El soviet del balcón: la paranoia vecinal en tiempos de coronavirus

A pesar de la responsabilidad y el compromiso con los vulnerables, aquí asoman también las “gentes masa”, que decía Ortega. Para algunos, la solidaridad se ha confundido con el soviet

Foto: Foto: Cedida.
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La crueldad gregaria a la que nos han acostumbrado los linchamientos de las redes sociales durante los últimos años se expresa ahora, en estos días de encierro, en la hiperconexión de los balcones. La misma justicia paralela que condena sin juicio ni defensa, que juzga sumariamente sin conocer los pormenores, que toma decisiones en bloque a partir de una consigna, brota en medio de esta ola de solidaridad. Quien no sabe pensar sigue sin pensar y ladra; quien ayer no comprendía la letra pequeña de las cosas y tenía la pancarta dispuesta para dar con ella en la cabeza de quien no caminase al paso establecido sigue sin comprender hoy.

Si todos hacemos lo mismo (quedarnos en casa, salir solo a lo básico) es por responsabilidad y sentido de la protección de los vulnerables y de nosotros mismos. La mayoría ha entendido la importancia de este pequeño sacrificio individual. Los botellones y fiestas clandestinas causan una irritación generalizada, y el aplauso en que participamos cada tarde a las ocho se ha convertido en un sano rito reparador. Vamos todos a una para cuidar de los otros y renunciamos a nuestro capricho con la mente puesta en el bien mayor. Pero aquí asoman también las “gentes masa”, que decía Ortega. Para algunos, la solidaridad se ha confundido con el soviet.

La paranoia es el resultado de una mezcla de incertidumbre por el futuro, miedo a un enemigo invisible y deseo frustrado de control de la situación. En estas circunstancias, muchos individuos se sumergen en una espiral de vigilancia. Psicológicamente, están tratando de restablecer el orden perdido, porque el orden, como apuntó la antropóloga Mary Douglas, está conectado desde el punto de vista simbólico a la limpieza y la salud. Así, entre los vecinos que ponen carteles en el ascensor para ayudar con la compra a los mayores del bloque, surgen también patrullas populares que usan el balcón para espiar, juzgar y condenar.

Los botellones y fiestas clandestinas causan irritación generalizada y el aplauso de las ocho de cada tarde es ahora un sano rito reparador

Me pasan un cartel, visto en un ascensor de Oviedo, en el que un individuo denuncia anónimamente a dos de sus vecinos, poniendo el piso y la puerta, porque no salen a aplaudir por estar enfermos, pero luego van a pasear al perro. Esta especie de comisario del soviet anima al resto de la comunidad a denunciarlos a la policía. No es el único caso: una mujer me envía ese wasap que veis arriba: se lo mandó ayer su vecina a las 20:05. Cuando la mujer le ha dicho que sí aplaude, la comisaria quiso ponerse de su parte y le pasó una lista completa de los “vecinos sospechosos de insolidaridad”.

Estas anécdotas son el síntoma de tres problemas diferentes: por un lado, como ya se ha dicho, de la necesidad de control que inclina a ciertos individuos a la vigilancia paranoica para restaurar el orden simbólico; por otro, de la simpleza mental de quien no sabe discernir entre lo general y lo particular, y finalmente, son la manifestación de esa caterva eterna de individuos que encuentra el goce en la uniformidad y que se pirra por castigar cualquier conato de diferencia. Gregarismo agresivo. Estos últimos son los mismos que, en cualquier régimen totalitario, nadie querría tener cerca.

Los que no saben distinguir lo particular de lo general pueden ser también, pese a las buenas intenciones, muy crueles

Pero los que no saben distinguir lo particular de lo general pueden ser también, pese a las buenas intenciones, muy crueles. Así lo demuestran historias como la de la madre que pasea con su hijo autista bajo los insultos de los vecinos, o la de Daniel, padre de dos hijas y enfermo terminal de cáncer. Según cuenta él mismo, ha pasado semanas en cama, sufriendo, pero los analgésicos han empezado a funcionar. Ahora que puede levantarse, los médicos le han mandado que ande. De lo contrario sumará coágulos a su precaria salud, así que Daniel sale a dar paseos por la rambla solitaria de Sant Joan d'Espí.

Pues bien: cuenta que el otro día, cuando se sentó dolorido a descansar en un banco en medio de uno de sus paseos por la calle vacía, una tromba de vecinos salió a sus ventanas para cubrirlo de insultos. Le gritaron que era un irresponsable y le desearon la muerte. Impotente, Daniel lo narraba en Facebook, indignado y al borde de las lágrimas. ¿Cuál es el sentido de esta historia? Que si no distinguimos lo particular de lo general estamos ciegos, y creeremos ver un enemigo del pueblo en un pobre enfermo solitario.

Una mujer asomada al balcón, este jueves, en Valencia. (EFE)
Una mujer asomada al balcón, este jueves, en Valencia. (EFE)

Estas anécdotas son de todo menos anecdóticas, porque apuntan a uno de los elementos más temibles de la condición humana. No sería raro que se multiplicasen con el paso de los días, porque cada vez son más los muertos, la sobrecarga psicológica del confinamiento y la sensación de inquietud, desorden simbólico y desazón. La intranquilidad y el aburrimiento pueden llevarnos a sentir el impulso de control paranoico, pero habremos de recordar algo simple y categórico:

Que no podemos hacer nada más que ser buenos y tener paciencia. Delatando, insultando o vigilando no hacemos otra cosa que daño. No ayudamos a nadie.

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