Cómo el leninismo sigue explicando la política actual

Es interesante observar cómo las ideas de Lenin acerca del poder se han normalizado y siguen sirviendo a los políticos actuales para alcanzar y retener el control del Estado

Foto: Varias personas marchan con banderas del partido comunista y una fotografía de Lenin. (EFE)
Varias personas marchan con banderas del partido comunista y una fotografía de Lenin. (EFE)
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En un lateral de la Plaza Roja de Moscú, muchos días aún puede verse una cola de personas que esperan pacientemente para comprar una entrada. No es para un museo, una obra de teatro ni un acontecimiento deportivo. La gente sigue haciendo cola para visitar el mausoleo de Lenin.

La mayoría de los visitantes son rusos. Obviamente, muchos de ellos no son comunistas. Incluso entre quienes hoy, en las prósperas economías occidentales, se siguen llamando a sí mismos comunistas, pocos desean seguir el modelo político de Lenin: crear un Estado de partido único, dictatorial, con una censura absoluta y sostenido en buena medida en el terror. Y, sin embargo, Lenin continúa siendo una figura que provoca una oscura atracción. Sus ideas sobre el poder, aunque transformadas y más moderadas y democráticas, son reproducidas aún por líderes en todo el mundo.

Eso resulta evidente de la lectura de la sensacional 'Lenin. Una biografía', de Victor Sebestyen, recién publicada en español por la editorial Ático de los Libros. Es una reconstrucción minuciosa de la vida del dictador ruso que consigue que, aunque conozcamos perfectamente cómo se desarrolla la trama y cuál será el desenlace, se lea como si fuera un 'thriller'. Pero también como una especie de manual de política para la actualidad.

“En muchos sentidos —dice Sebestyen—, Lenin fue un fenómeno político completamente moderno: la clase de demagogo que no solo nos resulta familiar en las dictaduras sino en las democracias occidentales. En su búsqueda del poder, prometía a la gente cualquier cosa, todo. Ofrecía soluciones simples a problemas complejos. Mentía desvergonzadamente. Identificaba a chivos expiatorios que luego llamaba ‘enemigos del pueblo’. Se justificaba con el argumento de que ganar lo era todo: los fines justificaban los medios”. Todos estos son rasgos inherentes a la política, también a la democrática. Pero a medida que se avanza en la lectura de este largo libro, se puede percibir cómo hoy siguen particularmente vigentes. Como dice Sebestyen, “Lenin fue el padrino de lo que los columnistas, un siglo después, llamamos la política de la posverdad”.

"Lenin fue un fenómeno político moderno: la clase de demagogo que no solo nos resulta familiar en las dictaduras sino en las democracias occidentales"

Lenin era algo parecido a un fanático que repetía constante e inflexiblemente la teoría marxista, pero que también era capaz de decir a sus seguidores que “la teoría es una guía, no una escritura sagrada” para excusarse cuando el oportunismo le hacía distanciarse de lo que dictaba la doctrina. Era esencialmente un táctico: todo lo que beneficiara a su causa en general y a él en particular era legítimo. La muestra más evidente fue su llegada al poder mediante un golpe de Estado. Por abundante que fuera la teoría marxista sobre la manera y los lugares en que se producirían las revoluciones comunistas, Lenin fue partidario de aliarse con quien fuera —de los nacionalistas a los moderados, pasando por los simples delincuentes— para obtener el mando: no había que “renunciar de antemano a toda maniobra, a explotar los antagonismos de intereses (aunque solo sean temporales) que dividen a nuestros enemigos, [ni] renunciar a acuerdos y compromisos con posibles aliados (aunque sean provisionales, inconsistentes, vacilantes, condicionales)”.

Ningún aliado era desdeñable, aunque se le detestara ideológicamente. Se diría que eso rige ahora en todas las democracias: poco importa si Trump es o no racista, pero está claro que le sirve el apoyo de los racistas. Poco importa si, en España, hay que apoyarse en los nacionalistas o en quienes anteayer eran adversarios. Poco importa que el nacionalismo catalán de derechas tenga que apoyarse en grupos de izquierda radical: el poder lo justifica y sería “ridículo” (por utilizar la palabra de Lenin) no hacerlo.

También es elocuente su cambio de actitud con respecto a la censura. Lenin aborrecía la censura que los zares imponían a los periódicos rusos y consideraba que la libertad de prensa era “mucho más democrática, por principio, que cualquier otra alternativa”. Cuando gobernaran los bolcheviques, decía, “habría una libertad de prensa incomparablemente mayor” que bajo los Romanov. Por supuesto, en cuanto llegó al poder, Lenin instauró la censura. “Cualquier órgano de la prensa puede ser [cerrado] por incitar a la resistencia a los decretos [del Gobierno] o si se descubre que siembra confusión, distorsionando de manera claramente difamatoria los hechos”. Naturalmente, se dijo que la medida era provisional: “En cuanto el nuevo orden haya establecido con firmeza todas las medidas administrativas que afectan a la prensa, se derogará [la censura] y la prensa disfrutará de una libertad plena”.

En realidad, estuvo en vigor 70 años. Hoy en día, es evidente que no existe la censura, pero la animadversión de los políticos por los medios de comunicación, que en España tal vez encarnen mejor que nadie Vox y Podemos, implica la noción muy leninista de que la libertad de prensa acaba allí donde se interpone con sus intereses.

No hay que llevar demasiado lejos la analogía. En la actualidad, los países occidentales no están amenazados por dictaduras comunistas y fascistas. Aunque nos hayamos aficionado retóricamente a afirmarlo, nuestro mundo es diferente. Sin embargo, es interesante observar cómo las ideas de Lenin acerca del poder se han normalizado y siguen sirviendo a los políticos actuales —que, por fortuna, están limitados por unas instituciones democráticas que les impiden ir tan lejos como desearan— para alcanzar y retener el control del Estado. Las trampas procedimentales, la promesa de paraísos, la elección de chivos expiatorios, la reiterada afirmación de que uno representa al pueblo, y que todos aquellos que no le siguen no pertenecen al pueblo y más bien son su enemigo, forman parte de la caja de herramientas de la que con frecuencia echan mano los políticos actuales. El populismo ha contaminado incluso a muchos actores que pertenecían al 'establishment'.

Tal vez parezca mentira, pero la biografía de Lenin sirve para entender la política actual. También, visto el fracaso de Lenin a la hora de instaurar su concepción del socialismo, y cómo convirtió la sociedad rusa en una dramática caricatura del paraíso soñado, para entender cómo el poder es un fin en sí mismo.

Tribuna Internacional
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