Si gana Biden, acaba la polarización y los unicornios reinarán en el mundo

Su talante tranquilo y su mediocridad, cuentan, funcionará como un calmante de rinocerontes en una sociedad crispada por culpa de Donald Trump

Foto: Joe Biden saluda desde su casa natal en Scranton, Pensilvania. (Reuters)
Joe Biden saluda desde su casa natal en Scranton, Pensilvania. (Reuters)

Algunos quieren ver en la posible victoria de Biden, tras unas elecciones que rozan la calamidad, un bálsamo mágico contra la polarización estadounidense, un lenitivo. Esta creencia se explica por la prevalencia internacional de la visión demócrata, expandida a lomos de medios punteros, que nos traen un enfoque sesgado. Por ese ojo de cerradura, los votantes de Trump son caricaturas. Supremacistas blancos dignos de 'La matanza de Texas' en el peor de los casos y paletos engañados (bobos) en el mejor, frente al ficticio 'movimiento Biden', que parece un anuncio de Benetton juvenil, gay y con tres doctorados.

Biden calmará las aguas, nos dicen, porque es un hombre blando y bueno que ha cometido la heroicidad de presentarse a la cita sin partirse la cadera o hundirse en la demencia senil. Su talante tranquilo y su mediocridad, cuentan, funcionarán como un calmante de rinocerontes en una sociedad crispada por culpa de Donald Trump. Por el contrario, si Trump revalida la victoria, entonces fascismo, fin de la democracia y Tercera Guerra Mundial. O Cuarta, si tenemos en cuenta que según estos mismos analistas, Trump ya la iba a provocar en 2016.

Bien: la prueba de que Biden no podrá apaciguar la crispación es que sus partidarios creen que una victoria de Trump es el fin del mundo. Este es el problema, porque lo mismo piensan los partidarios de Trump. Ven a Biden y Harris como los corceles del socialismo y la humillación del blanco, reprochan sus buenas palabras con las protestas violentas de Antifa y suponen que el país quedará arrodillado ante China, que lanzará su ataque comercial y reducirá la economía estadounidense a cenizas. La polarización jamás se calma por la victoria de uno de los polos sino que el miedo y la furia se limitan a cambiar de bando.

Una victoria de Biden solo calmará a los demócratas, histéricos desde 2016. No es poco. Pero ¿lograría su talante suave aplastar el pelaje de gato rabioso de una sociedad donde, según las encuestas, buena parte de la población no toleraría que sus hijos se casaran con votantes del partido contrario? Además, Trump ha cerrado su campaña con el anuncio de que recurrirá los resultados en los tribunales si no le gustan. Parece imposible entonces que una victoria de Biden sea el inicio de la pacificación.

Las imágenes deprimentes de Nueva York en el día previo a las elecciones, con todas las tiendas tapiadas con maderos en previsión de la ola de violencia nihilista, son la constatación de que no estamos en el prólogo de la tranquilidad. Esos tablones de madera dicen la verdad que algunos medios de comunicación se niegan a asumir. Están ahí para frenar los destrozos si gana Trump y sirven también para proteger las tiendas si gana Biden. Esos tablones de madera saben muy bien que la violencia callejera puede estallar sea cual sea el resultado.

Trump solo es el síntoma

En Estados Unidos hay fuerzas violentas, destructivas y agitadas bajo la costra de la política institucional: organizaciones paramilitares de blancos y otras de negros armados hasta los dientes, patrullas ciudadanas, agresiones y turbios pogromos y cancelaciones en las universidades dominadas por la izquierda autoritaria. Hay una violencia latente y un descrédito mutuo que no empieza con Trump, que se limitó a aprovechar la atmósfera. Recordemos un dato muy importante que hoy se olvida: Black Lives Matter no empezó con Trump, sino en 2013, durante el mandato del primer presidente negro de los Estados Unidos.

Pero tampoco Obama creó estos problemas. El gran cisma se gesta en las décadas anteriores, mientras el país es gobernado por élites de ambos partidos que colaboraron para reducir los restos del New Deal a cenizas. Desde entonces, como ha apuntado Mark Lilla, los estadounidenses carecen de 'deal', es decir, de pacto. Sin que las condiciones materiales sean lo bastante prometedoras como para que la tensión cultural empiece a apaciguarse y la gente abandone la obsesión con la política, no hay marcha atrás.

Una victoria de Biden solo conseguiría calmar las aguas en caso de que Trump se retire y el Partido Republicano regrese a la confianza institucional

Una victoria de Biden solo conseguiría calmar las aguas en caso de que Trump se retire deportivamente y el Partido Republicano regrese a la confianza institucional de los viejos tiempos, cuando Hollywood rodaba películas en las que el presidente era un héroe que evitaba que los terroristas secuestraran el avión. De lo contrario, me temo que vamos a ver cosas incompatibles con una democracia sana, y tendremos que empezar a arreglar nuestros asuntos internos para evitar que la ola de nihilismo nos alcance a este lado del Atlántico.

Trump es el síntoma, no la enfermedad. El mal, que galopa como el coronavirus por todo Occidente, es la polarización. La somanta de hostias que le cayó a Manuela Carmena por decir en un periódico que no le molestaría que sus nietos fueran de Vox porque conoce gente excelente que vota a ese partido es otro síntoma. Nos hemos acostumbrado a que cada elección democrática se perciba como una disyuntiva entre el Nirvana y el Apocalipsis, entre el mundo de los unicornios y la destrucción total, y este es el problema de fondo. Mientras no confiemos un poco en la buena fe de nuestros adversarios, seguiremos sin vacuna para esta enfermedad social.

España is not Spain
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
26 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios