El nacional-populismo es hijo del miedo

En este contexto de progresivo descontento social, el nacional-populismo ha encontrado su mejor caldo de cultivo, convirtiéndose en la amenaza más directa para la supervivencia de la democracia

Foto: Foto: iStock.
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Vivimos tiempos de grandes paradojas. Si miramos hacia atrás, el mundo se encuentra en una situación mucho mejor que hace solo unas décadas. Por primera vez, la pobreza extrema se ha reducido hasta situarse por debajo del 10%. Los nacidos hoy en día tienen más posibilidades de crecer sanos y libres de enfermedades que los nacidos en los setenta o en los ochenta. Las infraestructuras de comunicación, el acceso al agua, la energía, la educación, la sanidad o la información se han extendido como nunca antes en la historia, elevando el bienestar y la calidad de vida de millones de personas.

Y, sin embargo, la gente vive hoy más enfadada, se irrita más fácilmente, nos angustiamos más. Hay una sensación creciente de que, en contra de lo que dicen los hechos, ha aumentado la desigualdad y muchas personas se están quedando al margen del progreso social. Los jóvenes de hoy dan por seguro que vivirán peor que sus padres. Y estos a su vez se consideran las primeras víctimas colaterales de una globalización que no han acabado ni de entender ni de asimilar. Las expectativas estaban muy altas y, ciertamente, no se ha cumplido todo aquello que se prometió, aunque sí se han producido increíbles avances.

Es en este contexto de progresivo descontento social donde el nacional-populismo ha encontrado una vez más su mejor caldo de cultivo, convirtiéndose hoy en la amenaza más directa para la supervivencia de la democracia. En circunstancias normales, el nacional-populismo no sería más que una reacción superficial en la dermis de sistemas democráticos fuertes y vigorosos. Algo transitorio que provoca escozor pero que no impide el normal funcionamiento de las instituciones.

Pero las circunstancias en las que vivimos son cualquier cosa menos normales. Existe una sensación generalizada (justificada o no) de que los gobiernos y los representantes públicos han desatendido los intereses, problemas y preocupaciones de la población. Y, como ya ocurriera en tiempos pretéritos, esta situación está siendo aprovechada por populistas y nacionalistas de todo pelaje y condición para corromper y emponzoñar el sistema democrático de arriba abajo, desde la separación de poderes hasta la existencia de la prensa libre. Basta ver lo que está ocurriendo en Cataluña y el relato esquizoide creado por el secesionismo sobre el juicio del 'procés'.

El problema del nacional-populismo es que, si no se para a tiempo, siempre degenera en algo mucho peor. Hitler y Mussolini fueron los primeros populistas. En esta Europa nuestra, donde tanta sangre hemos visto derramar a causa del odio y el fanatismo, volvemos a escuchar expresiones que creíamos desterradas para siempre. Han vuelto todos los 'anti' y todos 'ismos'. Han vuelto los discursos de la raza, los comportamientos gregarios y las apelaciones al credo, a la bandera y a la tribu. Ha vuelto la profanación de tumbas.

Vivimos en el mismo pedazo de tierra, pero nos sentimos a universos de distancia de nuestros vecinos. Gritamos más, hacemos más ruido y sin embargo ya no nos esforzamos por escucharnos. Nos sentimos cómodos en nuestras burbujas informativas, consumiendo solo aquello que queremos oír, no para tener una conciencia más crítica o mejor formada, sino para confirmar nuestros prejuicios y de paso ridiculizar al que piensa distinto.

En un clima de desgaste e irritabilidad social, no es tarea fácil que cada uno asuma su parte de responsabilidad. Es más sencillo buscar culpables. Se les identifica por el dios al que rezan, el color de su piel, el partido al que votan o con quién se acuestan. En función de a quién preguntes, el enemigo será el emigrante criminal, el inculto lugareño, el creyente santurrón o el incendiario ateo. El conservador, el liberal o el socialista. El judío, el cristiano o el musulmán. Ese es el peligroso mundo en el que vivimos. Las consecuencias no hace falta imaginarlas, porque esas ya las hemos vivido.

Pero esa no es la Europa en la que yo creo. Al contrario, estoy convencido de que nada está perdido todavía. Y pese al avance casi seguro que harán los nacional-populistas en las próximas elecciones, a los demócratas europeístas nos quedan aún muchas cosas por decir y por decidir.

Hay que luchar contra el desempleo, pero no bastará solo con crear puestos de trabajo, habrá que buscar además la manera de incrementar adecuadamente los salarios. No bastará con abordar el problema de la desigualdad discriminatoria entre mujeres y hombres, habrá que luchar, además, ley en mano contra quienes la practican.

Hay que dar una respuesta real y efectiva a las secuelas que dejará la robotización del mercado laboral. No podemos abandonar a generaciones enteras de trabajadores en la cuneta de la revolución digital. Hay que garantizar jubilaciones dignas y acceso universal a un sistema de salud y socio sanitario sostenible y de calidad. Tenemos que poner la educación como la prioridad de nuestra acción reformadora. Y no con pequeños retoques, sino con cambios monumentales, que hagan del sistema educativo la piedra angular del bienestar, la prosperidad y el progreso para las siguientes décadas.

Tenemos que reforzar nuestras leyes en materia de migración, mejorando los controles y la supervisión de quién entra y quién sale en nuestro territorio, pero también hay que mejorar las fórmulas legales para permitir que aquellos que quieran y merezcan ser ciudadanos europeos puedan serlo de pleno derecho.

La única manera en que venceremos a los que proponen soluciones simples a problemas complejos es empezando a resolver, aunque sea un poco, esos problemas complejos. O, cuanto menos, siendo capaces de explicarlos.

Los nacional-populistas siempre han destruido la confianza en la política. Cuando los demócratas jugamos a ese juego, les regalamos la partida

En Europa hemos aprendido que los gobiernos libres y democráticos son la única forma de garantizar que los fuertes sean justos y los débiles tenidos en cuenta. Por lo tanto, cualquier batalla por la democracia que se esté librando en el mundo es también una batalla europea. El nacional-populismo es hijo del miedo, y solo superando el miedo salvaremos la democracia. Los nacional-populistas siempre han destruido la confianza en la política, y ahora también. Cuando los demócratas jugamos a ese juego, les regalamos la partida.

Creo en Europa, creo en la Unión Europea, creo en la democracia representativa, creo en los parlamentos y creo en la política. Y estoy dispuesto a defender todo eso.

Wiertz, 60

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