglamentos que rigen la actividad de la Asociación Patriótica, fortalecer y mejorar la organización de las asociaciones patrióticas en todo el país. […] Es necesaria la aceptación del liderazgo del partido comunista de China, el apoyo al sistema socialista y la defensa de las autoridades”.

Yo me pregunto: ¿puede este planteamiento llevar la rúbrica del Papa Francisco?

*Mar Llera es la Directora de Estudios de Asia Oriental y profesora de la Universidad de Sevilla, y activista de Amnistía Internacional

Tribuna Internacional

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
9 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios