Los fans de Puigdemont lo han tirado por el barranco

La calle está embalada de mala manera y no acepta desvíos ni demoras. La consigna es “ni un paso atrás”, pero Puigdemont ve ante sí los barrotes de la cárcel

Foto: Un manifestante independentista ondea una estelada en la plaza Sant Jaume. (Reuters)
Un manifestante independentista ondea una estelada en la plaza Sant Jaume. (Reuters)

Voy a intentar contar de forma comprensible lo que pasó ayer en Cataluña. Posiblemente sea el mayor reto de mi carrera, porque esto no hay quien lo entienda. Veamos: antes de que Puigdemont saliera de su madriguera, algunos medios indepe estaban anticipando una noticia asombrosa: el 'president' se había acojonado e iba a convocar elecciones.

Puigdemont asomó el hocico a la ventana del Palau y un frío como una guillotina lo devolvió a lo más profundo de la topera. Se anunció su declaración para la una. Parecía que la unilateralidad se hubiera vuelto contra los suyos. Rufián y la CUP echaban fuego por la boca. Como en las malas novelas, los hechos se precipitaron.

Los cronistas políticos mandaban sus crónicas a la trituradora mientras la Guardia Civil impedía que los 'mossos' triturasen un volquete de documentos. Pepa Bueno hablaba con Àngels Barceló y le decía que no sabía ni qué preguntarle. Estábamos todos igual. Intentabas poner en claro los pensamientos y el huracán de la actualidad lo mandaba todo a tomar por saco.

Los del PP iban entrando al Senado con cara de no saber ni para qué habían venido y en las redes se mezclaba el optimismo de los moderados, el sarcasmo de los españolistas y la furia africana de los indepes. El juicio de la Gürtel seguía su curso sin despertar el más mínimo interés de la opinión pública. Y zas: las calles se vinieron arriba.

Esto es importantísimo, mucho más de lo que parece. Ha habido dos momentos catastróficos para el PDeCAT. Cuando el Sabadell se largó, los moderados se llevaron las manos a la cabeza. Habían descubierto que no tenían bajo control al capitalismo catalán, pero las grandes empresas cuidan más el balance de resultados que el patriotismo, sorpresa. Esta fue la primera catástrofe.

La segunda los atropelló ayer mismo y ha sido todavía peor. Durante años, han vivido en la fantasía de que sus votantes los seguirían adonde fueran. Han alimentado la ilusión por una república imposible y han negado la realidad expandiendo toda clase de bulos y datos falsos. Han calentado los ánimos con una irresponsabilidad alucinante y ahora han descubierto que el fuego que prendieron en la calle se los lleva por delante.

Resulta que la calle ya no les pertenece. La calle está embalada de mala manera y no acepta desvíos ni demoras. La consigna es “ni un paso atrás”, pero Puigdemont ve ante sí los barrotes de la cárcel. La única posibilidad de salvarse es convocar elecciones, quitarse de en medio y rezar para que la Audiencia Nacional sea clemente, pero cuando se ha deslizado esta posibilidad, sus socios y la calle le han llamado judas. Sin escucharle.

Cuando Puigdemont se dio la vuelta acobardado, vio que lo seguía una masa imparable. Los mismos estudiantes que hace dos semanas lo aclamaban lo estaban acusando de traidor y 'botifler'. En la sede de PDeCAT insultaban a los convergentes que salían de la reunión ejecutiva mientras un par de diputados echaban el acta a la basura. El equilibrio precario, la sospechosa unión, estaba rota.

Entretanto, Puigdemont daba largas. Las reuniones se sucedían y él debía sentirse como un piloto que ha perdido el control del avión. Al fin compareció. Se puso ante las cámaras con expresión alucinada y soltó un discurso lastimoso. Dijo, atención, que este viernes será el Parlament quien declare la independencia de Cataluña. Léase: no quiero comerme yo solo este marrón.

Una vez que la fantasía ha chocado con la realidad, que es implacable, el 'procés' ha pasado del independentismo al surrealismo. Ya no hay forma de anticiparse a lo que pasará en las próximas horas. Las alianzas se rompen, los valientes se acobardan, los papeles vuelan en una situación de caos.

Cada vez que habla Puigdemont, el demonio lanza los dados. Y ya no queda dinero que apostar.

España is not Spain

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