Lo que Obama y Springsteen pueden enseñarnos sobre la identidad española
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Ramón González Férriz

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Lo que Obama y Springsteen pueden enseñarnos sobre la identidad española

En una larga conversación, el político y el músico discuten sobre el patriotismo estadounidense. No está claro que los españoles podamos ponernos de acuerdo en qué es el patriotismo

placeholder Foto: Obama, en la entrega de la Medalla de la Libertad a Bruce Springsteen. (Reuters)
Obama, en la entrega de la Medalla de la Libertad a Bruce Springsteen. (Reuters)

Barack Obama y Bruce Springsteen han lanzado un 'podcast'. Se titula 'Renegades: Born in the USA' y consta de varias conversaciones entre ambos. Los dos capítulos publicados hasta ahora tratan sobre la amistad y la raza (pueden escucharse en Spotify) y valen la pena. Obama y Springsteen son, ante todo, unos narradores extraordinarios, aunque tradicionalmente hayan utilizado formatos distintos, el discurso político el primero y la canción popular el segundo.

A ambos siempre les ha angustiado un tanto su capacidad de empatía: Obama tiene temperamento de intelectual y unos modales elitistas, el segundo es un millonario que abandonó hace décadas el barrio obrero de Nueva Jersey en el que nació, pero los dos se han esforzado —muchas veces, con resultados contraproducentes— por entender al hombre común y sus preocupaciones. Y quizá por eso han escrito, cada uno en su género, sobre el patriotismo.

Foto: Barack Obama y Joe Biden.

En parte, de eso trata este 'podcast', aunque lo haga indirectamente, abordando otros temas. “¿Cómo podemos encontrar una historia americana que nos una más?”, se pregunta Obama al principio. Ambos, dice, han intentado vincular su historia individual con la historia general del país. Pero por encima de todo, afirma, tras horas de conversaciones han descubierto que “todavía compartimos una creencia fundamental en el ideal americano”. Ese ideal, dice, “no es una ficción barata y falsa, ni una forma de nostalgia que ignora todas las veces que no hemos estado a su altura”. El ideal americano es, para Springsteen y Obama, el de un país formado por inmigrantes, basado en el repudio de la tiranía, donde el derecho a buscar la propia felicidad está protegido constitucionalmente y en el que el sufrimiento —de los esclavos, de los caídos en las guerras, de los maltratados por la brutalidad— también puede ser una forma de cura. Ese ideal, dice Obama, es “una brújula para guiar el trabajo que todos tenemos ante nosotros”.

¿No es el ideal patriótico una ficción o un simple recurso de autoayuda?

Son palabras bonitas e inspiradoras, como casi todo lo que dice Obama. Pero cabe preguntarse si son ciertas. ¿No forma parte del 'ideal americano' el historial imperialista del país? ¿O su carácter inusualmente violento para tratarse de una nación rica? ¿No lo es su versión particularmente dura del capitalismo? ¿No forman parte de ese ideal, por remontarnos al pasado inmediato, quienes en enero asaltaron el Capitolio y los millones de personas que los apoyaban desde sus casas? ¿No se trata ese ideal, pues, de una ficción o un simple recurso de autoayuda para recordarse a uno mismo y a los demás que si nos lo proponemos podemos ser mejores?


El ideal español y el europeo

Tampoco creo que exista un solo 'ideal español'. Algunos de quienes se tienen por patriotas consideran una prioridad mantener la unidad de España y el orden constitucional; la Transición representaría su momento paradigmático del pasado. Pero para otros, a quienes la misma noción de España les produce una cierta incomodidad, el ideal es exactamente lo contrario: descomponer una construcción antinatural llamada 'Estado español' y devolver la libertad fraternal a sus partes, deshaciendo un orden constitucional impuesto por élites egoístas; su época de referencia sería la Segunda República. Para unos, el patriotismo es, en realidad, una paradójica mezcla de individualismo y algo que parece o es nacionalismo; para otros, es un comunitarismo que sostiene el estado de bienestar, pero rechaza los símbolos comunes.

Foto: Reuters. Opinión

En el plano europeo, ese ideal también está muy disputado. La Unión Europea ha supuesto un éxito mayor de lo que a veces se cree. Su mensaje —cuyo lema es 'Unidad en la diversidad'— es posnacionalista, está basado en reglas liberales y regido por una interpretación laxa de la Ilustración: un poco de racionalismo pacifista, algo de progresismo moral y una confianza en el diálogo y la negociación que a veces raya la temeridad. Para los insurgentes que creen que esa visión es una traición, la Europa ideal es fruto del cristianismo, aunque tenga rasgos filosóficos de Grecia y Roma, su principal cometido es defenderse de las invasiones bárbaras y su forma política natural es el Sacro Imperio Romano: una unión de naciones fuertes y beligerantes que asumen un destino común motivadas únicamente por un legado religioso y cultural y la existencia de un enemigo común.

¿Podemos crear un ideal único?

Tiene sentido que nos hagamos la misma pregunta que se plantea Obama: ¿cómo podemos encontrar una historia española o europea que nos una más? Mi respuesta es que creo que no podemos. Al menos, no ahora. Yo podría suscribir la idea de patriotismo de Obama, de los constitucionalistas en España o de la UE, pero tiene algo de trampa considerar que tu propia opción política es la única forma válida de patriotismo. Este debería consistir en encontrar un relato que realmente pueda incluir a la mayoría de la población, y creo que con la fragmentación actual tiene algo de ilusorio pensar que eso se puede conseguir.

Quizá no podamos recurrir a relatos patrióticos, pero quizá no debamos resignarnos a no hacer nada al respecto

Pero ser escéptico con la posibilidad de recuperar un patriotismo realmente transversal ahora no significa que, como decía Obama, no nos pongamos una brújula con la que guiarnos. Esta quizá deba ser más modesta: recuperar una de las acepciones primigenias de la palabra liberalismo —la defensa de la libertad y la tolerancia en la vida en sociedad— y la simple decencia común. “Nunca he contado una historia más importante”, dice Bruce Springsteen, que el hecho de que él y Clarence Clemons, el saxofonista negro de su banda durante muchos años en que los negros eran infrecuentes en grupos como el suyo, “pudiéramos estar una noche tras otra el uno junto al otro”. Era, dice, una especie de recordatorio de lo que separa “el sueño americano de la realidad americana”. Hoy, casi todos los países enfrentan, en distintos grados, y con conflictos distintos de los raciales, con relatos divididos y contrapuestos, esa distancia. Quizá no podamos salvarla con relatos patrióticos, pero quizá no debamos resignarnos a no hacer nada al respecto. Yo propongo un liberalismo de mínimos y la decencia común.

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