La jugada de Boris y las reglas del juego

Es fácil perderse en la tragicomedia de enredo que vive el Reino Unido desde junio del año 2016, aunque es cierto que han sabido convivir durante décadas dentro de un galimatías

Foto: El primer ministro británico, Boris Johnson, en el 10 de Downing Street. (Reuters)
El primer ministro británico, Boris Johnson, en el 10 de Downing Street. (Reuters)

Es fácil perderse en la tragicomedia de enredo que vive el Reino Unido desde junio de 2016. Los 'brexitólogos' dirán, con razón, que hay que remontarse mucho antes de la fecha del referéndum para explicar el galimatías actual, aunque también es cierto que la política británica había sabido convivir durante décadas con la siempre espinosa cuestión europea.

Así que si hubiera que elegir un acontecimiento no demasiado remoto que marque el momento en que se empezó a perder la compostura (y que, de paso, ayude a explicar las últimas decisiones de Boris Johnson), creo que debe apuntarse a las elecciones europeas de mayo de 2014. Las ganó el UKIP de Nigel Farage, un carismático personaje eurófobo que se había dado de baja del partido conservador cuando John Major firmó el Tratado de Maastricht. En segundo lugar quedaron los laboristas, y los ‘tories’, maestros hasta entonces en el arte del euroescepticismo pragmático, obtuvieron un humillante tercer puesto; algo que no les había ocurrido nunca en una votación a nivel nacional desde su fundación en 1678 (¡!).

No es por tanto de extrañar que a partir de ese trauma se iniciara una evolución acelerada que va a llevar al partido tradicional, moderado y 'pro-establishment' por antonomasia en el mundo occidental a convertirse en una fuerza impredecible, radicalizada y de rasgos populistas. David Cameron y Theresa May representan la fase de metamorfosis.

El primero, célebre por sus jugueteos plebiscitarios en un país donde nunca se había practicado la democracia directa, no quería la salida de la UE sino cabalgar la ola soberanista y obtener nuevos privilegios en Bruselas. La segunda, que inició su efímero mandato prometiendo nacionalismo paternalista e intervencionista, no llegó a atreverse a romper el respeto de su partido por las reglas y por los acuerdos. Ambos se mostraron incapaces de dominar un escenario crecientemente polarizado y fueron desplazados por los partidarios de la ruptura, mejor si era dura e incluso caótica.

Boris Johnson y Donald Trump, en el G-7 de Biarritz. (Reuters)
Boris Johnson y Donald Trump, en el G-7 de Biarritz. (Reuters)

Johnson es el desenlace de esa transformación. Ha abandonado por completo el marco clásico de la división izquierda-derecha sobre la que había funcionado su partido durante tres siglos y medio para abrazar, como ha hecho con éxito Donald Trump al otro lado del Atlántico, la fractura entre pueblo y élites. No actúa irracionalmente: pretende arrastrar detrás de él a la mitad del país que apuesta por cortar con Europa, al margen de que en el pasado votasen laborista o desde luego a Farage, y sin importarle mucho que el coste de su jugada sea que su país, antaño admirado por el respeto reverencial a unas pocas reglas del juego, sea hoy irreconocible.

La jugada de Boris y las reglas del juego

Sabe que su única posibilidad en un escenario electoral, seguramente muy próximo, es alimentar un relato sin matices ni peros ('no ifs, no buts'). Solo blanco y negro. Por eso le molesta el gris del control parlamentario y, mucho más, el del pacto con los Veintisiete. Confía, como hicieron antes sus dos predecesores, que una vez triunfante en la táctica electoral y con cinco años por delante en Downing Street, ganará también en la apuesta estratégica por un país más próspero e influyente. Pero pronto veremos que también él se equivoca.

* Ignacio Molina es el investigador principal del Real Instituto Elcano y profesor en la Universidad Autónoma de Madrid.

Tribuna Internacional
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