La granada, los menas y la responsabilidad de Rocío Monasterio

Monasterio no es responsable de que alguien tire una bomba contra unos niños, pero sí lo es de difundir un discurso que, además de deshumanizado, es simplista y no dice la verdad

Foto: La portavoz de Vox en la Asamblea de Madrid, Rocío Monasterio. (EFE)
La portavoz de Vox en la Asamblea de Madrid, Rocío Monasterio. (EFE)

El miércoles apareció una granada en un centro de menores no acompañados de Hortaleza. La policía investiga si la motivación del ataque es xenófoba o quinqui. Es decir: si puso allí la granada un desalmado español o una banda de maleantes latinos. No es que me importe.

El panorama en Hortaleza no resiste la corrección política ni los alegatos catetos de los racistas. Los encontronazos entre algunos chicos del centro de menores con las bandas latinas, un ataque a golpes con un remo de piragua contra un par de residentes y la posterior pintada xenófoba ('Remando juntos por España'), el miedo de los vecinos de toda la vida, algún tirón de bolso y la adicción al pegamento de unos pocos especialmente conflictivos plantean un panorama difícil en el que los responsables del centro brillan como una tenue llama de esperanza.

Ellos merecen toda nuestra admiración. Personas dedicadas al intento de encarrilar unas vidas sin raíles. De acuerdo con las palabras de los responsables del centro, que se han difundido en la prensa tras el hallazgo de la bomba, la situación es dificilísima.

Concentración de vecinos de Hortaleza frente a la Residencia de Primera Acogida. (EFE)
Concentración de vecinos de Hortaleza frente a la Residencia de Primera Acogida. (EFE)

En el centro viven 100 jóvenes y niños en unas instalaciones pensadas para 35. Los medios económicos escasean para unos trabajadores que requieren entereza y arrojo cada día. Hay residentes de varias nacionalidades, chicos y chicas, algunos al borde de los 18 años y con un panorama de desamparo en cuanto cumplan la mayoría de edad. El grupo de los jóvenes más difíciles viene, según parece, de los entornos más deprimentes del Magreb.

"Que los manden con sus familias a Marruecos". No hay vez que escriba de los menas sin que un puñado de tipos me suelte que hay que mandarlos con sus familias a Marruecos. Pero qué familias, me pregunto. Habrá algunos que las tengan en sus países, pero si viajas solo a otro país, con una mano delante y otra detrás, es obvio que no hay familia con la que devolverte. Los chicos más conflictivos de estos centros no tienen familia en Marruecos, ni en ninguna otra parte.

El artefacto explosivo que fue detonado de forma controlada por los Tedax en Hortaleza. (EFE)
El artefacto explosivo que fue detonado de forma controlada por los Tedax en Hortaleza. (EFE)

En la primera página del libro de instrucciones para construir un criminal, está que tus padres biológicos sean de todo menos padres. Los residentes más difíciles del centro son niños criados en la miseria, a hostias, sin otro modelo de conducta que la calle.

¿Por qué lo sé? Porque yo los veía a diario al otro lado del Estrecho. Viví toda mi adolescencia en Tánger, una ciudad que nos acogió, siendo nosotros los inmigrantes de otra cultura, con una amabilidad que nadie tuvo por allí para esos chicos que malvivían en su propio país. En Marruecos, yo era el danés. Uno de los peores recuerdos de mi vida me lo llevé al poco de llegar: yo tenía 15 años, iba con un puñado de galletas maría en la mano y me dio por lanzar una como un frisbi.

Vi la trayectoria de la galleta, que voló hasta el otro lado de la calle, y cuando cayó en la acera un chico de mi edad que pasaba se agachó, la recogió y empezó a comérsela. En Tánger, la miseria y la opulencia estaban separadas por un bordillo.

Vivíamos en un barrio de clase media, cerca del Instituto Español donde daba clases mi padre y de la gran mezquita de Mohamed V, que cantaba cinco veces al día para llamar al rezo. Nuestros vecinos eran marroquíes y el piso nos lo alquilaba un dentista. Los 'niños del pegamento' pululaban por mi barrio. Eran de mi edad, pero no tenían nada. Apestaban a disolvente químico, deambulaban colocados, te pedían un dirham con los ojos nublados y el cerebro frito, trataban de tocar el culo y las tetas a las chicas que se cruzaban por la calle, y si los pillaba un gendarme marroquí los inflaba a puñetazos.

Un día fui a Alcazarquivir y vi las personas de 12 años más tristes y deprimidas de la tierra. Ojos agigantados por el hambre y la adicción al disolvente, que en esas circunstancias tiene la propiedad benéfica de destruirte la parte del cerebro que te hace sentir fatal cuando no tienes a una sola persona que sea buena contigo. Esto me lo dijo Juan, un maestro del colegio español de Tánger que se llevaba a esas criaturas tristísimas y violentas a jugar al fútbol a la playa un día por semana. Una pequeña parte de los menas, quizá más difíciles, viene de entornos como estos. Algunos, un día, se meten en los bajos de un camión y cruzan clandestinamente a España. Y la pelota queda en nuestro tejado.

Los profesionales que trabajan en los centros de menores son los "españoles de bien" de los que habla Vox. Pero los de Vox no se dan cuenta

Tenemos la suerte de vivir en un país que puede abrir centros para menores sin familia. Los profesionales que trabajan en esos centros intentan ser un modelo de conducta para esos niños, pero lo son para todos nosotros. Ellos son los "españoles de bien" de los que habla Vox, pero los de Vox no se dan cuenta. El mundo es un sitio asqueroso y a nosotros nos toca apechugar. Los problemas de un niño nacido de una prostituta en Marruecos adicta a la heroína son nuestros problemas. Vivir en un país desarrollado nos obliga a asumir la responsabilidad cuando uno de esos niños viene a llamar a nuestra puerta.

Sean quienes sean los autores del lanzamiento de la granada, la xenofobia está creciendo de una manera repugnante que me hace sentir extranjero en mi país. Rocío Monasterio no es responsable de que alguien tire una bomba en un sitio donde viven niños que no tienen nada en este mundo, pero sí es responsable de difundir un discurso que, además de deshumanizado, es simplista y no dice la verdad.

Y también es responsable sobre todo, y como todos nosotros, de la vida de los niños sin familia, hayan nacido en Tánger o en Valladolid. Por eso apelo a su bondad, a su generosidad y a su capacidad de discernimiento. Cuando habla de menas, sé que muchas veces se refiere a chicos maltratados desde la cuna. Los profesionales que trabajan en esos centros, que antes se llamaban hospicios, son lo más parecido a una familia que muchos de ellos van a tener.

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