Rusia: nosotros no hemos hecho nada y vosotros también lo hacéis
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Ramón González Férriz

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Rusia: nosotros no hemos hecho nada y vosotros también lo hacéis

La vieja alianza atlántica ha castigado al Gobierno ruso por el encarcelamiento del opositor Navalni y la represión de las protestas. Pero es un gesto simbólico

placeholder Foto: Vladímir Putin, en una teleconferencia con su equipo de seguridad. (Reuters)
Vladímir Putin, en una teleconferencia con su equipo de seguridad. (Reuters)

El Gobierno de Rusia no tenía ninguna necesidad de asesinar al opositor Alekséi Navalni, dijo Vladímir Putin en su última gran rueda de prensa anual. Y no fueron los servicios secretos del país quienes intentaron matarlo. ¿La prueba? Si estos hubieran querido matarle, no habrían fracasado, “habrían acabado con él” en lugar de dejarle con vida.

El intento de asesinato de Navalni el pasado agosto, su cura en un hospital de Berlín, su regreso a Rusia en enero y el juicio exprés que le ha llevado a ingresar en una colonia penitenciaria por haberse saltado la libertad condicional provocaron una oleada de protestas en el interior de Rusia. Muchos analistas sintieron que, esta vez sí, el régimen de Putin —una mezcla de viejo autoritarismo petrolero y pasión berlusconiana por la celebridad televisiva— había ido demasiado lejos. “Las críticas del Kremlin a Navalni le están haciendo más popular”, decía 'The Economist'. “La fragilidad del régimen ruso está quedando cada vez más clara”, afirmó Gideon Rachman en el 'Financial Times'.

Foto: El opositor ruso Alekséi Navalni. (EFE)

Hay algo de esto. La campaña de desprestigio que el Kremlin ha emprendido contra Navalni es grotesca: el opositor es un nazi que lamenta la victoria de Rusia en la Segunda Guerra Mundial, han dicho los medios que actúan como portavoces no oficiales del régimen; a sueldo de las potencias extranjeras, Navalni pretende destruir la identidad nacional rusa y el Estado que vela por ella. También es cierto que la economía rusa pasa por enormes dificultades —los ingresos de los rusos han caído en cinco de los últimos siete años— y la pandemia ha puesto en evidencia la debilidad de algunos servicios sociales, tras años de austeridad y poca inversión. Pero los presagios de un colapso del régimen de Putin son solo la proyección de un deseo.

Las sanciones de la UE y EEUU

Las sanciones contra altos cargos del Gobierno ruso que la UE y Estados Unidos acordaron anteayer, en respuesta al encarcelamiento de Navalni y la represión de las protestas, no pretenden derrocar nada. Solo molestar un poco. Sus objetivos son gente como el jefe del espionaje ruso, el de su guardia nacional o su responsable de las cárceles, a los que se impedirá viajar y se les congelarán los activos que tengan fuera de su país. También habrá sanciones a empresas rusas vinculadas a la producción de elementos químicos que operan en Europa y Estados Unidos. Pero ninguna afecta personalmente a Putin o los oligarcas de su entorno.

Una portavoz del Ministerio de Exteriores ruso advirtió ayer a los sancionadores de que “no jueguen con fuego”. Es evidente que medidas como esta irritan al Gobierno ruso. Este opera bajo un principio: “Nosotros no hemos hecho nada y vosotros también lo hacéis”. Es decir, negará haber envenenado a Navalni o haberle encarcelado tras un juicio sin garantías, pero ante los reproches de la UE y Estados Unidos, su respuesta es: “Vosotros hacéis lo mismo”. Hace unas semanas, el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, mencionó ante Josep Borrell a los presos del ‘procés’ para demostrar que Occidente tiene presos políticos como Rusia, aunque Rusia, afirmó, no tiene presos políticos. La portavoz rusa anunció ayer que el Gobierno ruso tomará medidas equivalentes a las que ha sufrido. Estas serán esencialmente simbólicas, como lo han sido las occidentales.

Foto: Donald Trump. (Reuters) Opinión

El objetivo real de las sanciones, sin embargo, es demostrar que la vieja alianza atlántica sigue viva y se toma en serio la defensa de los derechos humanos. Es la primera vez que la UE utiliza una nueva herramienta legal que le permite aplicar sanciones de este tipo, y el gesto de Estados Unidos transmite que la era trumpista de docilidad con Rusia, y de indiferencia hacia los derechos humanos, ha terminado.

Una solución de mínimos

En realidad, las medidas por parte de la UE reflejan las profundas discrepancias sobre Rusia que existen entre los distintos países miembros: Francia y Alemania consideran que no hay que ir demasiado lejos en el enfrentamiento con Vladímir Putin, mientras algunos países bálticos querrían ir mucho más allá de estas medidas moderadas. En este contexto, afirmaba recientemente, en la revista 'Política Exterior', Alena Epifanova, analista de Rusia en el Consejo Alemán de Relaciones Exteriores: “La Unión Europea deberá decidir si se adhiere a las sanciones simbólicas, que no afectan al régimen, pero son fáciles de adoptar. Una respuesta más contundente serían las sanciones al sector financiero o energético rusos y una persecución del blanqueo de capitales de los representantes del Kremlin dentro de la UE. Sin embargo, no existe una voluntad común en la Unión para hacerlo”. No es arriesgado decir que la UE se adherirá a las sanciones simbólicas. Estados Unidos irá un poco más allá, como también ha hecho con Arabia Saudí por la supuesta implicación del príncipe Mohammed bin Salman en el asesinato del periodista Jamal Khashoggi. Pero con límites: en el caso saudí, ha sancionado y prohibido viajar a Estados Unidos a varios ciudadanos saudíes, pero no al propio príncipe. No hay que esperar milagros.

La incógnita real es qué fortaleza tiene esa renacida unidad atlántica. Las dos partes dirán que dentro de no mucho se habrá rehecho lo deshecho por Trump y que esa fortaleza será aproximadamente la misma que en cualquier otro momento entre el Plan Marshall y la Guerra de Irak. Sí, Estados Unidos está molesto con Alemania por seguir adelante con un el gaseoducto ruso Nord Stream 2. La UE está molesta con Biden por no haberse dado prisa eliminando aranceles a productos europeos. Pero eso es 'business as usual'. La duda es si la gran alianza occidental puede mostrarse tan sólida como nos gustaría a muchos ante las nuevas amenazas autoritarias externas. La respuesta, a juzgar por el caso ruso, ya la tenemos: sin duda, en el plano simbólico. Difícilmente más allá.

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