No es un día cualquiera sin José María Íñigo

Nieves Concostrina afirma que no es la primera vez que José María fallece, porque tenía la costumbre de hacerse el muerto en los ascensores de los hoteles

Foto: José María Íñigo y Julia Varela, en el Festival de Eurovisión de 2016 en Estocolmo. (RTVE)
José María Íñigo y Julia Varela, en el Festival de Eurovisión de 2016 en Estocolmo. (RTVE)

Este sábado no ha sido un día cualquiera para 'No es un día cualquiera', el programa de Pepa Fernández de RNE, porque ha muerto José María Íñigo. Ella misma dio la noticia a primera hora y, como duele más que te arranquen a un amigo que la extracción de una muela, la voz de la locutora más dulce de la radio empezó encogida. Quienes se acercaron a la Antiga Audiència de Tarragona para asistir a la emisión pudieron ver las lágrimas que los micrófonos no captaban. Pero aunque no llegaron a despejarse de los ojos de la periodista, su voz fue calideciendo a medida que se sucedían las palabras de los amigos.

Tampoco fue un día cualquiera para mí. Yo vengo al programa cada dos sábados y éste era mi primer viaje con ellos. Visto lo visto, les he dicho que hagan una lista y me digan qué colaborador quieren que me cargue la próxima vez que los acompañe.

Emisión en directo de 'No es un día cualquiera', con Pepa Fernández.
Emisión en directo de 'No es un día cualquiera', con Pepa Fernández.

Ya mi primera vez con Pepa, Íñigo, Aberasturi y los demás estuvo teñida por los deseos de muerte. Ellos me despertaban cuando yo era un adolescente resacoso. Mis padres, escuchantes de pro, ponían la radio de la cocina a toda pastilla cada sábado mientras yo bramaba desde la cama con la voz cenagosa de quien acaba de dormirse: "¡Que se callen! ¡Que se mueraaaaaan!".

Ahora se ha callado Íñigo porque de algo hay que morirse. Era, dicen, paradójicamente silencioso. Nieves Concostrina afirma que no es la primera vez que José María fallece, porque tenía la costumbre de hacerse el muerto en los ascensores de los hoteles. Se echaba al suelo y dejaba que llamasen los turistas. Quería que encontraran su fiambre y huyeran despavoridos. Luego, cuando la puerta se cerraba de nuevo, se incorporaba, subía un piso, abandonaba el ascensor y dejaba que la multitud congregada abajo descubriera, al abrirse de nuevo las puertas, que el cadáver había desaparecido. Siempre tuvo buena relación con los ascensores.

Qué programa. La mañana era una sucesión de secciones donde las sonrisas y las lágrimas alternaban con el desconcierto

José María Íñigo, además de locutor, presentador, 'sex symbol', torero y domador de elefantes, era mago. Cuando sacó a Uri Geller en la tele quedó deslumbrado. Juan Carlos Ortega me dice que Íñigo ha creído hasta el final de sus días que Geller doblaba realmente las cucharas. Uno de sus últimos tuits mostraba las entradas para un espectáculo de David Copperfield, y Luis Piedrahita, otro mago que participó en la tertulia de este sábado, hizo una defensa a ultranza de los que seguimos creyendo en la magia.

Qué programa. La mañana era una sucesión de secciones donde las sonrisas y las lágrimas alternaban con el desconcierto. Se adivinaba el llanto de los técnicos y los redactores en las erratas filtradas de los 'whatsapps'. He descubierto durante estos meses que 'No es un día cualquiera' funciona porque es una familia que crece en cada temporada. Yo he sido el novio de la chica que llega el día en que se ha muerto el abuelo. Me he subido al escenario para intentar ser invisible. He repartido pañuelos cuando he tenido reflejos.

No sé si el programa más difícil para Pepa Fernández, que emitió cinco horas con una peritonitis torturándole las tripas, ha sido este o el primero sin Forges. Unos colaboradores lloraban y otros nos aguantábamos. Concostrina mantiene toda la mañana la compostura porque tiene callo con la cosa de los muertos: pregunta si alguien se tomará a mal que hable en broma de nichos y esquelas, Pepa y Aberasturi la animan a que haga su sección como si nada, lanza su sección pero al final, cuando termina el programa se quiebra y se derrumba.

Me acerco, le doy un abrazo, se derrama. Es en este momento tan alto, cuando la emoción galopa y la ausencia del que falta hiela la sangre, cuando comprendo qué está pasando aquí, cuál es el milagro de la radio. Concostrina llora abrazada. Un escuchante se acerca. La toca en el hombro. Y pide un autógrafo.

—Es que te admiramos mucho. Para mi mujer y para mí, por favor.

Concostrina firma, qué le vamos a hacer. Y mañana tampoco será un día cualquiera porque aquí, pase lo que pase, el espectáculo tiene que continuar.

España is not Spain

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