Un resultado mediocre para Sánchez pero potencialmente bueno para España

La idea de que Sánchez, el presidente del país más grande con gobierno socialista, podía colocar a España en un plano protagonista ha resultado un tanto decepcionante, pero no un fracaso

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en su comparecencia posterior al Consejo Europeo. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en su comparecencia posterior al Consejo Europeo. (EFE)

El proceso de nombramiento de los candidatos a los principales puestos de la UE ha seguido el patrón habitual de la toma de decisiones de las instituciones europeas.

Después de muchos meses de expectativas, preparaciones y declaraciones sobre su trascendencia, los líderes de los países miembros fueron incapaces de llegar a un acuerdo el día previsto, el 20 de junio, y programaron una nueva cumbre para el domingo 30. Después de retrasar el inicio de la reunión y alargarla durante la madrugada, en la mañana del lunes, más de veinticuatro horas después de que empezaran los contactos, se anunció que se suspendía.

Se convocó una nueva para ayer y de esta ha salido un resultado que es como suele ser la toma de decisiones de la UE: no es catastrófica, no es brillante, refleja la preponderancia de Francia y Alemania en la Unión y demuestra que las instituciones europeas difícilmente serán reformables.

Pero antes de volver a eso, ¿cómo es el resultado para España?

Hagamos una distinción entre el gobierno actual de España, presidido por el socialista Pedro Sánchez, y el país en su conjunto en el medio plazo. Para el primero, ha sido un resultado mediocre. Sánchez llegó a las conversaciones siendo el negociador líder de los partidos socialistas europeos, parecía tener un pacto con Macron para darle la presidencia de la Comisión Europea -el cargo más importante de todos- al socialista holandés Frans Timmermans, y todos los comentaristas habían afirmado que era la oportunidad de oro para que España se convirtiera en el tercer líder de la UE, junto a Francia y Alemania, y en una especie de bisagra entre ambos países

El nombramiento de Josep Borrell como jefe de la diplomacia europea no es ni mucho menos algo menor. Es un cargo importante y respetado para el que Borrell tiene sobradas credenciales. Pero no dispone de un poder fuerte en el interior de la UE semejante a los de presidente de la Comisión, del Consejo o del BCE. En realidad, toda la socialdemocracia europea ha quedado decepcionada con el resultado. La propia Iratxe García, la mujer fuerte del socialismo español en Bruselas, ha dicho que la “propuesta” de reparto de cargos “ es profundamente decepcionante para nosotros”.

Para España, sin embargo, el resultado puede ser bueno. La elección de Christine Lagarde, la directora actual del Fondo Monetario Internacional y ex ministra de finanzas de Francia, como presidenta del Banco Central Europeo tiene algo de frivolidad. Lagarde no es economista, es política; no ha trabajado en banca central ni se ha dedicado a la política monetaria, lo cual será un lastre en un momento en el que ésta requerirá ser particularmente creativa. Pero no es un halcón alemán, holandés o finlandés y lo más probable es que mantenga las políticas expansivas de Mario Draghi, que España tanto necesita. Además, De Guindos será su vicepresidente.

Ursula von der Leyen es la actual ministra de defensa alemana y la única que ha permanecido en todos los gabinetes de Merkel desde que esta es canciller, y será la próxima presidenta de la Comisión Europea si el Parlamento no lo impide. Es una prototípica conservadora alemana en términos ideológicos (no en otras cuestiones: se ha visto envuelta en escándalos por un supuesto plagio de su tesis y por contrataciones discutibles de su ministerio). Probablemente no hará nada por profundizar en la integración de los países europeos, pero tampoco dará sorpresas ni propondrá excentricidades.

Los nuevos nombramientos no son una maldición para la UE, pero sí demuestran que esta no avanza

Muy probablemente, mantendrá un statu quo en el que, en contra de quienes presentan a una UE dominada por tecnócratas sin representatividad democrática, quienes mandan son los jefes de gobierno nacionales. La suma de la ortodoxia de Von der Leyen con el marcado antiindependentismo de Borrell pueden contribuir a impedir que el independentismo catalán tenga éxito en su cada vez más tocada campaña de internacionalización de sus reivindicaciones.

Lo que nos lleva al principio. Los nuevos nombramientos no son una maldición para la UE, pero sí demuestran que esta no avanza. No se democratiza dando más poder al Parlamento Europeo, sigue rigiéndose por unas formas de negociación que, aunque tengan razón de ser y sean legítimas, son vistas como un simple intercambio de puestos sin un criterio meritocrático claro, y sigue dominada por la bicefalia de Alemania y Francia. En este caso, además, el grupo de Visegrado -formado por Hungría, Polonia, República Checa y Eslovaquia-, que, junto con Italia, es considerado el responsable del fracaso de la candidatura de Timmermans, ha demostrado tener poder de veto.

Macron ha salido ganando en el reparto de puestos, pero su ambición reformista ha fracasado. Merkel previsiblemente tendrá una aliada al frente de la Comisión, pero la elección de Lagarde para el BCE debe haber provocado una ira incrédula en el Bundesbank. La idea de que Sánchez, que habla un buen inglés, es el presidente del país más grande con gobierno socialista y tiene experiencia en el mundo bruselense podía colocar a España en un plano protagonista ha resultado un tanto decepcionante, pero no un fracaso: varios factores podrían favorecer a nuestro país en este próximo lustro.

La UE seguirá arrastrando los pies. En tiempos normales, uno pensaría que eso basta. Pero cada vez resulta más difícil no impacientarse con sus rutinas.

Tribuna Internacional
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