Los enemigos de Israel: puede que Trump sea uno de ellos

Después de Irán y los palestinos, Trump puede ser el tercer enemigo. Con su apoyo a la soberanía sobre los Altos del Golán anima a los extremistas a anexionarse también Cisjordania

Foto: El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu durante una visita al mercado Mahane Yehuda, en Jerusalén. (Reuters)
El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu durante una visita al mercado Mahane Yehuda, en Jerusalén. (Reuters)

Hoy martes se celebran elecciones en Israel, la única democracia de todo el Oriente Medio, que salvo sorpresas es probable que den lugar a un parlamento polarizado y a un gobierno sustentado por una exigua minoría como viene ocurriendo desde hace tiempo.

En las encuestas se anuncia la irrupción con fuerza del nuevo Partido Azul y Blanco del general Benny Gantz que amenaza la supremacía del Likud de 'Bibi' Netanyahu, que ha desempeñado el cargo de primer ministro durante 13 años (contando su primer mandato de 1996 a 1999) con gobiernos cada vez más escorados hacia la derecha, pero que muestra una enorme capacidad de resistencia a pesar de que en esta ocasión no se enfrenta solo a rivales políticos, sino al Fiscal General del Estado que debe considerar si imputarle por varios cargos de corrupción de los que le acusa la brigada antifraude.

De modo que Netanyahu se encuentra entre la espada y la pared y se ha embarcado en una carrera hacia adelante que consta de dos apoyos muy eficaces: por una parte el habitual de los partidos nacionalistas, religiosos y de ultraderecha (entre los que ha entrado la Unión de la Derecha, que integra en su seno a los herederos del rabino Kahane con ribetes claramente racistas, lo que ha provocado la condena de muchos israelíes), y por otra parte, el respaldo del presidente Donald Trump con el que Netanyahu mantiene una excepcional relación de amistad personal (que contrasta con la mala relación que tuvo con Obama) y que no ha dudado en acudir en su ayuda en estos momentos de dificultad. Trump y Netanyahu se han encontrado en cinco ocasiones desde que el primero llegó a la Casa Blanca. Lo que pasa es que su apoyo puede acabar siendo un regalo envenenado para Israel. Me explico.

Israel tiene enemigos, sin contar con los antisemitas, cuyo auge es muy preocupante -en 2018 solo en Francia se han producido más de 500 ataques, un incremento del 74% respecto del año anterior-. De dos de estos enemigos, Israel es muy consciente: Irán y los palestinos. El tercero es Donald Trump.

La República Islámica de Irán es el enemigo ideológico jurado del Estado de Israel, cuya misma existencia rechaza para referirse a él como "la entidad sionista" mientras exige con entusiasmo su destrucción en las manifestaciones populares de Teherán. Un viejo amigo, que fue director del Mossad, me decía que las reuniones del Consejo Nacional de Seguridad de Israel dedican el 90% de su tiempo a hablar de Irán y solo el 10% a hablar de los palestinos. Y ahora puede que ni eso. Hace años me alojé en un hotel de Teherán con un felpudo que ocupaba todo el hall de entrada (y que había que pisar necesariamente para entrar o salir) que era una gran bandera de los EEUU y donde frente a la puerta había una burda caricatura de un soldado judío con la leyenda "Israel must be destroyed" ("Hay que destruir a Israel") así, en inglés, para que los huéspedes lo entendiéramos bien.

Hoy, Irán, a pesar de las sanciones internacionales impuestas por los estadounideses que hacen mucho daño a su economía, está presente militarmente en Siria donde junto con Rusia ha logrado la supervivencia del presidente Assad y desde allí amenaza con sus bases y sus misiles a Israel. La posibilidad de que Irán se haga un día con el arma nuclear es la gran pesadilla de cualquier ciudadano de Israel y por eso Netanyahu ha animado al presidente Trump a denunciar el acuerdo suscrito por la Comunidad Internacional con la República Islámica para poner fin a su programa nuclear. Los europeos, que también miramos con desconfianza la construcción de misiles cada vez más sofisticados y de mayor alcance por parte de Irán o su ambición de hegemonía regional, creemos que hay que tratar esos asuntos en otros foros que no pongan en peligro un Acuerdo que contribuye a hacer Oriente Medio más seguro y que evita una carrera de armamentos en una zona que ya tiene bastantes problemas. Sobre todo a la vista de que las Naciones Unidas mantienen que Irán cumple con los compromisos asumidos en ese Tratado.

El segundo enemigo de Israel no es de naturaleza ideológica, sino territorial y es consecuencia de la lucha entre dos pueblos, palestino e israelí, por un mismo trozo de tierra sobre el que es difícil debatir, porque está lleno de referencias religiosas y mitológicas que apelan más a los sentimientos que a la razón y que alcanzan su punto culminante en la ciudad de Jerusalén, que ambos consideran como la propia capital y cuyo aire está en mi opinión apelmazado y difícilmente respirable de tantas oraciones como desde allí unos y otros (también los cristianos) han elevado desde hace siglos. Demasiados monoteísmos excluyentes en competición. Los palestinos fueron desposeídos de sus tierras cuando las Naciones Unidas crearon el Estado de Israel en 1948 y desde entonces no han dejado de perder cada día más tierra con cada guerra perdida y con la posterior construcción de asentamientos judíos en los territorios ocupados de Cisjordania, pues Gaza es una enorme prisión que encierra a dos millones de palestinos, que nadie quiere y desde la que se sigue hostigando a Israel con el lanzamiento de cohetes.

Gaza es un polvorín con la mecha encendida. Durante mucho tiempo el conflicto entre israelíes y palestinos fue el principal de Oriente Medio, pero hoy ha perdido importancia ante los muchos otros que sufre la región y que han llevado a un acercamiento de Israel a los países sunitas del Golfo frente al enemigo común iraní. Esa misma razón ha hecho que también disminuya el apoyo a la causa palestina por parte de los "hermanos árabes" cuyo respaldo es más de boquilla que real con cada día que pasa. En las actuales elecciones israelíes ni siquiera se habla del asunto como algo importante.

El tercer enemigo de Israel puede ser Donald Trump, como de una u otra forma han dicho Tom Friedman y Dennis Ross, ambos judíos, y como también piensan muchos otros judíos norteamericanos alineados con asociaciones de línea progresista como JStreet. Pero eso muchos israelíes aún no lo saben. Lo es porque con su apoyo sin restricciones a la política de Netanyahu alinea a Israel con el Partido Republicano y, de paso, le aleja de los Demócratas que volverán a gobernar un día. No es que yo crea que los Demócratas no vayan a mantener en el futuro su firme apoyo a la seguridad de Israel, pues eso nadie lo discute en los EEUU, es solo que muchos empiezan a pensar que quizás habría que diferenciar mejor entre los intereses de ambos paises, que no son siempre coincidentes.

El colmo fue cuando el Congreso, dominado por los Republicanos, invitó a Netanyahu para que criticara la política norteamericana con Irán en plena presidencia de Obama. Lo nunca visto. Y Trump puede ser un problema para Israel porque con su apoyo a la soberanía israelí sobre Jerusalén Este y los Altos del Golán, en contra del Derecho Internacional y de la doctrina de las Naciones Unidas (y de la propia diplomacia norteamericana), está animando a los extremistas israelíes a anexionarse también Cisjordania (que muchos desean y que todavía designan con su nombre bíblico de Judea y Samaria), como ya ha dicho el líder nacionalista Neftalí Bennet y como acaba de reconocer el propio Netanyahu al regresar de Washington con el regalo del Golán bajo el brazo y decir que "todo el mundo afirma que no puedo mantener el territorio ocupado, pero esto prueba que es posible. Si lo ocupas en una guerra defensiva, entonces es tuyo".

A Putin le habrá gustado oírlo. A Bibi no le hacía falta recordar que la guerra de 1967 en la que Israel ocupó Cisjordania, fue una "guerra defensiva", pues eso es de sobra conocido. Es una postura que podría conducir a Israel a construir más asentamientos y a acabar anexionando el territorio con sus dos millones y medio de palestinos, poniendo fin al sueño de dos estados. Y si eso un día llega a ocurrir pasará una de estas dos cosas en función de que mantenga o no a esos palestinos dentro de sus fronteras: o Israel dejará de ser un Estado judío o dejará de ser un país democrático. Ninguna de las dos opciones es buena y nadie las desea. A más corto plazo, esta política tampoco facilita la labor de mediación entre israelíes y palestinos que trata de llevar a cabo el yerno Jared Kushner, porque estos últimos no ven a Trump como "the neutral guy" que afirma desear ser. No se fían y al no fiarse dificultan la tarea de la diplomacia norteamericana.

Israel tiene aún otro problema, pero este es interno y forma parte de su propia esencia nacional: la miríada de pequeños partidos nacionalistas y religiosos que gozan gracias a la Ley Electoral de un peso desproporcionado en relación a la población a la que representan, que "venden" muy caro el apoyo de los pocos escaños de que disponen y que escoran muy hacia la derecha la política del país. Avi Shlaim en 'El muro de hierro' explica cómo estas débiles coaliciones que sustentan al gobierno de turno se han desmoronado como un castillo de naipes siempre que ha habido posibilidad de avanzar hacia la paz con los palestinos por su rechazo a entregar territorios que consideran que forman parte del legado que Dios dio a Israel...

Y, sin embargo, esa paz con los palestinos es esencial para garantizar la normalización de relaciones entre Israel y sus vecinos y seguridad futura pues ya Napoleón decía que con las bayonetas se puede hacer muchas cosas... salvo sentarse sobre ellas.

Tribuna Internacional

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