Masajear a Pablo Iglesias y maltratar al trabajador: historia de un linchamiento

No deja de ser irónico, por más veces que lo veamos, que el discurso virtuoso sea devorado tan a menudo por los actos prácticos del moralista

Foto: Imagen de la entrevista de Fortfast con Pablo Iglesias. (Foto: YouTube)
Imagen de la entrevista de Fortfast con Pablo Iglesias. (Foto: YouTube)
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Una jauría digital anima a un 'youtuber' de izquierdas a suicidarse después de quedar desenmascarado como un explotador laboral. La ironía del caso se multiplica. Como en todos los linchamientos digitales, miles de usuarios de Twitter ejecutan su castigo sumarísimo e incontrolable. He escrito sobre muchos linchamientos, pero este es uno de los peores que he visto. Vayamos por partes.

En los últimos años, la figura de un 'youtuber' llamado Fortfast se fue haciendo más y más voluminosa entre los internautas jóvenes. Hasta donde yo sé, y puede que esté dando algún dato impreciso —que me corrijan sus seguidores—, había empezado grabando botellones y fiestas multitudinarias. De sus vídeos salieron piezas virales de jóvenes borrachos e ignorantes alardeando de su burricie, que Fortfast difundía envueltos en una crítica generacional no explícita. Usted ha visto sin duda alguno de estos vídeos: chavales que no saben quién es el presidente del gobierno, que se jactan de putear a sus profesores, que alardean de no haber leído nunca un libro, que hablan de sexo a lo bestia, etcétera.

Pese a que los protagonistas de sus vídeos no quedaban nada bien, la adolescencia es como es y se hizo famoso y querido en estos ambientes. Cuando Fortfast aparecía en un botellón era como si hubieran llegado las cámaras de Callejeros. Se le tiraban encima para hacerse los machotes, se lo rifaban, había corros pantagruélicos a su alrededor. Siempre sospeché que esos chavales eran todavía más bestias cuando él estaba grabando. Él quedaba muy bien: un tipo desenvuelto, simpático, de una perplejidad impostada. Pero el canal fue creciendo y Fortfast fue decantándose hacia una crítica social más explícita. Asistió con su cámara a manifestaciones, a momentos de actualidad política. Y empezó a dar opiniones de manera categórica.

Creo que fue durante las últimas elecciones que Fortfast se convirtió en entrevistador de políticos. Había lanzado formatos más serios, pero se pasó a la entrevista electoral. Con Podemos o Gabriel Rufián ha sido todo paños calientes en un peloteo difícil de hallar hasta en los medios de comunicación más a fieles a un partido. Yo, que he sentido la tentación de hacerme amigo del político que estoy entrevistando, y que por esa misma falla de la personalidad intento evitar las entrevistas a políticos, lo veía más preocupado por hacer notar a los líderes de la izquierda que él era uno de los suyos, que por sacarles algo.

Y los partidos políticos alternativos aprendieron rápidamente una lección fundamental. Fortfast era mucho más que un entrevistador agradable: era el dueño de un canal interesante para explotar con propaganda política, a través del cual podían colar el mensaje electoral a esa generación que pasa olímpicamente de los medios tradicionales, que no ve tertulias políticas, que no vota. Fortfast era una ventana entre los dos mundos, y los encantos indudables del Pablo Iglesias más cercano o del Gabriel Rufián más moderado convirtieron a Fortfast en un personaje comprometido, serio y prescriptor de moral.

La sorpresa, o no tanto, ha saltado ahora. Fran Rodrigo, uno de los trabajadores de una empresa creada por Fortfast en su momento de éxito, ha publicado un hilo de Twitter donde desahoga la frustración y la rabia acumulada tras haber trabajado para él. En un pequeño #MeToo sobre las condiciones laborales, vemos que quien fomenta un izquierdismo frontal, quien critica al explotador y masajea la espalda de los líderes políticos progres, es un explotador de agresividad enloquecida. Mensajes de audio con las broncas demenciales y los insultos dedicados a su trabajador, junto con las paupérrimas condiciones laborales, han bastado para volatilizar de un plumazo su reputación.

Pero la furia de las redes sociales no conoce límites: los internautas han publicado su número de teléfono y su dirección personal. Cientos de personas están animando al 'youtuber' a suicidarse, y esto no es una tontería: recientemente, un 'youtuber' acabó suicidándose sometido a esta misma presión. La justicia de las redes siempre tiene más sed de sangre que de arrepentimiento. La acusación contra Fortfast es dura, su hipocresía política está clara, su maltrato a Fran Rodrigo y al menos otro de sus trabajadores parece verosímil, pero esto no deja de ser una acusación viral.

Hablo por teléfono con Fran Rodrigo, el extrabajador que ha levantado la liebre. Me explica que el motivo para soltar la bomba es personal: ha necesitado tratamiento psicológico para superar el trauma de trabajar en esas condiciones humillantes, ha tenido pesadillas, literalmente, con Fortfast, y no soportaba que los sermones políticamente correctos del 'youtuber' le aparecieran cada poco tiempo. Quería que la gente supiera que era todo una pose, la verdad le quemaba en las manos. Sin embargo, ha desatado una tormenta difícil de controlar. Fran está preocupado, pero no arrepentido:

"He valorado mucho tiempo si debía publicar todo esto o no. He dudado mucho, porque Fortfast es una persona inestable emocionalmente, como demuestra la forma en que me trató a mí, y no quiero hacerle daño, o más bien no quiero que se haga daño. Lo que quiero es que cambie su forma de tratar a los trabajadores y a la gente que lo rodea, y que deje de hablar de política de esa manera hasta que no haya cambiado, hasta que no se parezca a lo que él mismo dice que tienen que ser las cosas. Confío en que todo el mundo puede cambiar".

No deja de ser irónico, por más veces que lo veamos, que el discurso virtuoso sea devorado tan a menudo por los actos del moralista

El 'youtuber' ha publicado dos comunicados en vídeo, en los que se acusa de haber perdido los papeles pero justifica, diciendo que no conseguía ganar un duro, las condiciones laborales leoninas. Mis sentimientos son contradictorios: me da pena que sea sometido a la crueldad sin límite de las redes, y al mismo tiempo me divierte oír hablar a alguien que suelta esos sermones políticos con la retórica exacta del empresario explotador. Busca justificarse hablando de su deuda, de proyectos ilusionantes que acaban saliendo mal, del riesgo que él asumía, de su imagen pública ¿le suena?, con las mismas palabras que he oído tantas veces cuando salen a la luz las condiciones leoninas de una empresa.

No deja de ser irónico, por más veces que lo veamos, que el discurso virtuoso sea devorado tan a menudo por los actos prácticos del moralista. Es como si cuanto mayor es el sentimiento secreto de culpa, cuanto más intensa es la inseguridad, más grande fuera la necesidad de mostrarse como un dechado de virtudes. Pero, como siempre pasa durante los abominables linchamientos digitales, se da un requiebro doble de ironía cuando miles de internautas rabiosos muerden las pantorrillas de un tipo que está en el suelo, ¡para reprocharle su agresividad! Luchar contra el bullying haciendo bullying.

En fin: es todo para echarse a dormir. Deberían pegarles fuego a las redes sociales. Me ha sido imposible contactar con Fortfast, a quien me hubiera gustado mandar ánimos, porque nadie merece un linchamiento como este. La justicia tuitera siempre logra dejar al ajusticiado en el papel de víctima, por reprobable que haya podido ser un comportamiento.

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