Barbijaputas de derechas: aviso a los conservadores de la que se les viene encima

¿Qué clase de derecha habrá en España si nadie frena a sus barbijaputas y arrollan en su guerra cultural? ¿Habrá sitio para alguien que no sea Abascal, o un PP convertido en su copia?

Foto: Multiexposición de la diputada de Vox Macarena Olona y el líder de su formación, Santiago Abascal, durante un pleno celebrado en el Congreso. (EFE)
Multiexposición de la diputada de Vox Macarena Olona y el líder de su formación, Santiago Abascal, durante un pleno celebrado en el Congreso. (EFE)

Esto es un aviso de la que se le viene encima a la gente sensata y razonable que me lee desde posturas conservadoras. En las redes sociales, ya se pueden ver indicios evidentes: se levanta corriente y brotan remolinos. Es el inicio de un huracán que en los próximos meses tendrá efectos catastróficos en vuestro ámbito ideológico. Puede sonar paradójico, pero es un proceso de bolchevización en las derechas, cuyos primeros síntomas son evidentes en Twitter y YouTube. Han empezado su éxito fulgurante las barbijaputas de derechas.

¿Y qué son las barbijaputas? Para los incautos que no lo sepan, Barbijaputa es una tuitera feminista con una postura dura e intransigente. Surgió de la nada allá por la pasada década. Su proclama en las redes y más tarde en la prensa de izquierdas era una guerra abierta al patriarcado, el capitalismo y la masculinidad. Usaba argumentos simples muy eficaces. El gesto más intrascendente le parecía un síntoma claro de monstruosidad y aberración, y no había para ella asuntos negociables. Entre sus diagnósticos apocalípticos y distorsionados de la situación de las mujeres en España, no faltaban acusaciones de alta traición contra algunas feministas disidentes o liberales. Victimista, atacaba con puño de hierro y recibía con mandíbula de cristal. ¿Os suena?

Entre sus diagnósticos distorsionados sobre la situación de las mujeres, no faltaban acusaciones de alta traición contra feministas disidentes

Fue una de las pioneras en la línea dura del feminismo que ha terminado instalada en las instituciones de la mano del PSOE y Podemos. Al calor de ese 'barbijaputismo' surgieron muchas otras activistas y alcanzaron la fama, hasta desplazar a la tuitera. Entre 2014 y 2017, el 'barbijaputismo' se convirtió en la pauta de tertulianas y diputadas, y modificó lo que se podía decir en voz alta en los ecosistemas de izquierdas. En su guerra mortal contra el heteropatriarcado, trazaron una línea entre lo aceptable y lo inaceptable que la mayor parte de la izquierda asumió de manera complaciente o cobarde.

Ningún progresista quería tener problemas con las barbijaputas. Nadie quería cien acusaciones de machista o traidora en Twitter. Las feministas históricas se vieron en una postura especialmente difícil. Por un lado, apreciaban la pujanza del movimiento y compartían ciertos eslóganes, pero por otro encontraban todo aquello de una simpleza insoportable. Muchas veces optaron por limitar sus críticas y burlas del 'barbijaputismo' al ámbito privado, con lo que dieron pista libre a su expansión pública. Pero el cálculo estratégico falló y finalmente se vieron desplazadas. Desde 2018, se habla de un 'feminismo hegemónico'.

Así es como el feminismo radical ganó su batalla cultural contra el resto de la izquierda. Se impuso una sensibilidad y se creó una ortodoxia

La ortodoxia que arrancó con los tuits de Barbijaputa y siguió su expansión durante el #MeToo con un ejército de tertulianas y políticos cristalizó en los mensajes de Carmen Calvo y del Ministerio de Igualdad. Así es como el feminismo radical ganó su batalla cultural, no contra el machismo sino contra el resto de la izquierda. Se impuso una sensibilidad y se creó una ortodoxia. Y todo había empezado en las redes sociales. Pues bien: ahora les toca a las derechas españolas.

Vox gana, pierden los demás

El levantamiento de ortodoxias que cobran vigor en la red y hacen imposible el debate interno no es nuevo. Al grito de “menchevique” o “traidor” y bajo amenaza de escarnio público, contribuyen a imponer el integrismo en cualquier asunto que caiga bajo su influencia. Lo vimos tras el 1 de octubre de 2017 en Cataluña: el cenit fue esa escena patética y memorable en la que Carles Puigdemont declara una independencia falsa en vez de convocar elecciones, acojonado por la presión de barbijaputas 'indepes' como el Rufián de aquel entonces.

Este movimiento trata de ganar para su causa a perfiles moderados con un pacto con el diablo

Pues bien: con Vox y su estrategia en redes, les ha tocado el turno a los conservadores. El fichaje del 'youtuber' Alonso DM o el eslogan de la “derechita cobarde” han sido los primeros pasos de un movimiento que ha tomado cuerpo durante la pandemia. Surgen en la red (o crecen) personajes intransigentes y populistas, no siempre vinculados de manera directa con Vox, que adquieren una resonancia repentina y atronadora. Este movimiento trata de ganar para su causa a perfiles moderados con un pacto con el diablo: te exigen renunciar a tus matices a cambio de viralidad, y te boicotearán sin piedad si pisas una línea roja o cometes el pecado de acercarte demasiado al adversario.

Ya ocurrió en los Estados Unidos antes de la victoria de Donald Trump. Lo que describe Angela Nagle en su libro 'Muerte a los normies' es análogo a lo que estoy llamando 'barbijaputismo'. Allí explica cómo esta clase de perfiles extremos de derechas alfombraron, desde las redes sociales, la victoria de Trump destruyendo por completo el debate interno de los conservadores. La cosa va mucho más allá de la presencia de 'bots' y perfiles falsos: lo que produce este activismo radical son situaciones en que las críticas internas quedan engullidas por una mezcla de miedo al señalamiento y oportunismo táctico. El debate interno es erradicado por el maniqueísmo. Si no estás con las barbijaputas, estás fuera.

Milo Yiannopoulos es un caso paradigmático. No era más que un activista con muchos seguidores, pero de la mano de Steve Bannon terminó ejerciendo una influencia absorbente sobre el electorado potencial del Partido Republicano. A base de 'memes', burlas y ataques feroces, mantuvo en permanente cabreo a las feministas estadounidenses y a los 'social justice warriors', pero sobre todo acobardó a los conservadores blandos, cabales o moderados.

El éxito viral de estos perfiles produce a su alrededor lo que Noelle-Neuman llamó espirales de silencio, que convocan en la opinión pública la fantasía de que determinadas opiniones integristas son en realidad mayoritarias. Es lo que estamos viendo en las últimas semanas: acusaciones de genocidio al Gobierno de Sánchez, alarmas de la cercanía de una dictadura comunista, chaladuras ante las que muchos conservadores se mantienen en silencio.

Puede que estas barbijaputas de derechas contribuyan a la degradación de su principal enemigo, el Gobierno de Sánchez, pero los conservadores y liberales cabales serían estúpidos si aceptaran el negocio sin mirar el precio. ¿Qué clase de derecha habrá en España si nadie frena a sus barbijaputas y arrollan en su guerra cultural? ¿Habrá sitio para alguien que no sea Santiago Abascal, o un PP convertido en su copia? Lo dudo mucho.

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