¿Y si el Brexit fue una buena idea?
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Ramón González F

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¿Y si el Brexit fue una buena idea?

Puede que resulte raro decirlo, pero conforme pasa el tiempo, el Brexit parece mejor idea. ¿Y si después de todo, a medio plazo, la UE saliera ganando?

placeholder Foto: El 'premier' británico, Boris Johnson, con un cartel de apoyo al Brexit. (Reuters)
El 'premier' británico, Boris Johnson, con un cartel de apoyo al Brexit. (Reuters)

Nos hemos cansado de prestar atención al Brexit. Y con razón. El 17 de agosto, más de cuatro años después del referéndum, se retoman las negociaciones entre Reino Unido y la Unión Europea para alcanzar un acuerdo de salida. Pero nadie espera demasiado de ese encuentro y se da por hecho que continuarán los reproches entre las partes. Ahora, los mayores desencuentros tienen que ver con las cuotas de pesca y, de manera más relevante, la ayuda estatal a las empresas: la UE teme que Reino Unido se lo quiera poner tan fácil a estas que acabe incurriendo en competencia desleal con el continente. Quizá en otoño se llegue a un acuerdo. Quizá, después de todo, no. El Brexit ha perfeccionado el arte de postergar. Ha convertido la incertidumbre en una forma de certidumbre.

Puede que en este contexto —y después de que Reino Unido haya impuesto una discutible cuarentena a sus ciudadanos que regresen de España, lo que ha supuesto otro golpe al maltrecho turismo de nuestro país— resulte raro decirlo, pero conforme pasa el tiempo, el Brexit parece mejor idea. Sigo pensando que con él pierden tanto Reino Unido como la UE. A corto plazo, nadie saldrá ganando, ni siquiera sus promotores, que por fin tienen un rival solvente y sensato en el nuevo líder laborista, Keir Starmer, y además están demostrando su inoperancia en la gestión del coronavirus. Pero, ¿y si después de todo, a medio plazo, la UE saliera ganando?

Foto: El primer ministro británico, Boris Johnson.

La primera prueba más o menos clara de esa posibilidad fue el acuerdo al que llegaron los países de la UE el pasado 21 de julio para reactivar la economía europea tras el 'shock' generado por el covid-19. Los países más austeros (Holanda, Austria, Dinamarca y Suecia), que desconfiaban de cómo usarían el dinero los países del sur, negociaron con inteligencia y en cierta medida acercaron el paquete a sus posturas. Pero ese paquete —que incluye una enorme emisión de deuda conjunta— nunca se habría aprobado si Reino Unido hubiera estado en la sala de negociación.

Como decía la semana pasada Gideon Rachman, con Reino Unido dentro, la UE nunca habría cumplido el objetivo establecido en el Tratado de Maastricht de una “unión cada vez más estrecha” entre todos los países. Y no solo habría bloqueado la iniciativa conjunta de Alemania y Francia de ir más allá en la unión fiscal, sino cualquier otra que propusieran los que ahora son los dos únicos gigantes de la UE. En su momento, se pensó que la salida de Reino Unido de la UE podía ser un acicate para que otros países le siguieran, convencidos de que fuera les iría mejor. Pero ahora mismo, ni siquiera los países más incómodos en la UE, Polonia y Hungría, se lo plantean. En Italia es una tentación espasmódica, pero que difícilmente llegará a cumplirse.

placeholder Emmanuel Macron y Angela Merkel, en Bruselas. (Reuters)
Emmanuel Macron y Angela Merkel, en Bruselas. (Reuters)

Además, si la dinámica política y económica global se sigue configurando como lo está haciendo ahora, entraremos en una especie de guerra fría, sobre todo entre Estados Unidos y China. Trump se ha equivocado al no intentar poner de su lado a la UE, y sus reiteradas ofensas a Alemania han influido en el hecho de que esta siga siendo partidaria de colaborar con China en el plano tecnológico. Pero en cuatro meses o en cuatro años, Trump pasará, y aunque la relación transatlántica no volverá a ser como en el pasado, tiene sentido pensar en una nueva alianza occidental en la que, frente a China, Estados Unidos y la UE tengan como socio menor a Reino Unido. Este va a necesitarlos. Boris Johnson ha dado un extraordinario giro en su visión de la política global y, tras haberse declarado durante mucho tiempo sinófilo, vetó el uso de tecnología Huawei en el desarrollo de las redes 5G en su país. Además, la semana pasada, la comisión de inteligencia y seguridad del Parlamento británico hizo público un informe en el que se describía el asombroso grado en el que el Gobierno ruso interfiere en la política británica y sus procesos electorales, como el del propio Brexit o el referéndum de independencia de Escocia. La UE y Estados Unidos se encuentran exactamente en la misma situación. Por no hablar de la codependencia económica. Reino Unido se dará cuenta de que no es el imperio con el que sueñan algunos de sus conservadores y seguirá siendo un socio preferente de Europa, pero no estará sentado en la mesa donde esta tome decisiones.

Foto: Boris Jonhson. (Reuters)

Pero no es solo esto. La UE, como decía al principio, teme que Reino Unido se convierta, como desean algunos con cierto delirio, en un Singapur-en-el-Támesis: impuestos bajos para las empresas, una regulación industrial laxa y libre comercio por encima de cualquier otra consideración. La Unión Europea hace bien en temer esa posibilidad. Pero incluso aunque fuera viable, esta tiene un lado bueno. En la UE, Reino Unido siempre desempeñó el papel de defensor de un espacio comercial sin trabas; de hecho, si se unió a la Comunidad Europea fue simplemente porque quería pertenecer a un gran espacio de libre comercio, no por las posteriores cesiones de soberanía. El economista francés Jean Pisani-Ferry afirmó que si Boris Johnson logra construir un sistema regulatorio que aliente la innovación y resulte más eficiente que el de la UE "se convertiría en un serio reto para los 27. Pero, al mismo tiempo, acabaría siendo benéfico, porque lo que la UE necesita no es un Reino Unido que se aleje, o que se aísle y fracase. La UE necesita un socio cuya competencia despierte al continente". Y el Brexit puede lograr eso: tener a Reino Unido como recordatorio de que la UE debe equilibrar sus fuertes instintos estatalistas con una regulación realista y un fuerte impulso del intercambio comercial pero, una vez más, sin que Reino Unido participe en la toma de decisiones.

Esta posibilidad solo es una hipótesis a medio plazo. Pero es una que deberían tener en cuenta incluso quienes, como es mi caso, hemos visto con enorme tristeza cómo se producía el Brexit, porque somos, al mismo tiempo, muy anglófilos y muy europeístas. Quizá, solo quizá, a medio plazo toda esta incertidumbre y este dramatismo habrán servido de algo. Al menos, para la UE.

Nos hemos cansado de prestar atención al Brexit. Y con razón. El 17 de agosto, más de cuatro años después del referéndum, se retoman las negociaciones entre Reino Unido y la Unión Europea para alcanzar un acuerdo de salida. Pero nadie espera demasiado de ese encuentro y se da por hecho que continuarán los reproches entre las partes. Ahora, los mayores desencuentros tienen que ver con las cuotas de pesca y, de manera más relevante, la ayuda estatal a las empresas: la UE teme que Reino Unido se lo quiera poner tan fácil a estas que acabe incurriendo en competencia desleal con el continente. Quizá en otoño se llegue a un acuerdo. Quizá, después de todo, no. El Brexit ha perfeccionado el arte de postergar. Ha convertido la incertidumbre en una forma de certidumbre.

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