La accidentada gira del ministro chino por Europa

Ahora, la diplomacia china está mucho más dispuesta a presionar, e incluso a coaccionar, a sus socios europeos para satisfacer sus intereses o preservar lo que considera su soberanía

Foto: El ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi. (EFE)
El ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi. (EFE)

Hubo un tiempo no muy lejano en el que la retórica del Gobierno chino reunía todas las virtudes de la diplomacia más amable: abundaban las llamadas al respeto mutuo, las apelaciones al multilateralismo y la insistencia en que mediante la cooperación económica y el comercio todas las partes podían beneficiarse por igual. Europa y China, decía, podían mantener su relación de amistad y no seguir el pedregoso camino que había tomado toda relación diplomática con Estados Unidos desde la llegada de Donald Trump al poder. Pero algo ha cambiado desde el estallido del covid-19.

Ahora, la diplomacia china está mucho más dispuesta a presionar, e incluso a coaccionar, a sus socios europeos para satisfacer sus intereses o preservar lo que considera su soberanía. Eso ha quedado particularmente claro en el reciente viaje del ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi, por Europa. El resultado, sin ser catastrófico, no ha sido óptimo para China. Tras el estallido del covid-19, dijo un diplomático alemán al 'Financial Times', “empezaron a hablarnos en un tono que antes solo habrían utilizado con países que consideraban pequeños o débiles”. Pero China está descubriendo que no es lo mismo utilizar su inmenso poder económico con países africanos o latinoamericanos que con Alemania o, ni siquiera, con Noruega o la República Checa.

Las advertencias chinas empezaron con esta última. El domingo pasado, el presidente del Senado checo visitó Taiwán junto a una delegación de más de 90 personas. China, que considera que Taiwán debería formar parte de su territorio —aunque su Gobierno, a pesar de las reivindicaciones chinas, es independiente—, calificó la visita de “acto despreciable” y “corto de miras”, y declaró que la República Checa pagaría un “alto precio” por ella (el Gobierno chino no suele entender la separación de poderes en las democracias liberales o, en todo caso, esta tiende a exasperarle; en realidad, el viaje del presidente del Senado no contaba con el apoyo del Gobierno checo).

En la conferencia de prensa celebrada el pasado 1 de septiembre en Berlín junto al ministro de Asuntos Exteriores alemán, Heiko Maas, el ministro Wang Yi tuvo que oír cómo este afirmaba que esas amenazas no llevaban a ningún sitio. Maas, además, solicitó que se anulara la nueva ley de seguridad que ha acabado con la autonomía política de Hong Kong respecto a Pekín y pidió que se celebraran elecciones legislativas en este territorio autónomo sin la intromisión china. El ministro Maas, sin embargo, señaló que su país sigue dispuesto a utilizar tecnología china, de la marca Huawei, para desplegar sus redes 5G. No es algo que entusiasme a Alemania: los problemas de seguridad son reales y la opinión pública alemana, como la mayor parte de la europea, se está volviendo cada vez más suspicaz con respecto a China. Pero rechazar la tecnología china ralentizaría enormemente la implantación de la nueva generación de tecnología móvil.

Más reacia se ha mostrado, sorprendentemente, Italia, donde Telecom no utilizará tecnología de Huawei. En Francia, donde también se ha restringido el uso de la tecnología china para el 5G, la ministra de Asuntos Exteriores recordó a Wang Yi su preocupación por los derechos humanos en general, y por la situación de la minoría musulmana uigur en la provincia occidental de Xinjiang y la represión de las libertades en Hong Kong. En Noruega, el ministro chino advirtió que no debía utilizarse la concesión del Premio Nobel de la Paz a los manifestantes hongkoneses que pedían libertad, o a los intelectuales que denuncian la opresión de los uigures, para interferir en la soberanía china.

La gira de Wang Yi forma parte de la preparación de una cumbre histórica que dentro de dos semanas mantendrán la Unión Europea y China, con la presencia de varios jefes de Estado como Xi Jinping, Emmanuel Macron y Angela Merkel, además de los responsables de las instituciones europeas. Y probablemente los preparativos podrían haber salido mejor: la desconfianza de muchos ciudadanos europeos ante la gestión de la crisis del covid-19 en China y los intentos cada vez más evidentes de esta de influir en la economía y la política europeas se están viendo reflejados en la actitud de los gobernantes europeos. La arrogancia de la nueva diplomacia china no es ni mucho menos una muestra de desesperación: el Gobierno chino sigue convencido de que la UE es más dependiente de China que China de la UE. Y tal vez sea cierto.

Pero también lo es que, frente a la táctica china de intentar seducir (o coaccionar) a los países europeos uno a uno, intentando eludir una negociación más dura con el bloque entero, estos están demostrando una unidad sorprendente. Aunque nunca utilizarán una estrategia de confrontación como la que está desarrollando Trump en esta nueva guerra fría —porque no tienen el poder suficiente, pero también porque está resultando infructuosa—, cada vez tienen más claro que se ha terminado el tiempo en el que solo había buenas palabras y exaltaciones de amistad. Sin duda, seguirán las negociaciones habituales para permitir que las empresas de la Unión Europea tengan acceso real a los mercados chinos y para que el Gobierno de Xi Jinping deje de apoyar a sus empresas, que compiten con ventaja. Pero más allá de este 'business as usual', algo está cambiando en la relación entre China y Europa.

Es muy probable que la renovada contundencia de la diplomacia china sea fruto de un error de cálculo del Partido Comunista: aunque sus deseos de que China sea una fuerza hegemónica que actúe en un plano de igualdad con Estados Unidos y la UE son legítimos y se fundamentan en la realidad, China está actuando con la arrogancia de quien se siente rico y musculoso de un día para otro. Estados Unidos hizo lo mismo durante décadas en Europa, y lo sigue haciendo, pero en su caso tenía armas y dinero que ofrecer a los países europeos, reacios a gastar en defensa y adictos a los productos estadounidenses. Sin duda, China es un gigante. Pero incluso los gigantes pueden sobreestimar sus fuerzas.

Tribuna Internacional
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
7 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios