Después de años de desdén, ¿y si Francia es el futuro?

Los funcionarios de Bruselas empiezan a ver las virtudes del proteccionismo. Porque parece que el resto del mundo capitalista está copiando a marchas forzadas las políticas francesas

Foto: El presidente de Francia, Emmanuel Macron. (EFE)
El presidente de Francia, Emmanuel Macron. (EFE)

Durante muchos años, Francia ha sido objeto del menosprecio de quienes defendían el liberalismo anglosajón. Allí, el porcentaje del PIB que gasta el Gobierno es superior al 55%, sus élites política y funcionarial se forman en una institución pública destinada a crear 'hommes d’État' y la regulación de las empresas llega a tal extremo que el Estado abordó con total seriedad dictaminar las horas que las radios musicales deben dedicar a la música en lengua francesa. ¡Si hasta la clasificación de los vinos de Burdeos sigue regida por normas estatales establecidas a mediados del siglo XIX por Napoleón III!

Recordarán uno de los enésimos ejemplos de nacionalismo regulatorio en Francia. Sucedió en 2005, cuando Jacques Chirac era presidente y Dominique de Villepin primer ministro. Pepsi, la multinacional estadounidense conocida sobre todo por sus refrescos de cola, se estaba planteando comprar Danone, la célebre empresa de productos lácteos francesa y emblema de su industria agroalimentaria y su potente sector ganadero.

El Gobierno francés prometió que haría todo lo posible para impedirlo. Chirac dijo que este estaría “vigilante y movilizado” para impedir que una empresa multinacional lesionara la integridad del ecosistema económico francés, y Villepin prometió defender “los intereses de Francia”. Como recordaba la semana pasada el semanario 'The Economist', en aquel momento los “capitalistas anglosajones” se “rieron a carcajadas” y hasta los funcionarios de Bruselas tuvieron que recordar a las autoridades francesas las virtudes de la libre competencia. La noción de 'yogur estratégico' se convirtió en un chiste sobre el obsesivo proteccionismo francés.

Ahora, esas carcajadas se han quedado heladas y los funcionarios de Bruselas empiezan a ver las virtudes del proteccionismo. Porque, como decía 'The Economist', parece que el resto del mundo capitalista está copiando a marchas forzadas las políticas francesas. El Gobierno estadounidense veta la tecnología de la competencia de sus empresas, la Unión Europea implanta el derecho de los países a impedir que entre capital extranjero en sus empresas estratégicas —presumiblemente, no las que hagan yogures— y el último escollo para que salga adelante un pacto del Brexit se debe a que el Gobierno británico, ese viejo abanderado del capitalismo bucanero, quiere tener la posibilidad de subvencionar generosamente sus empresas y beneficiarlas en el mercado contra las de la UE.

Uno de los libros que en 2019 la prensa económica anglosajona comentó con más perplejidad fue 'The Great Reversal. How America Gave Up On Free Markets', de Thomas Philippon. En él, Philippon sostenía que la capacidad que tenían las mayores empresas estadounidenses de presionar al Gobierno, junto con los instintos nacionalistas y dirigistas de Trump, había asfixiado la competencia en un país conocido esencialmente por ella: “En un sector económico tras otro —decía—, la concentración es mayor que hace veinte años, los dominan menos actores y más grandes, que presionan agresivamente a los políticos para proteger y expandir sus márgenes de beneficio. Esto aumenta los precios y reduce la inversión, la productividad, el crecimiento y los salarios en todo el país”. Es exactamente lo que los economistas anglosajones llevan décadas diciendo de Francia. Otra regla se ha invertido: ¿qué hacen tantos economistas franceses como el propio Philippon, Thomas Piketty, Esther Duflo o Gabriel Zucman convertidos en estrellas globales de un campo, el económico, siempre dominado por los anglosajones?

En cierta medida, desde hace más de 50 años, la política francesa ha estado dominada por el afán de recuperar una grandeza perdida

Un mundo más parecido a Francia podría ser una buena idea. En pocos lugares del mundo se come mejor, sus capitales de provincia transmiten mayor sensación de riqueza, mejor cuidadas parecen sus zonas rurales y más excelsa — a veces, hasta el delirio— es su cultura. Como tantos otros, es un sitio particularmente agradable si uno pertenece a la élite intelectual, empresarial y política, pero además en los últimos años la desigualdad ha aumentado menos que en otros sitios y se toman en serio la laicidad. No está mal.

Pero el modelo francés sigue teniendo sus peligros, sobre todo para los países que no son Francia. En cierta medida, desde hace más de 50 años, cuando Charles de Gaulle era, además de presidente, una especie de presencia sobriamente paternal, la política francesa ha estado dominada de manera intermitente por el afán de recuperar una grandeza perdida (ese es el tema principal, por cierto, de los liderazgos de Donald Trump y Boris Johnson). Estos jugueteos franceses con el nacionalismo han sido una escenografía fascinante hasta que han caído en manos de la saga Le Pen, cuya líder actual, Marine, se ha convertido ya en la líder estable de la oposición y en candidata principal a la presidencia si Macron falla (Vox, en España, está copiando torpemente la estrategia de su partido, Agrupación Nacional). Y en la práctica, el igualitarismo francés ha generado un enorme inmovilismo social. Puede que los ingresos sean menos desiguales que en otros países, en especial los anglosajones, pero resulta más difícil escapar de la pobreza y ascender socialmente: en 2018, la OCDE señaló que los franceses necesitan seis generaciones para pasar de lo más bajo a la mediana de la distribución de rentas.

Es probable que el modelo francés sea, sobre todo para lo malo, el camino que seguirán muchos países. En parte, el repliegue de la globalización ya parece una tendencia tan inevitable como un acontecimiento atmosférico o el movimiento de los planetas. Pero tiene sus riesgos. Si Felipe González recordaba hace no mucho que España corría el riesgo de convertirse en Italia, pero sin italianos, es temible lo que puede sucederles a los países que deseen emular a Francia, pero sin franceses.

Tribuna Internacional
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