Nos están matando (los grillos)

La propaganda del miedo siempre alude a una identidad de grupo: la supuesta víctima del ataque que se cierne por el horizonte es un 'nosotros' y el agresor, un 'ellos'

Foto: Un cubano sostiene una bandera estadounidense durante un desfile cerca de la embajada de EEUU en La Habana. (Reuters)
Un cubano sostiene una bandera estadounidense durante un desfile cerca de la embajada de EEUU en La Habana. (Reuters)

En 2017 saltaba a la prensa una noticia perturbadora: un ataque sónico había provocado enfermedades neurológicas a los diplomáticos estadounidenses enviados a Cuba. Los norteamericanos oían cada noche un pitido penetrante que les provocaba desvelo, lagunas de memoria, pérdida de vocabulario, mareos, vértigos y confusión. Algo les estaba friendo el cerebro y sospecharon que era un arma secreta. Fueron evacuados y sometidos a toda clase de exámenes médicos. Se atribuyeron las graves secuelas a una tecnología desconocida.

El caso produjo una crisis diplomática que afectó a las relaciones que el bienintencionado Obama establecía entre los viejos enemigos de la Guerra Fría. Se grabó en Cuba ese sonido penetrante y se envió a los científicos forenses. Ahora sabemos, tras la investigación llevada a cabo en las universidades de Berkeley (EEUU) y Lincoln (Reino Unido), que detrás del supuesto ataque neurológico no había más que insectos. Concretamente, el pertinaz grillo antillano, de nombre culto 'anurogryllus celerinictus'.

La noticia es ridícula y maravillosa. De entrada, nos remite a la infancia: cuando se han encendido las luces, el monstruo que venía a devorar diplomáticos ha resultado ser un abrigo colgado de una silla. Además, retrata a los heroicos y valerosos norteamericanos de las películas como un puñado de neuróticos más blandos que el puré de patatas. Rambo derrotado por un grillo. Pero, después de las risas, queda la sensación de que la anécdota es más profunda.

Para los diplomáticos, era verosímil creer que Cuba tramase algo, pero terminaron tan sugestionados como adolescentes que han jugado a la ouija

Sirve como fábula y demuestra que, cuando se intenta pensar en un clima de embotamiento, terror y desconfianza, la conclusión más socorrida y plausible suele estar equivocada. Para los diplomáticos, era verosímil creer que el régimen cubano tramase algo, pero terminaron tan sugestionados como un puñado de adolescentes que han jugado a la ouija en una noche apacible de verano. Tipos formados y cultos, expertos en relaciones internacionales, creyeron que el fantasma de Castro les estaba tostando las neuronas. Recuerdan al general Jack Ripper, que desencadena la catástrofe nuclear en la película 'Dr. Strangelove', de Kubric, porque está convencido de que los soviéticos tratan de corromper sus fluidos vitales.

El pensamiento paranoico funciona igual en los celos y en la propaganda. Tal como el celoso tiene miedo a la traición y confunde el gesto más inocente con una prueba fehaciente de su daño, la propaganda del miedo que nos bombardea en los titulares de los medios de comunicación detecta el ruido de unos grillos y lo transforma en el canto de los heraldos de la muerte.

Los propagadores del miedo sacan su beneficio cuando nos inducen a un estado de alarma permanente. En un estado de alarma y agitación, no se puede pensar. Hay poco tiempo para esquivar el golpe. Una vez que el miedo se ha propagado nos tienen a su merced para colocarnos su agenda particular. Ciegos y embotados, persuadidos del peligro, le damos la credibilidad justo a quien inventó la patraña o la exageración para manipularnos.

La noticia de los grillos y los diplomáticos estadounidenses deja de ser graciosa con un simple repaso a los titulares. La colección de peligros inminentes es tan larga como la bibliografía de Stephen King. Los independentistas están a punto de romper España, los inmigrantes han empezado a disolver nuestra cultura, el fascismo está a un paso de fusilarnos, las feministas nos han arrebatado la presunción de inocencia, los violadores son legión y andan sueltos, y además se reproducen los secuestros y los asesinos.

La propaganda del miedo siempre alude a una identidad de grupo: la supuesta víctima del ataque que se cierne por el horizonte es un 'nosotros' y el agresor, un 'ellos'. El pretexto y las amenazas cambian por barrios, pero la conclusión siempre es la misma: la seguridad es una fantasía, hay que actuar colectivamente y hay que hacerlo ya. Pero basta sacar la cabeza por la ventana para descubrir que no son armas secretas ni molinos de viento, sino grillos. Una verdadera jaula de grillos.

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