"Que llegan los indígenas": una mirada desde dentro de la insurrección en Ecuador

La crisis ecuatoriana atrajo la atención internacional no por la violencia, sino por la insurrección de los indígenas. Una imagen a la que nosotros, blancos europeos, no estamos acostumbrados

Foto: Protestas indígenas en Ecuador. (EFE)
Protestas indígenas en Ecuador. (EFE)

La crisis política ecuatoriana atrajo la atención internacional con un hecho significativo. Las miradas no se volvieron hacia este país debido a la declaración del estado de excepción el pasado 3 de octubre por parte del gobierno de Lenín Moreno. Al fin y al cabo, que un gobierno de un país en vías de desarrollo del Cono Sur atravesase una crisis política no es un hecho muy relevante para los ciudadanos que formamos parte de "democracias estables". Lo que hizo que Ecuador apareciese en las primeras páginas de periódicos en todo el mundo fue un hecho mucho mas impactante para el ciudadano blanco y occidental, que acostumbra a que los canales de la política transcurran por los sistemas racionales que desde pequeñitos nos han inculcado. Fue el 8 de octubre, con un grupo de indígenas tomando la Asamblea Nacional de Ecuador durante unas horas, cuando el mundo ensombreció.

Recuerdo el día antes, cuando 20.000 indígenas entraron en Quito para protestar contra la retirada de los subsidios a la gasolina, una medida promulgada por el gobierno de Lenín Moreno como consecuencia de haber pactado con el Fondo Monetario Internacional. Ese día me dirigía a la universidad donde trabajo. El edificio estaba cerrado, y el guardia, que había puesto su porra entre puerta y puerta, la quitó para dejarme pasar. Le pregunté: "¿Por qué cierran la universidad?". Su respuesta: "Los indígenas están cerca". De camino a casa me encontré con un amigo arquitecto ecuatoriano y, mientras me tomaba un café con el, me espetó que "ni se me ocurriera" ir al centro histórico. "Esos indígenas no hacen distinciones". El café que nos tomamos en Quito estaba en la Doce de octubre -una de las principales calles de la ciudad-, que en ese momento estaba cortada. Cuando le pregunté al policía que estaba poniendo la cinta para cortar la calle, la respuesta fue la misma que la del guardia y la de mi amigo: "Vienen los indígenas".

Cuando llegué a casa hice exactamente lo contrario que me había recomendado mi amigo, además de ignorar el correo que había recibido (yo y todos los españoles que residimos en Quito) del consulado español, que detallaba una serie de medidas a tomar en cuenta durante el estado de excepción. Entre ellas, evitar ir al centro histórico. Pese a todo, tuve claro que tenía que llegar al epicentro del conflicto.

Antes de ponerme en marcha, recordé que la nevera de mi casa estaba casi vacía, así que fui a hacer unas compras al supermercado. Según entré, me extrañó ver a tanta gente un lunes por la mañana. Cuando fui a comprar algo de carne, mi sorpresa fue aún mayor al ver que los estantes estaban prácticamente vacíos. Esta cadena de supermercados (la mas grande de Ecuador) había rellenado esos huecos vacíos con cervezas, lo que hacía aún mas sórdida la situación. Automáticamente la palabra "desabastecimiento" me vino a la cabeza. Sabía que, posiblemente, la huelga de transportistas había provocado esa situación. Pero mi razonamiento no se quedó ahí. En un milisegundo, mi subconsciente conectó "desabastecimiento" con "Venezuela". Y, por supuesto, esta combinación letal no podía detenerse, el terror tenía que consolidar algo que mi cabeza ya venía gestando… En lo mas profundo de esa caja negra llamada subconsciente, algo en mi relacionó quedarme sin víveres con la llegada de los indígenas a Quito.

Un pañuelo y un bote de alcohol

Después de hacer las compras y llegar a casa, me preparé para ir al centro histórico. Un amigo mío me recordó que no es inusual que la policía ecuatoriana use gases lacrimógenos para disuadir a los manifestantes, y que es bueno llevar un pañuelo y algo de alcohol para poder respirar mejor en caso de "trifulca". Me pareció una exageración llevarme un bote de alcohol, pero por si acaso lo guardé en la chaqueta. Cuando estaba llegando a la Casa de la Cultura (cerca del centro histórico y donde los indígenas tenían su base logística), empecé a vislumbrar decenas de coches, camionetas, furgonetas… Todos parados en una de las calles que llevaban al centro histórico. Allí no había policías. Las familias indígenas que se encontraban asentadas en ese lugar no transmitían la sensación de que acababan de llegar y daba aún menos la impresión de que tuvieran intención de abandonar Quito en un futuro cercano. Mientras caminaba, no me sorprendía el hecho de no ver a mas gente como yo (blancos). Lo que me llamaba la atención es que prácticamente no había mestizos (que representan a la mayoría de la población en Ecuador). Solo había indígenas.

La expresión de sus caras mostraba un no retorno, la certeza de saber que iban a tener que vivir esta lucha (y asumir la del resto de Ecuador) hasta el final. Cuando empezaron los enfrentamientos con la policía, yo estaba bastante lejos de donde se producían las cargas. Aún así, empezar a sentir el gas en mi cuerpo me provocó angustia. Me lloraban los ojos. Empecé a escupir al suelo. Mientras trataba de alejarme del gas solo me venía a la cabeza insultar a los policías y al gobierno. Mi cuerpo me decía que me volviese a casa, pero, al enterarme que haciendo una hoguera el humo podía ahuyentar el gas, decidí usar el alcohol para ayudar a un grupo de indígenas a prender unas hojas. Recuerdo la mirada penetrante de uno de ellos, llevaba toda la cara tapada, y tengo la sensación que ni yo ni el nos creíamos realmente que estuviéramos compartiendo juntos esa experiencia. Antes de abandonar las protestas aquella noche, eché un vistazo atrás. Los indígenas seguían aguantando el gas, seguían avanzando.

Los pueblos indígenas americanos, que han sufrido uno de los procesos de desposesión más brutales de la historia, ¿tienen patria?

Aquella noche, antes de irme a dormir, vi la rueda de prensa de la ministra de gobierno, Paula Romo. Todo iba bien (le notaba serena, confiada en sí misma), hasta que un periodista le preguntó por Rafael Correa. En ese momento, a la ministra se le cambió el gesto, y automáticamente empezó a conectar la violencia ejercida por los manifestantes con el correísmo. La CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador), una de las organizaciones que mas oposición hicieron al correísmo, se había desmarcado de cualquier acto violento. En este sentido, que la ministra culpara a los correístas no inquietaba a la CONAIE. Sin embargo, si volvemos al supermercado, a la falta de carne, y al indígena, podemos ver como el círculo se estaba volviendo a cerrar. El Gobierno de Lenín aseguraba que el correísmo era el principal elemento "desestabilizador" del país, y que detrás de él -obviamente- se encontraba el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.

Al día siguiente me levanté sabiendo que el Gobierno de Lenín Moreno había trasladado su sede a Guayaquil. Tuve la percepción de que estas protestas no se podían simplificar en términos de subsidiar (o no) la gasolina y el diésel. En lugar de seguir conjeturando, salí de mi casa y me dirigí al centro histórico. Cuando pasé por la Casa de la Cultura percibí que esta vez se les habían unido ecuatorianos provenientes de diferentes partes de la ciudad. Además, mi sorpresa fue aún mayor cuando, en medio de los gases que lanzaba la policía, empecé a ver banderas de Ecuador.

Protestas en Ecuador. (EFE)
Protestas en Ecuador. (EFE)

A la famosa frase de Karl Marx, "los obreros no tienen patria", cabría preguntar: los pueblos indígenas americanos, que han sufrido uno de los procesos de desposesión mas brutales de la historia, ¿tienen patria? Cuando llegué al centro histórico de Quito, piedra angular del poder colonial (fue fundado por los españoles) y que ahora representaba un vacío de poder con un gobierno que había "huido" al sur del país, mis ojos no daban crédito a la nueva organización popular que se estaba asentando en este lado de la ciudad. Una sensación de autogestión nos embriagaba a todos los que estábamos allí. Un taxista abría el maletero y empezaba a repartir plátanos. Una camioneta, en la que conducía un padre acompañado de sus tres hijas, se paraba y empezaban a repartir botellas de agua.

Las cargas de la policía me obligaron a retirarme y, de vuelta a casa, pude comprobar como los quiteños llevaban todo tipo de víveres a la Universidad Salesiana (de los jesuitas) donde algunos indígenas pernoctaban después de varios días en Quito, a cientos de kilómetros de sus hogares. Esa misma noche la universidad recibiría los gases de la policía ecuatoriana, haciendo que familias enteras tuvieran que abandonar su refugio. Otra muestra mas de la impotencia del gobierno. Otro síntoma de que el gran conflicto histórico de América Latina, la supervivencia de los pueblos originarios, no llegaría a su fin en Ecuador mediante la negociación de una determinada medida económica.

Al terminar el día llegan informaciones desde Guayaquil. Cynthia Viteri, la alcaldesa de esa ciudad, junto con el exalcalde de la ciudad Jaime Nebot, su padre político, ambos pertenecientes al Partido Social Cristiano, han cerrado filas junto a Moreno, convocando en todo el país "cadenas cívicas" para "defender Ecuador". Tanto Viteri como Nebot, así como las declaraciones de Moreno esa misma noche a la cadena de televisión privada Teleamazonas, aseguraban que bandas de 'Latin King' estaban detrás de los episodios de violencia.

"Que llegan los indígenas": una mirada desde dentro de la insurrección en Ecuador

"La paz, en los cementerios"

Moreno, siendo aún mas específico, asegura que la exalcaldesa de Durán Alexandra Arce perteneciente al partido Alianza País (fundado por Rafael Correa), estaba alentando a esos pandilleros a sembrar el caos en la ciudad. El bloque histórico conservador (a favor del orden y del 'statu quo') quedaba retratado en Ecuador. Sin embargo, este 'establishment' ecuatoriano daba síntomas de agotamiento. Nebot, en unas polémicas declaraciones, aconseja a los indígenas "que se vuelvan al páramo". Yaku Pérez, líder indígena, contesta a Nebot y a las "cadenas cívicas" alegando que "la paz está en los cementerios", en referencia a los indígenas muertos por la represión de las fuerzas de seguridad del estado. Estos son los últimos coletazos de una oligarquía ecuatoriana que, desde el triunfo de Lenin en marzo 2017, hasta la declaración del estado de excepción en octubre de 2019, no contaba con la sublevación de una población indígena que hasta el momento se encontraba en la retaguardia.

Al día siguiente (jueves 10 de octubre) los indígenas mantienen un duelo en la Casa de la Cultura. Entre la multitud, se abre paso un féretro de un indígena muerto durante las protestas del día anterior. Hay policías retenidos por los indígenas dentro de la Casa de la Cultura. Un periodista de la cadena de televisión Teleamazonas, acusada de mantener un silencio informativo sobre las protestas, es apedreado cuando salía de allí. Sin embargo, a pesar de estos incidentes, al terminar el día tengo la sensación de que ambos bandos se han dado una especie de tregua, ya que los indígenas (o mejor dicho, los opositores al Gobierno), no han tratado de acercarse a la Asamblea Nacional, su objetivo principal desde que llegaron a Quito.

Manifestantes indígenas en Quito. (EFE)
Manifestantes indígenas en Quito. (EFE)

El viernes los ecuatorianos (y los que vivimos en Ecuador) nos levantamos con una sensación general de incertidumbre. La crisis política lleva varios (demasiados) días y nadie ve cerca su resolución. Mas indígenas llegan a Quito de toda la Amazonía. Cuando llego a las inmediaciones de la Asamblea Nacional veo a muchos de ellos con lanzas. El realismo mágico de García Márquez me embriaga al presenciar como, en lo alto del muro de la Asamblea, unos manifestantes indígenas les tiran trozos de pan a unos militares para que tengan algo de comer mientras dura la tensa espera. El tiempo se para. Militares e indígenas intercambian sonrisas, palabras amables. Las lanzas y las metralletas están tan cercas unas de otras que parece, por un instante, que la historia ha hecho un pacto consigo misma. Yo me alejo de la asamblea porque, aunque mis ojos estén presenciando ese milagro atemporal, mi cabeza racional y europea me dice que ese escenario no puede durar mucho tiempo. Minutos después oigo los sonidos de las bombas lacrimógenas. Empieza el pánico. En la Seis de diciembre, una de las calles que lleva a la Asamblea Nacional, empieza el mismo ‘ritual’ que días anteriores: Los manifestantes se agolpan en las inmediaciones y resisten contra una policía que no para de lanzarles gas. Sin embargo, hoy viernes la intensidad sube de nivel. Hay un momento en que un coctel molotov que lanza un manifestante consigue llegar a una de las torretas donde se encuentran los policías. En ese momento, la multitud empieza a aplaudir. Intento asimilar que ya no estábamos viviendo unas protestas, sino una insurrección.

Las lanzas y las metralletas están tan cercas unas de otras que parece, por un instante, que la historia ha hecho un pacto consigo misma

Minutos después del apoteosis provocado por el coctel molotov, algo nuevo sucede. Los policías salen de la Asamblea con intención de contratacar y, a su lado, una tanqueta amenaza con dirigirse hacia nosotros. En lugar de amedrentarse, varias decenas de personas rompen una valla de una estación de metro y, mientras cogen tuberías y todo tipo de utensilios, empiezan a hacer barricadas. Mientras contemplo la rapidez con que la gente se organiza, la palabra "autogestión" me vuelve a venir a la cabeza. En ese momento, cae una bomba lacrimógena relativamente cerca de mí. No sé de donde ha podido venir. Un amigo, haciendo uso de la ironía madrileña, me suelta: "En este momento, tenemos dos opciones, o nos vamos a tirar cócteles molotov, o nos vamos a tomar una cerveza". Optamos por lo segundo. Aún estamos en viernes noche, y noto que hasta mi cuerpo ha interiorizado el fenómeno de la violencia.

#LeninNoCedas

Cuando llegamos a casa de mi amigo vemos que la intensidad de la movilización indígena, y la empatía que hemos sentido compartiendo tantas horas con ellos, es solo una parte de la realidad que está viviendo el país entero. En twitter, el hashtag #LeninNoCedas es el mas seguido del día. En Facebook, amigos ecuatorianos que en principio podrían sentir solidaridad con el pueblo indígena postean abiertamente en contra de las movilizaciones y a favor de que vuelva la "normalidad" al país. El miedo a la revolución cala entre la población. Mañana es 12 de octubre, día de la hispanidad, y he de ir terminando este artículo.

¿Será el sábado 12 de octubre el final? ¿El final de que? Justo antes de salir de casa, a las 15:00 de la tarde, el presidente Lenin Moreno declara "el toque de queda y la militarización del DM Quito y Valles". Mi exnovia ecuatoriana me dice que no es mi lucha, y que hay que ser huevón para salir de casa en estas circunstancias. Le niego a la mayor el primer argumento, y no le quito la razón al segundo. Me dirijo al epicentro, a la Casa de la Cultura. Por el camino, veo que en una estatua de Isabel la Católica han vertido pintura roja y han colgado un letrero que pone "resistencia".

Manifestantes en Ecuador. (EFE)
Manifestantes en Ecuador. (EFE)

Cuando llego a la Casa de la Cultura, todo ha cambiado radicalmente respecto al día anterior. Hay tantas hogueras y tanto humo que el escenario ya es propio de una zona de guerra. En ese instante veo por un vídeo en Twitter que camiones blindados de los militares están entrando por el sur de la ciudad entre protestas de la población. Quedarme en la Casa de la Cultura es exponerme a una guerra abierta que tendrá lugar en algún momento del día. Antes de dejar el lugar, veo un cartel que dice: "Nadie me obligó a venir. ¡¡¡También es mi lucha!!!". Le mandó la foto a mi exnovia. En la posteridad, este levantamiento indígena será estudiado por los historiadores en función de la empatía que las clases acomodadas ecuatorianas mostraron hacia la revuelta.

En el último día de la semana tiene lugar la performance o, en otras palabras, el diálogo entre indígenas y gobierno auspiciado por Naciones Unidas y la Conferencia Episcopal Ecuatoriana. La puesta en escena de Jaime Vargas, líder de la CONAIE, vestido con todo el atuendo tradicional (plumas en la cabeza y cara pintada) cobra su momento álgido cuando llama vagos a los ministros del gobierno. El indio (palabra maldita en Ecuador) dando lecciones de trabajo a los blancos de traje y corbata. En ese momento las redes sociales estallan, del #LeninNoCedas se ha pasado, en tan solo 24 horas, a resaltar la dignidad indígena. Con el acuerdo (vuelven los subsidios a la gasolina y el diésel) Ecuador recupera la paz, la normalidad, las conversaciones mundanas, el aburrimiento… Sin embargo, por esta tierra de volcanes aún estamos de chuchaky (resaca en kichwa) y nos cuesta entender lo que ha pasado, lo que hemos vivido, ya nada volverá a ser lo mismo.

* Nicolás Buckley es profesor de la Universidad Metropolitana de Ecuador y está preparando su siguiente libro acerca de una historia oral sobre la guerrilla ecuatoriana ‘Alfaro Vive Carajo’.

Tribuna Internacional
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