Ada Colau: “Si tengo que aguantar un escrache, lo afrontaré”

Una agrupación de partidos y asociaciones de izquierda con cuatro duros para la campaña le ha pasado la mano por la cara a Trias, un poco alcalde todavía, pero ya más que nada amigo de los ricos

Foto: Ada Colau, de Barcelona en Comú, se dirige a sus simpatizantes. (EFE)
Ada Colau, de Barcelona en Comú, se dirige a sus simpatizantes. (EFE)

Hablaba anoche Ada, ya alcaldesa, a los simpatizantes y arrimados que gritaban su nombre y bailaban “el run-run”. Dijo que iba a erradicar los desahucios y los cortes de suministro de las familias pobres de Barcelona y en ese momento, ironías de la técnica, se le apagaron las luces del escenario.

La alcaldesa nueva continuó sin inmutarse. Durante unos segundos habló alumbrada solamente por el triunfo. Fue un momento sutil e importante, como el del niño que da sus primeras pedaleadas sin ruedines en la bicicleta justo antes de caer o de seguir. En el patio de la antigua fábrica de Fabra i Coats, entre muros altos de ladrillo tiznados de un hollín que huele más a Belfast que a Barcelona, muchachos y muchachas, abuelos y madres, escuchaban a su alcaldesa en absorto estado de irradiación.

Durante aquellos segundos de penumbra, antes de que la electricidad se reconciliara con los focos, la fábrica desmantelada puso cara de nostalgia. Hablaba la nueva izquierda y en la voz un run-run años treinta, como si surgiera del gramófono del cuarto de Liza Minelli en la pensión de Cabaret. Al mapa post-electoral de España le estaba pasando lo mismo: el azul y el rojo coinciden hoy al milímetro con la geografía política del año 36. Sin sangre ni peligro, por fortuna.

Se hablaba mucho de los libros de historia del futuro, que la juventud y la prisa siempre han sido novios. Puede que alguna de las mujeres de indumentaria pitonisíaca que proliferaban entre el público tuviera realmente poderes, pero la historia no se hace ganando elecciones sino aprovechándolas. Ada lo sabe o lo intuye. Hizo ejercicio de realismo, que siempre es un poco amargo, cuando se dirigió a los miembros de la Plataforma Anti-desahucios que habían venido a vitorearla. Les pidió que fueran más vigilantes que nunca:

-Y si ahora tengo que aguantar yo un escrache, lo afrontaré.

Aunque Colau sabe que lo tendrá difícil, se había demostrado que Barcelona quiere volver a ser la ciudad de los prodigios: una agrupación de partidos y asociaciones de izquierda con cuatro duros para la campaña le había pasado la mano por la cara a Trias, un poco alcalde todavía, pero ya más que nada amigo de los ricos de la ciudad. Por otra parte, el secesionismo había empezado a arrugarse por la mañana cuando se dieron a conocer las israelitas, y luego Artur Mas perdió una palabra de su vocabulario por cada voto perdido.

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Vídeo: Colau gana en Barcelona y será alcaldesa

 

En cuanto a la independencia, Ada se mantuvo en su discurso complejo, que le acarrea problemas con ambos nacionalismos: habló en catalán y en español, cosa exótica en los últimos años, pero proclamó que defenderá el derecho a decidir y dejó claro que es alcaldesa de la capital de Cataluña. Aunque se refirió siempre a España como “el Estat”, tuvo tiempo para celebrar las provincias españolas teñidas de violeta. Anunció que Manuela Carmena pisa a Esperanza Aguirre el callo del ayuntamiento y el público catalán lo celebró.

Que en Barcelona se celebre lo que le pasa a Madrid no es baladí, y ahí sí que se respira una nueva forma de hacer política. El desencanto de la izquierda catalana con Esquerra Republicana ha sido evidente desde que Oriol Junqueras se arrodilló en el despacho de Artur Mas y dijo sí a los recortes. Aunque el secesionismo ha conservado Gerona y Lleida, ha perdido pie en Barcelona y se ha despeñado por los riscos tarraconenses.

Pero Colau no se detuvo a pacer en estos pastos, lo que también es una declaración de principios. Durante la campaña, miembros chalados de la independencia-sí-o-sí habían insultado a Colau con una de las peores palabras del léxico indepe: espanyola. Parece evidente que la identidad de Colau es más la izquierda que lo catalán, y es en este ámbito donde se decidirá su lugar en la historia de la ciudad.

Pasaban los segundos y corría por el cielo una luna tan partida como la tarta electoral. Los técnicos sofocaron la breve rebelión de los focos. Vimos a Ada seria, como si no hubiera ganado:

-Perdonad que os corte ahora un poco el rollo, pero quiero decir esto: hoy hemos ganado la alcaldía pero a partir de mañana todos tenemos que trabajar. Hemos abierto el ayuntamiento a la ciudadanía, y eso quiere decir que necesitamos que todos vosotros os impliquéis.

El gran interrogante quedó planteado. ¿Conseguirán las alcaldías participativas de Ada Colau y Manuela Carmena que los ciudadanos se impliquen en la toma de decisiones? ¿Quién será el mayor enemigo de esta nueva izquierda, la derecha o la indolencia?

Anoten esto los historiadores del futuro: en el exterior de la fábrica, pasadas las dos de la madrugada, ausencia de taxis. Este gremio, siempre astuto, debió pensar que allí iban a acercarse solamente los parias que vuelven a casa en autobús. Me pregunto cómo irán mañana los autobuses al ayuntamiento. Si llenos o vacíos. Si sonrientes o furiosos.

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