Ni 'alt-right' ni ultraderecha: se llama #Nacionalpopulismo y ya está aquí

Fundéu ha lanzado una alternativa en español para “alt-right”, etiqueta ambigua de origen norteamericano con la que se venía designando la nueva derecha de discursos extremos

Foto: El secretario de Estado de EE.UU Mike Pompeo  y el presidente Donald Trump. (Reuters)
El secretario de Estado de EE.UU Mike Pompeo y el presidente Donald Trump. (Reuters)

Fundéu ha lanzado una alternativa en español para 'alt-right', etiqueta ambigua de origen norteamericano con la que se venía designando la nueva derecha de discursos extremos y modales antidemocráticos que poco a poco se implanta en los países democráticos. Desde ahora, cuando alguien quiera nombrar eso que tienen en común Donald Trump, Marinne le Pen (FN), Mateo Salvini (5e), Jörg Meuthen (AfD), Jörg Haider (FPÖ), Viktor Orban (Fidesz), Jair Bolsonaro (PSL) o Santiago Abascal, podrá usar la palabra “nacionalpopulismo”.

Se define en la web de Fundéu con precisión y brevedad: “se trata de un movimiento político de liderazgo fuerte, apelación radical a la identidad nacional y gran hostilidad hacia la inmigración, la globalización, las minorías y el elitismo cosmopolita. (…) Nacionalpopulismo (...) remite al concepto que pretende expresarse de manera más transparente que derecha alternativa, traducción literal de alt-right”. Hay referencias al término en artículos de hemeroteca, como este de Vidal-Beneytode 1995, y enlaza con el “dextropopulismo” que define Esteban Hernández en El Confidencial.

Es un acierto por la definición inicial y también por su proximidad fonética con nacionalcatolicismo o nacionalsocialismo

El término es un acierto por la definición inicial, abierta a que la enriquezcan analistas políticos y otros estudiosos, y también por su proximidad fonética con nacionalcatolicismo o nacionalsocialismo. La forma aleja nuestro oído del espectro moderno y 2.0 que tiene la “alt-right”, y lo aproxima a donde debe estar: en el ámbito sonoro de los movimientos extremistas. Además expresa las dos características principales de esta ola internacional: su nacionalismo exacerbado y sus tácticas populistas de propagación y boicot de las instituciones.

El término "ultraderecha" es demasiado genérico y engloba a movimientos callejeros y marginales como en neonazi. Los líderes nacionalpopulistas, muchas veces ultraderechistas, presentan suficientes elementos en común como para ser agrupados bajo esta etiqueta. El nacionalpopulista es siempre un líder carismático y escandaloso, políticamente incorrecto para dirigirse a mujeres o minorías pero extremadamente censurador con medios de comunicación o afrentas religiosas. Dice defender hipócritamente la libertad de expresión (el caso de Trump es paradigmático) porque se alimenta de las noticias falsas. Utiliza para su beneficio la polarización del debate público.

Al nacionalpopulista, casi siempre hábil en las redes sociales, no se le puede censurar: la desconfianza de los ciudadanos en los medios de comunicación juega siempre a su favor. Cuando se les ningunea, consiguen que su discurso sea para muchos “esa verdad incómoda que los medios corruptos no quieren que sepas”. Cuando se les critica frontalmente, utilizan la identificación con la patria o la cultura nacional como puente para darle la vuelta a cualquier insulto. Es imposible el debate con el nacionalpopulista, concentrado en machacar con sus mensajes siempre que tenga ocasión. El caso de Donald Trump y su guerra contra los medios, que se desvivieron sin éxito para impedir su elección, vuelve a ser paradigmático.

El nacionalpopulista crea un retrato deformado de las instituciones que aspira a conquistar por las elecciones. En su discurso sobre el estado institucional de su país, los Parlamentos y los sistemas judiciales son una antigualla podrida que hay que destruir para volver a construir desde los cimientos. Su orgullosa hostilidad hacia las estructuras del estado liberal lo convierten en un elemento extremadamente peligroso: su fin es alcanzar el poder y blindarse allí, a costa de los derechos. En la oposición, boicoteará cualquier propuesta reformista. El estado de permanente campaña electoral partidista beneficia a estos movimientos.

Su orgullosa hostilidad hacia las estructuras del estado liberal lo convierten en un elemento extremadamente peligroso

En su elección de enemigos consiguen imponer los términos del debate, los temas. Cuando disparan contra la inmigración (en el caso europeo) o las minorías (en el caso estadounidense), se aprovechan de la habitual ceguera autoimpuesta por las izquierdas y los partidos socialdemócratas, que tienden a negar los problemas derivados de los grandes flujos migratorios. Sitúan por norma a las izquierdas enfrente y auguran revoluciones amenazantes (nosotros o el caos), mientras tildan a las derechas tradicionales de ser demasiado blandas ante las amenazas y demasiado frías ante la desigualdad económica.

Su discurso económico tiene tintes proteccionistas, de corte autárquico, pero convive con un liberalismo extremo: celebran la industria nacional, amenazan con aranceles no siempre creíbles al comercio exterior y combinan el discurso de la bajada de impuestos con el juramento de mejorar los servicios públicos. Prueba de ello es que la prima de riesgo italiana se ha disparado por encima de los 315 puntos y el cálculo de déficit ha subido al 2,4%, muy por encima de lo acordado con sus acreedores, puesto que Mateo Salvini ha dicho que no piensa dejarse amedrentar y que subirá las pensiones, como había prometido.

En suma, el nacionalpopulismo es una reacción al mundo globalizado y precario que vino tras la crisis. Combina el discurso de clase social con las identidades fuerte, nacionalistas, en oposición al desnorte económico de las izquierdas posmodernas y a su celebración de las identidades débiles (gais, transexuales, migrantes, etc). Es, por el momento, una amenaza bien dirigida, sin otro contrapeso que el miedo que producen. El nacionalpopulismo es la mayor amenaza para la socialdemocracia y el estado liberal desde la II Guerra Mundial.

Tribuna

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